miércoles, 13 de abril de 2011

LOVE STORY

Ustedes recordarán aquella canción que tenía el estribillo:¨...vamos a contar mentiras, tralalá, vamos a contar mentiras". Yo me cansé de eso hace tiempo, y ahora siempre cuento la verdad y voy al grano, a por lo que quiero. No me interesan las zigzagueantes maneras de actuar de la gente. Estoy más solo que la una. Y me aprecio a mi mismo tan poco que cada cuatro o cinco semanas me las arreglo para que alguienm se cabree conmigo y me parta la boca. o al revés, que yo se la parta a él. No me molesta la violencia, es un estado de gracia, como un trance religioso. De hecho, hace tiempo que decidí que morir de un tiro, preferiblemente en una ciudad blanca, junto al mar, como un albatros enorme, es preferible a languidecer en un hospital rodeado de familiares lloriqueantes. Hoy chateé con mi amiga Ire en Facebook . Es una relación platónica por la cual estoy agradecido, ya que normalmente soy el tipo más solitario del mundo. Pero me dejó con una melancolía voraz comiendome el estómago. Me fuí a la ruta del vino. Ya se sabe que bebo Albariño frío. Esta vez pedí una botella entera. Iba a emborracharme de lo lindo, contra corriente, contra todas aquellos maniquíes y divas de pacotilla que alzaban el meñique con la copa. Eh, yo he estado en el Polo Norte, en Alaska, he comido con criminales y me las he visto con osos en los bosques de Alberta. Los pijos que visten los niquis rosados que sus hembras les compran para la primavera me la traen floja. soy melodramático y como ya dejé entrever, no me importaría morirme en el acto. Lo cierto es que el recuerdo de Laura me come el alma y apenas puedo vivir. Para colmo estban tocando, en aguna parte, aquella vieja canción que hicimos nuestra, yu que a ella la hacía llorar de deseo y nostalgia. Yo vislumbré la mirada gatuna de la rubia entre el gentío. Me estaba mirando con tenacidad, casi con odio. Mi aire de total indiferencia hacia el mundo la estaba quemando por dentro. No me aguantaba, hubiera querido matarme. Ciertamente, yo era ,con toda precisión, lo más contrario a su vida decorada, confortable y prefabricada, como una estantería de Ikea. Su expresión al mirarme era de tal repuganancia que yo, mitad borracho, quería ir y decirle que me amase, que me amase para siempre, que daría mi vida por su amor. Pero me miraba. Y sé que si una mujer te mira con odio, y te sigue mirando con odio, y no aparta la mirada, es porque te quiere destruir con su arma más letal: el amor. Así que me levanté para hablarle. Iba a decir alguna idiotez a lo Humphrey Bogart en una de detectives cuando un dedazo fuera de lo común me picó al pecho como a una puerta. No soy nada racista. De hecho quienes se portaron conmigo como hijos de puta siempre fueron blancos. Pero aquel africano medía como dos pies de altura y estaba equipado con un físico de cuidado. Supuse que, afortunado de mi, era la pareja de la rubia. -Oye, chico, ¿Tratas de levantar a mi mujer?-me pregunta, el dedazo todavía sobre mi pecho. - Efectivamente, amigo- le digo, con fría sinceridad- Me gustaría darte una paliza y llevarmela. No pasa nada. Tengo casa grande con piscina interior. Puedes pasar a buscarla en dos o tres días. Me volví hacia ella: - ¿Qué bebes, monada? Al moreno le dije que él no estaba invitado así que se diera el piro. El primer tortazo me pilló por sorpresa, pero me puso contento. Sabemos que la gente grande no es necesariamente superior en una pelea a la gente nervuda. Y, amigos, yo soy todo nervio, de la punta de la polla hasta los puños. La gente se apató aterrorizada. La rubia se ponía cahonda viendonos pelear, porque detestaba al moreno casi más que a mi. Por lo menos, era obvio que yo no creía en ponerle a nadie un anillo en el dedo ni tatuarle mis iniciales en el culo, que viene a ser la misma cosa. No gané la pelea. Regresé a casa con la cara hecha un salami y tres dientes de menos. Me importa tres cojones. Me gusta el dolor. Y en el bolsillo de la chaqueta, por arte de birli birloque, he encontrado una papeleta con un número de teléfono: el de la rubia. Definitavamente, es este mundo perro, si se quiere algo, hay que partirse la cara por ello.

domingo, 10 de abril de 2011

surge

Es hora de observar como cuando vulelves la esquina


la realidad cambia y eres otro,


repentinamente maravillado por tu transformación.


