viernes, 31 de diciembre de 2010

El primer amor

Nevaba. Copiosamente. Y el frío era un suplicio.

Por los claustros del monasterio, antiquísimo, y que ahora era un internado donde cerca de ochocientas chicas sufrían la disciplina de las monjas, día y noche, el viento glacial cruzaba aullando. Yo lo oía, como a una loba, desde mi lecho, en el dormitorio del tercer piso, en la completa oscuridad llena de la mal sincopada respiración de cerca de veinticinco internas dormidas. La supervisora de nuestro dormitorio acababa de pasar con la linterna encendida, enfocandola a los ojos de las durmientes. No notó que yo estaba despierta. Pasó de largo, silenciosa.

Pensaba, con los ojos cerrados, en una foto que había visto en un gran libro de arte, en la bibliotéca. Era del David de Donatello. Un David muy diferente al de Miguel Angel: un David que parecía una chica, con el pelo largo sobre los hombros y las facciones exquisitas. Se parecía a ella, y ora David, ora mi hermosa amiga, entraban y salian de mi mente calenturienta, fantasmagóricos, mientras, bajo las sábanas, evitando ser percibida, me masturbaba.

La amaba ya, habiendola conocido ese mismo día, con un deseo quemador, pero frío, como el hielo de la cumbre. Lloraba pensando en sus labios bellísimos, en la luz melosa que traspasaba, desde el alma, sus irises de ámbar. Y en su cabello ondulado, rubio, tan diferente al mío.

Lo que realmente amaba de ella, casi con envidia, casi con recelo, puesto que yo carecía de tal cualidad, era aquella libertad que en todo lo referente a ella se advertía. Era como un gato del monte, apasionada y cruel a la vez. Había nacido para liderar, y efectivamente tenía su banda de seguidoras incondicionales. Las quería y las maltrataba. Las besaba y las pegaba con la misma violencia. Ellas exhibían con orgullo las marcas malvas de sus besos o sus bofetadas.

Aquel día yo no había asistido a las clases de la mañana, sin importarme que después me castigasen. Caminaba por la orilla del río que cruzaba ante el monasterio, entre los árboles desnudos, sin pensar en nada, viendo como el agua rápida discurría entre pedazos de hielo. De pronto oí las voces. Un grupo de estudiantes , a la entrada del bosquecillo de abedúles, apaleaba a un perro grande y de pelámbre blanca, que gemía penosamente. Le daban con largas estacas, riéndose, hasta que el perro cayó sobre la nieve, agonizando. De su morro, tiñendo la nieve de rojo, brotaba sangre a raudales.

Yo me habïa ocultado tras un árbol para observar sin ser descubierta, pero una de las chicas había dado un rodeo y se había plantado detrás de mi: de pronto su fuerte mano me tapaba la boca, hacienome daño.

-Hija de puta- susurró en mi oído- Es perro que matamos es el de sor Agnes, que es una cabrona, y se lo merece. Si quieres que a ti te pase lo mismo ve y di lo que has visto.

Yo jadeaba de miedo. Me cojió violentamente del pelo y puso su rostro muy cerca del mio. Nuestros ojos se encontraron y por primera vez en mi vida reconocí que me perturbaba de forma placentera que me tratasen de aquella forma. Si se trataba de alguin como ella, no me importaba ser víctima. Su mirada serena, como de agua fría, se hundió en la mía desvergonzadamente y, sin venir a cuento, incongruentemente, hundió sus lengua entre mis

labios. De forma igualmente abrupta, me apartó de sí con un empujón y se alejó sobre la nieve. Ciertamente, poseía la gracia y ligereza de una corza. El grupo desapareció como había aparecido, dejando el cadáver del perro tirado sobre la nieve, y a mí, sorprendida y sumida en una especie de tristeza lujuriosa, tiritando de frío.

De las noches siguientes, no hubo una que no estuviese embrujada por el recuerdo de Emilia. Su beso, el primer beso realmente sexual que había experimentado, se repetía en mi memoria dolorosamente, y soñaba que ella estaba a mi lado, y que hundía mi lengua entre sus fuertes muslos, mojándolos de lágrimas. Ella se había convertido en el centro de mi existencia, y nada más me importaba. incluso me agradaba imaginar que moríamos juntas, en la nieve, arriba en las montañas, en los dominios del viento, lejos de las monjas, de nuestros padres, de toda la porquería que nos rodeaba y de la cual ella parecía tan remota. Y es que, con la clarividencia de las niñas enamoradas, yo ya sabía que el objeto de mi pasión no viviría mucho tiempo. Ningún ser de tal belleza, de espíritu tan libre, permanece largo tiempo en el mundo.

