La ciudad se encapotó de nieve.
El lienzo negro del cielo, pletórico de luces, como una mar vasta cruzada de barcos con sus faros encendidos, bailando sobre frías olas invisibles, navegando en un sueño.
La gente pasaba embozada en gruesos abrigos, los rostros cubiertos por bufandas. De los aleros de las techumbres pendían puntiagudos témpanos de hielo, rutilantes al roce de la luna. Rugía un viento helador a través del parque, donde los árboles se inclinaban como hierba y la nieve flotaba entre los troncos en luengas, alocadas espirales de polvo brillante y blanco, bajo las luces de viejas y tímidas farolas.
Pronto, en toda la ciudad, no se oiría más que ese viento ululante y triste, como si en el mundo no quedase nadie. Todos estarían en sus casas, en sus cálidos salones, en torno a la mesa llena de manjares, disfrutando en compañía de seres queridos, sintiendose amados. Y ciertamente, en medio de aquella merecida celebración, pocos tendrían tiempo de acordarse de gente como ella, de la gente sin familia que vivía en los rincones perdidos de la ciudad-
Cuando el reloj del ayuntamiento dió las doce de la medianoche, la niña tensó su cuerpo, juntando las piernas y arqueando su espalda, alargando el grácil cuello hacia las estrellas que rutilaban como locas de alegría. Seguidamente levantó el brazo derecho lentamente, permitiendo que la mano colgase como el ala decaída de un ave. Al punto levantó dicha mano, y su otro brazo se curvó hacía abajo, y su cuerpo finísimo dió una vuelta perfecta. Era la imagen misma de la hermosura en movimiento. Tal como podría hacerlo un hada medio transparente en un sueño , la niña fue bailando a lo largo del camino nevado del parque, ora saltando con la elegancia de una corza en el bosque, ora rotando sobre sus pierna agilísimas como esas extrañas muñecas que bailan en las antiguas cajas de música. Y baílaba cada vez más vertiginosamente, hasta el punto en que se tornaba invisible.
Ya era invisible. Imposible decir si en alguna ocasión había estado en este mundo. La gente, en sus hogares, cómodos y satisfechos, solo tenían conciencia de que fuera de las paredes que les protegían no había más que el vacío del invierno, la desolación de la ventisca, el beso hiriente del hielo.
Pero la niña bailaba y bailaba-
Por una estéla de luz azul subía danzando del bosque a las estrellas.
El hombre solitario que cruzaba el parque en aquel momento, confuso, su mente atrofiada por la tristeza y el acohol, pensó en épocas pasadas, cuando su esposa y su hijita aún estaban con él. Nadie imaginaría nunca las lágrimas que esa noche, en aquel parque nevado, vertían sus ojos, por lo perdido, por lo que no regresa, por la soledad del mundo...Y, conciente de su absurdo, de su propia locura, trató de comprender cómo era que ante él, una niña bailaba cielo arriba, sobre una luz azul, en el silencio. Y hasta qué estrella en particular se dirigía.
La niña le hacía gestos con la mano.
Extraño:¿Por qué ? ¿Qué quería decirle? ¿Qué quería decirle la niña que subía bailando hacia el cielo, aquella desabrida, terrible y solitaria Nochebuena?
Ah, sí. Ahora lo comprendía: para seguir bailando, necesitaba música.
Entonces, en mitad del mundo vacío y tomado por el hielo, en mitad de la gran soledad del universo y de la aún mayor de su alma, sintiendo como un ángel agitaba amorosamente sus alas sobre el mundo, Amadeus Mozart abrió los brazos y comenzó a dirigir una enorme orquesta de espíritus. Y surgió la música. Una dulce música nocturna para la pequeña bailarina que se la había pedido.
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