Los recuerdos se han borrado y queda una mar pura,


sin secuelas de muerte, sin avidez de olvido.


Solo una transparencia vestal , como la de la luz que preludia la primavera.


¿Ha renacido el mundo ? ¿No hay miedo, guerras, hambre?


Tú has vuleto aquella esquina y ya no eres el mismo.


No te recuerdas y por delante tienes otra historia,


un tiempo resurgente, nuevo, límpido, como ojos recien llegados.


Es hora pues de perder la tristeza, hundir el pensamiento en el agua rutilante


que por el viento fluye, de refrescar la lengua es este amor que llega con la nieve, en esta


infancia que se deja ver en todo, alegría tangible.


Cuerpo resuelto, fresco, nervudo como las brechas de la roca


por donde desciende el agua purificada de los neveros,


recien hecho, hierba alzada de pronto plena de aroma y rocío, savia.


Se han sumido en la inexistencia los rostros que te agobiaban,


las voces de los muertos, la culpabilidad.


El velero raudo de la nueva vida,


de la existencia transformada en placer y libertad te avanza


a un mundo repleto de misterios


sobre las altas ondas azul turquesa.

lunes, 4 de abril de 2011

SENDERO

Todo lo que me quedaba de España, a los quince años, era un libro viejo, con duras portadas rojo oscuro, páginas laminadas y fotos en blanco y negro, con alguna en color entre medias, pero de colores desvaídos, humildes, casi tristes, como los que se ven en el campo a principios de primavera. Fotos todas ellas antiguas y por lo tanto difuminadas, justamente como vemos los paisajes de otrora en la memoria, cuando cerramos los ojos. La melancolía de las imágenes se correspondía perfectamente a la de los textos, todos ellos extractos de trabajos mayores, y que trataban del paisaje. Allí, Azorin, con palabras desnudas, depuradas, evocaba la soledad soñolienta de las eras en estío. Unamuno destilaba en su prosa seca el oro que la tarde esparce sobre Salamanca, la catedral, el puente, el Tormes con sus álamos largos, de forma de llama, luminosos y rumorosos. La Soria alta de Bequer, de la nieve y el fuego en el hogar de la casa donde alguien espera que los espectros llamen a la puerta una noche helada de invierno. Y la Castilla de Machado, marcada por el paso de pastores y guerreros, con sus senderos luengos, que deben acabar en el infinito. A los quince años, en un país extranjero, yo cuidaba aquel libro como si de mi propio corazón se tratase. Y cuando lo abría, por cualquier página, me veía en la España de la memoria. como si no me hubiera ido. Y cerrando los ojos, volaba sobre los campos, las sierras y las ciudades, sobre los verjeles andaluces, las estepas de Castilla, los jardines umbríos de Galicia y Asturias. A veces salgo al sendero, otéo el campo y, a lo lejos, veo la forma de un niño, parado en medio del camino de San Antón, que sube al norte. Le saludo con la mano. Empieza a nevar ligeramente. el niño desaparece. Tengo en mi mano crispada y fría el libro de siempre. Se titula, simplemete, "Sendero".

la vuelta

Mira como todo vuelve acabado el invierno: lo que parecía olvidado, solecito al sendero. Y tú, amor pequeñito, ojos de cielo ya llegas de tan hondo, de tan lejos. Llegas llenando el mundo de sentimiento, de movimiento y lumbre lo frío y yerto. Ya vienes con las brisas y el aguacero y con las flores rosas de los cerezos.