Nunca fuí miembro de su banda de salvajes, ni participé en ninguna de las fechorías que las hacían notorias entre todas las internas. Pero ella, al tanto de mi timidez, tomó la iniciativa y me visitó de noche. Nadie nos decubrió nunca. Pero a lo largo de aquel invierno helado, en el antiguo internado situado en plena montaña asturiana, en la salvaje soledad, rodeadas de nieve, silencio y piedra, entrelazamos nuestros cuerpos y almas, y fuimos una sola persona, una y otra vez.

La bella Emilia, la fuerte y cruel Emilia, nunca dejó de portarse conmigo como si yo le perteneciera totalmente, y yo nunca quise que fuera de otra forma. Pero en su alma indómita había tanta nobleza como rebeldía, y no consiguió ver que en la mia, sumisa y compleja, mucho más llevada de sentimientos vulgares, emergía, junto al amor casi suicida que le profesaba, la necesidad de deshacerla, de liberarme de ella para seguir viviendo como un ser normal, pero sin perderla. Pronto los celos mortales, el resentimiento, la envidia, afloraron en el mismo amor que le profesaba. Y busqué formas de hacerle daño.

Busqué el instrumento de su destrucción. Y lo encontré facilmente en su pupítre, una tarde cuando todas las intgernas estaban en el recréo. S etrataba de un librito en el cual Emilia había hecho innumerable dibujos, todos muy bellos, y escrito sus pensamientos en una espécie de diario. Allí se mencionaba, una y otra vez, algo atroz, que yo ni había sospechado: Sor Agnes, la dueña del perro asesinado, usaba a Emilia como su esclava sexual. Había descripciones de las cosas vergonzosas que la monja perpetraba en el cuerpo de Emilia en la soledad de su celda. Había exclamaciones de horror en aquel diario, escritas por la misma Emilia, en las cuales palpitaban su sentido de culpabilidad y su odio hacia aquella monja sádica. Y estaba mi propio nombre, garabaeado con violencia, rodeado de corazones sangrantes atravesados por alfileres y espinas-

Acudí a la rectora del internado con el libro. Que yo sepa, no se tomó medida alguna contra Sor Agnes. Pero pronto fué de conocimiento general que Emilia había mantenido relaciones sexuales con monjas a cambio de dinero y buenas notas. Un día vino a verme, suplicante, puesto que yo ya había roto con ella, no queriendo verme envuelta en su vergonzosa reputación. Recuerdo que gocé cruelmente de aquel instante. La repudié. Casi no le dirigí la palabra. Ella me miraba fijamente, con su hermoso rostro descompuesto por el dolor. Absurdamente, me pedía que nos

fuesemos juntas, muy lejos de allí. Todo el mundo la despreciaba, no podía soportarlo- Yo, simplemete, volví la cabeza para no verla más y, en el espejo que había frente a mí, besé mi propia imagen en los labios, dejando la nube de mi aliento sobre el cristal frío. Emilia entendió: ya no la quería, ya no la necesitaba. Y al dejarme, me miró con nostalgia, como si, a pesar de todo, todavía me amase.

Unos días más tarde, el cuerpo de Emilia, ahogada, era recuperado del río.

