Soy un tipo normal. Por eso, debe entenderse que siempre me preocupé de guardar las normas, los requerimientos sociales. Lo que significa que nunca he dejado entrever, en mi apariencia o comportamiento, nada de la inicua condición natural al ser humano. Sabemos que ser normal quiere decir precisamente ocultar civilizadamente todas las caracteristicas tristes o vergonzosas de nuestra debil espécie.
En mi imaginación, o sea, en la vida real, soy muchas cosas: ángel, ballena, vampiro.
En mi vida cotidiana, o sea, en la irreal, soy profesor de idiomas.
Hace años que mi matrimonio se fué al carajo, y otros tantos que estoy enamorado en secreto, y perdidamente, de una de mis alumnas.
No se solivianten: no es una jovencita- es una treintañera sin talento alguno para las lenguas, pero muy hermosa. Ella no sabe que la deseo, y yo no tenía intención de decirselo.
Pero el otro día me ocurrió algo.
Una acerba tristeza, un sentimiento parecido a la desesperación, me invadió de repente, y perdí como por arte de birlibirloque mi habitual capacidad de comportarme correctamente.
Un extraño demonio burlón me hizo echar toda s mis preocupaciones por la borda, y salí de casa dispuesto a hacer algo inusitado en mí: ponerme hasta las orejas de alcohol y darme a la profunda melancolía del verdadero borracho.
Me fuía a la zona vieja. Bebí copiosamente, rapido y sin descanso, en absoluta soledad.
Soy un tipo fuerte, corpulento. Mis modales más bien modestos y timidos hacen que la gente casi no lo note. Pero cuando aquella noche me dió por desatarme a bailar frenéticamente y cantar a voz en grito por las calles del centro, moviendo las manos como un gran espantapájaros en el viento, supe que todo mi poder físico estaba a la vista. Lo supe porque la gente salía huyendo en desbandada. Huían de mi realmente. No como se apartan, con cierto asco, de los borrachos de siempre, sino como si estuvieran ante una peligrosa fuerza de la naturaleza.
Y yo me regodeaba en mi locura. Mi locura que en aquellos momentos me parecía divina: la gente huía de mi, aterrorizada, y yo rugía en mitad de la civilizaciín como un oceáno de espanto. Nunca había sido tan libre y feliz, aunque sabía que aquel desmadre solo era una manifestación de mi profunda soledad, de mi mortal tristeza. Nadie en el mundo me quería, y yo me alzaba como un monstruo despreciado, lleno de rabia y furia.
Era, en realidad, la vida misma, el payaso que describió Shakespeare: " an idiot, full of sound and fury, signifying nothing"
En algún punto de aquella noche, entre las nieblas del alcohol, vi que una bella mujer se acercaba a mi, lentamente, alguien que no me temía.
Era mi estudiante. Sonreía como si todo aquello la diviertiera sobremanera.
- Profe-me dijo- ¿Por qué quiere morirse?
- Bueno- contesté- estoy mostrándole al mundo, por vez primera, mi verdadera cara, la careta tragicómica que soy...
- ¿Usted me ama, verdad ?
- Así es.
- Y yo a usted. Menos mal que se emborrachó para poder decirmelo, sino nunca nos habríamos enterado.
Y fué aquella la primera noche en muchos años en que dormí con una hermosa mujer, aunque yo estaba demasiado ebrio para hacer nada significativo.
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