sábado, 22 de octubre de 2011

El Libro

Mi abuelo, allá por las postrimerías de la guerra civil española, había sido secretario de ayuntamiento en Puebla de Almoradiel, en La Mancha. Hace ya tiempo que murió.
Nunca le oí expresar una opinión política.
Cuando yo era un niño. Pasé mucho tiempo en su casa, de la cual recuerdo que tenía patio con aljibe y que en los enormes desvanes se apilaban melones y sandías, y uvas blancas y rojas que colgaban de vigas en enormes racimos.
Se le respetaba- La gente del pueblo, cuando se cruzaba con él en las calles sin asfaltar, le hacía una reverencia. Y el, en respuesta, solía levantarse aquel fedora que raramente se quitaba de la cabeza.
Algunas veces me llevó a su despacho, que contaba con una gran mesa de caoba y aquellos tinteros de pesado vidrio que eran populares entonces. En la penumbra un poco polvorienta se vislumbraba el retrato de Franco.
Mi infancia en torno a mi abuelo fue algo placentero, casi como un ensueño.
Era sabio. Tenía estanterías llenas de libros.
Un día, hojeando algunos de aquellos libros, encontré uno que ya no olvidaría nunca. Era grande, con hojas de papel laminado que contenían fotografía tras fotografía de gente muerta. Eran fotos pequeñas de rostros de cadáveres. Tenían partes de la cara, o del cráneo, destrozadas. Y llevaban un cartel con un número alrededor del cuello. Se trataba, ahora lo sé, de un libro de registros de gente ejecutada durante y despues de la guerra.
Desde entoces, cada vez que miraba el rostro serio y afeitado de mi abuelo, me preguntaba como una cara podía parecer tan normal despues de haberse asomado al infierno.

No hay comentarios:

Publicar un comentario