jueves, 30 de diciembre de 2010

elvira delgrande

Como muy fuera del pensamiento humano, arriba, en las alturas, está Txeia, la aldea de mis antepasados. Allí vive un hombre de edad indecible. De él se cuenta algo atroz: un dia se arrancó sus propios ojos para poder introducir en las cuencas vacias los de una hermosa joven a quien era su intención dar muerte.
Manolín el de Generosa, como le llamaban, vivía en una caseta miserable de pizarra y palos en mitad de aquella remota aldea de montaña. Cuando yo le ví, que fué una sola vez, ya era un vejestorio encorvado cuyas ropas apestaban a uremia, y que se había vuelto indistinguible de una estatuilla horrorosa tallada en madera de castaño. Me miró con sus cuencas sin ojos, como si pudiera verme y, babeando, balbució: "Ay, pequenina, paeceste e ella"
No supe a quien se refería, pero percibí la locura en sus palabras. No tuve miedo alguno porque, con la clarividencia de las niñas, supe de cierto que aquel espantajo iba a dar con los huesos en la tumba en menos de tres meses.
Habíamos subido a las alturas porque mi madre quiso mostrarme aquella aldea abandonada de donde procedía su familia. Caminamos largamente por las calles retorcidas y empinadas, haciendo comentarios acerca de aquellas casonas de piedra cuyos habitantes hacía tiempo dormían en el olvido. Hacía frío y se acercaba la noche. El cielo ensombrecía rapidamente. Parecía que los nubarrones negros volaban con rapidez insólita. Y, de pronto, empezó a nevar. Y cundió la nieve en todo el paraje, incluso haciendo que las agudas peñas bajo las cuales se arrebujaba la aldéa pareciesen agujas de hielo. Mi madre empezó a gritar que teníamos que irnos antes de que la carretera hacia el valle se tornase intransitable, aunque a mi me pareció que ya era demasiado tarde para eso. Apenas podíamos vernos la una a la otra, pues el velo arremolinado y frío de la nieve ya era muy tupido.
Entonces empecé a sentir que estaba sola. Hacía mucho tiempo que no veía a mi madre y me encontraba en aquella aldea porque iba a asistir al funeral de mi abuela, quien, según me habían dicho, había muerto. No sentí pena ni ninguna otra cosa, como si todo ocurriese en un sueño un poco opresivo pero no aterrador. En torno a mi se movían figuras de parientes y gente desconocida. No les veía los rostros, ya que la nieve los ocultaba con tules blancuzcos. Caminaba sin entender por donde ni imaginar en donde debía detenerme. De pronto noté que me hallaba frenta a una tumba abierta, Alrededor de la fosa sugían tupidas malezas ahora medio ahogadas en la nieve. Sobre la cruz de la cabecera había un nombre tallado en preciosas letras góticas. Elvira Delgrande. Elvira Delgrande. La recordaba. Yo me había críado con ella durante los años más tempranos de mi vida, cuando ya le afectaba una ceguera que se decía causada por una bomba durante la guerra .Era mi abuela. Se me había dicho que de joven su hermosura había sido famosa, y que muchos hombres habían perdido la razón por ella, incluso abandonando a sus esposas e hijos para cortejarla libremente. Eran los ojos de elvira Delgrande lo que le daban aquel embrujo irresistible y destructivo. ¿Hubo alguna vez ojos tan hechizantes? Pues, en aquella tez pálida, aureolada por tan negra melena, surgía una mirada lapislazúli, con la luz mágica de las piedras preciosas y milenarias que duermen en el centro de la tierra, con el poder fatal de la belladona y la mandrágora, que adormecen los sentidos y se apoderan del alma. Y élla, versada en la magia del bosque, en los poderes de la antigua brujería, volvió locos a muchos hombres antes de encontrar a aquel que sería su marido, quien tambien terminaría loco, incapaz de resistir los celos causados por la mirada de su mujer.
De aquella tumba abierta, entre la nieve que surcaba el espacio en raudos remolinos, vi como surgía una figura alta, envuelta en un sudario hecho girones, desmelenada ( aquella melena que hubiera sido negra azabache y ahora blanqueaba como la nieve misma) y como extendía la mano hacia un punto. Allí, difuminada su grotesca figura por la nieve, estaba el viejo ciego, agitando las manos como para desahacerse de un perro que le hubiera atacado.
Yo juraría que en el viento, entre el ulular de la tormenta, se escuchaba a una mujer gritar:"devuelveme mis ojos, maldito. devuelveme los ojos que me arrancaste, maldito esposo mío, y ya nunca te daré motivo para enloquecer de celos!
Mucho despues le dije a mi madre que , en realidad,yo suponía que aquel Manolín de Generosa era mi abuelo, el marido de Elvira Delgrande. Mi madre, cuyo sentido del humor rayaba a veces en lo cruel, me respondió: "No hables más de aquel hombre loco, guapina. ¿no ves que no tenía ojos y quería que le dieses los tuyos?"

