Montreal, invierno, 1998, cuatro de la mañana. -19 grados centigrados. La luna llena echa reflejos sobre el hielo que cubre la ciudad, alarga una estela fantasmal sobre la superficie congelada del río San Lorenzo.
La noche la pasé bebiendo con el chileno. Al final, aquel cabrón dejó caer la cabeza peluda sobre la mesa del bar y ya no despertaba.
El camarero nos echó con aspavientos. Eramos los últimos en irnos. Yo no estaba seguro de si iba a vomitar o no. Buscaba con los ojos un sitio escondido por si acaso. Ahora el chileno caminaba apoyado en mi, babeando.
Pensé que me hartaba de llevarle a casa en aquel estado tantas noches. Pero el me llamaba "Sangre", en referencia al hecho de que su abuelo era asturiano, como yo. En realidad yo no creía que el supiese a ciencia cierta quien era su abuelo, pero bueno...
El chileno hacía bonitas esculturas cubistas de animales.
"¿Quien quiere hacer una representación cubista de un águila?" le preguntaba yo "Es como encajonar a la libertad. No tiene sentido"
"¿Y usté que sabe del arte, huevón?" contestaba" El arte doblega a la naturaleza por medio del control y el método"
"Y una mierda. Tú no eres más que un borracho y haces arte para conocer mujeres"
Yo podía ser bien hijo de puta cuando me lo proponía.
Andabamos calle arriba, por el Plateau, donde los bares habían cerrado y solo quedaba algún que otro cafetucho abierto, con algunos trasnochados.
El silencio era aterrador, con aquel frío que hacia que el aire pareciera ir a quebrase con un chasquido de hueso.
"¿Me comprás una hamburguesa, che sangre ?" Preguntó el chileno.
Hamburguesa y café, a las cuatro de la mañana, despues de haber bebido, en Montréal, es una experiencia poética.
"Oye, Chile, no soy tu mamá" le dije.
"¿Qué no me vas a comprar una hamburguesa, huevón de mierda? Mirá, ahí está Valerie."
Allí estaba Valerie, de negro, bella como una estatua de Donatello, las espectaculares piernas cruzadas, el pelo negro y liso enmarcando su rostro de ángel un tanto corrompido. Nos sentamos a su mesa.
"¿Nos darán vino?" preguntó el chileno.
" A mi me dan lo que quiera" dijo Valerie.
"Mirá que ser una chica es lo mejor del mundo, che. Te dan todo lo que pidás" balbució Chile, borracho como una cuba.
llegó el vino, con dos hamburguesas y patatas fritas. Ella había pedido un poutine, tipica mescolanza quebecqoise de patatas frita y queso que a mi me revolvía las tripas pero que a muchos les encantaba. A mi megustaba ver a Valerie comiendo aquel plato que le volvía los labios relucientes de grasa- Me miraba y se lamía los labios de vez en cuando, como si lo supiera.
"¿Y tú, qué haces tú, estos días?" me preguntó Valerie.
"Estoy pensando en ponerme a pintar" mentí.
"Tú. Pero si tú no tienes nada de artista"
"Ya, pero como sé que te gustan los artistas, igual me pongo a pintar. De todas formas, un trabajo notmal ya no tiene sentido. estamos llegando al fin del mundo"
"Eso no tiene ni puta gracia" dice ella, encendiendo un du Maurier, delicioso y mortifero."Que pasa, ¿ quieres follar conmigo"
Así pueden ser las mujeres en Montréal.
" Pues sí, francamente. Empezavba a creer que no me lo preguntarías nunca" dije.
"Eso si tiene algo de gracia"
Por la vidrera del café se veía la luna como una enorme cebolla pelada ahí colgada. habína puesto una música francesa, aquella canción vieja, sentimentalona, que se llama Frederic.
El chileno se había quedado dormido otra vez, vaso de vino en mano. Estaba hecho un desastre y ahora me arrepentía de no haberme deshecho de él hacía unas horas.
"Valerie" dije a la chica"Este puede quedarse aquí. Le dejarán dormir hasta el amanecer. Tú yo podemos irnos a tu casa. Podemos llevarnos el vino"
Ella dió una larga calada a su rubio cigarrillo canadiense, y el humo, morboso y achocolatado, me entró por la nariz, mareante. De pronto, levantandose y poniendose el abrigo, le dijo al chileno que se levantara. Los dos se alejaron hacia la puerta, Valerie sosteniendo a aquella catástrofe andante por los hombros, con su brazo...
Me miró de reojo, según llegaban a la puerta.
"El es el que más me necesita, dijo ella, refieriendose al chileno"
Y él, antes de desaparecer con ella, me lanzo una gran sosnrisa morada de vino rojo y balbuceó,
" Perdoná, che, Sangre, pero es que yo soy un necesitado..." y casi le oí los pensamientos "y vos un boludo"
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