El angel de las rocas

Tengo otro nombre, pero no necesitáis saberlo. Para quienes leéis esto soy Fidelius. Hace unos años que me vida se vino abajo, a causa de una enfermedad que se presentó repentinamente. Todo cambió entonces. Hube de someterme a un tratamiento doloroso y deprimente para no morir. Tres días a la semana, cuatro horas cada uno de esos días, estoy confinado a un a cama de hospital. Durante el tratamiento, suelo dormirme. Ocurre, a veces, que sin quererlo me adentro en mi mismo y caigo en un estado visionario. Lo que veo en dichos trances suelen ser simples distorsiones de la relidad recordada. Pero a veces se trata de mucho más: de cosas que han pasado, no precisamente a mi, o de acontecimientos por venir. Nunca veo, en mis trances, nada que afecte a todo el mundo en general. No soy un clarividente a lo Edgar Casey. Lo más que he experimentado mientras estaba tendido en la odiosa cama de metal, con la maquina que limpia mi sangre haciendo un ronroneo adormecedor, fue algo así como un descenso a una indefinida región de mi mente, en la cual, con terrible claridad, he visto ciertas manifestaciones del mal que me han dejado exausto de terror. Después, por los periodicos o la televisión, comprobé que la visión no había sido imaginación, sino algo que tuvo lugar en el mundo real, el el ámbito de lo tangible. De hecho, esta facilidad para ver algo que ocurre a gentes que no conozco, en lugares que nunca he visto, este don, por así llamarlo, de transportarme con mi mente, con mi cuerpo astral, quizá, a lugares impensados e inesperados, es el peor aspecto de mi particular forma de sufrimiento. Porque, ¿quien quiere, a pesar suyo, hayarse de pronto en algun lugar de la noche, y ser testigo impotente del asesinato de otra persona, y ver el rostro desencajado de un hombre que , en el secreto de las oscuridad, está comentiendo un crimen terrible, un crimen de sangre? Porque ya habrán suspuesto que nunca, en mis episodios visionarios, veo a nadie robando un pan en una tienda, o a un chico que trata de romper el candado de una bicicleta para llevarsela. No. Lo que yo presencio, sin tener nada que ver con ello y, desde luego, sin ningún deseo por mi parte de ser testigo de ello, es el mal en su estado más horripilante: la humillante muerte, a menudo de lo más sangrienta, de alguien que no conozco, a manos de un feroz asesino. Tampoco faltan las escenas durante las cuales, sudando de pavor,soy testigo de torturas, desmembramientos, actos de agresión que solo pueden justificarse por medio de la locura.
Hace años, cuando vivía en Estados Unidos, trabajé para una conocida agencia de detectives. Muchos de los amedrantadores ensueños en que caigo ahora durante mis largos y penosos tratamientos puede que tengan su razón de ser en experiencias vividas en aquella época, otros no hay manear de saber de donde proceden. Mi enfermedad, que se manifestó de golpe, casi brutalmete, dió un giro inmediato a mi vida. En primer lugar, mi mujer decidió que no tenía nada de positivo para nuestro hijito de cuatro años vivir el día a día con un enfermo, con la tensión de saber que su padre podía desaparecer en cualquier momento. Tambien había sido jubilado por enfermedad, y mi pensión de minusvalía era un a broma de mal gusto. No culpé a mi esposa por apartarse de mi y seguir un derrotero más saludable para ella y el niño. A pesar de la tristza que me consumía desde el día en que tuve que verlos partir, alejarse de mí, estaba de acuerdo con ella. Yo pasaría, desde entonces, dos dìas con mi hijo, sábados y domíngos, días en los que no tenía que ir a tratamiento. El resultado de aquella maniobra fue que comencé a vivir solo despues de trece años de matrimonio, en un piso enorme, de cuatro habitaciones, amplio salón y cocina, con techos tan altos como los que se construían antaño, salvo que el piso era en realidad moderno. Ni que decir tiene que empecé a deshacerme de todo mueble y objeto que me pudierra recordar mi vida cuando tenía una familia constantemete en torno. Era penoso. Y todas las noches, me parecía oir la risa de mi hijo en algún lugar de la casa, me apresuraba a buscarle, y, claro, no estaba allí.
Fidelius, la entidad que mi angustia ha terminado por crear, tal vez para dejar caer en ella parte de mi dolor y así llevarlo mejor, es un tipo de altura ligeramente por encima del promedio, de hombros anchos. Tiene la cara angulosa y de expresión más bien dura del detective que un día fué, y algo infinitamente triste en la mirada, como si viera cosas en un horizonte lejáno. No se le ve ninguna clase de refinamineto, pero sin embargo es poseedor de una especie de elegancia discreta y austéra, sombría, como un caballero de antaño. Suele estar solo, y cuando se mueve entre el gentío vistiendo su largo abrigo marrón oscuro y el fedora pasado de moda, de ancha ala, sobre sus ojos, tiene algo de misterioso, y la gente se da la vuleta para observarlo un instante. A Fidelius le consta que las mujeres, sobre todo, le encuentran insufrible porque no hace nada para resultar atractivo. Ni siquiera lleva reloj de pulsera, y cuando alza el brazo para llevarse la taza de café o el vaso de wiski a la boca, muestra una muñeca ancha, fuerte, desnuda, de tipo que aún podría ser peligroso en una pelea.