jueves, 30 de diciembre de 2010

El angel de las rocas

Tengo otro nombre, pero no necesitáis saberlo. Para quienes leéis esto soy Fidelius. Hace unos años que me vida se vino abajo, a causa de una enfermedad que se presentó repentinamente. Todo cambió entonces. Hube de someterme a un tratamiento doloroso y deprimente para no morir. Tres días a la semana, cuatro horas cada uno de esos días, estoy confinado a un a cama de hospital. Durante el tratamiento, suelo dormirme. Ocurre, a veces, que sin quererlo me adentro en mi mismo y caigo en un estado visionario. Lo que veo en dichos trances suelen ser simples distorsiones de la relidad recordada. Pero a veces se trata de mucho más: de cosas que han pasado, no precisamente a mi, o de acontecimientos por venir. Nunca veo, en mis trances, nada que afecte a todo el mundo en general. No soy un clarividente a lo Edgar Casey. Lo más que he experimentado mientras estaba tendido en la odiosa cama de metal, con la maquina que limpia mi sangre haciendo un ronroneo adormecedor, fue algo así como un descenso a una indefinida región de mi mente, en la cual, con terrible claridad, he visto ciertas manifestaciones del mal que me han dejado exausto de terror. Después, por los periodicos o la televisión, comprobé que la visión no había sido imaginación, sino algo que tuvo lugar en el mundo real, el el ámbito de lo tangible. De hecho, esta facilidad para ver algo que ocurre a gentes que no conozco, en lugares que nunca he visto, este don, por así llamarlo, de transportarme con mi mente, con mi cuerpo astral, quizá, a lugares impensados e inesperados, es el peor aspecto de mi particular forma de sufrimiento. Porque, ¿quien quiere, a pesar suyo, hayarse de pronto en algun lugar de la noche, y ser testigo impotente del asesinato de otra persona, y ver el rostro desencajado de un hombre que , en el secreto de las oscuridad, está comentiendo un crimen terrible, un crimen de sangre? Porque ya habrán suspuesto que nunca, en mis episodios visionarios, veo a nadie robando un pan en una tienda, o a un chico que trata de romper el candado de una bicicleta para llevarsela. No. Lo que yo presencio, sin tener nada que ver con ello y, desde luego, sin ningún deseo por mi parte de ser testigo de ello, es el mal en su estado más horripilante: la humillante muerte, a menudo de lo más sangrienta, de alguien que no conozco, a manos de un feroz asesino. Tampoco faltan las escenas durante las cuales, sudando de pavor,soy testigo de torturas, desmembramientos, actos de agresión que solo pueden justificarse por medio de la locura.
Hace años, cuando vivía en Estados Unidos, trabajé para una conocida agencia de detectives. Muchos de los amedrantadores ensueños en que caigo ahora durante mis largos y penosos tratamientos puede que tengan su razón de ser en experiencias vividas en aquella época, otros no hay manear de saber de donde proceden. Mi enfermedad, que se manifestó de golpe, casi brutalmete, dió un giro inmediato a mi vida. En primer lugar, mi mujer decidió que no tenía nada de positivo para nuestro hijito de cuatro años vivir el día a día con un enfermo, con la tensión de saber que su padre podía desaparecer en cualquier momento. Tambien había sido jubilado por enfermedad, y mi pensión de minusvalía era un a broma de mal gusto. No culpé a mi esposa por apartarse de mi y seguir un derrotero más saludable para ella y el niño. A pesar de la tristza que me consumía desde el día en que tuve que verlos partir, alejarse de mí, estaba de acuerdo con ella. Yo pasaría, desde entonces, dos dìas con mi hijo, sábados y domíngos, días en los que no tenía que ir a tratamiento. El resultado de aquella maniobra fue que comencé a vivir solo despues de trece años de matrimonio, en un piso enorme, de cuatro habitaciones, amplio salón y cocina, con techos tan altos como los que se construían antaño, salvo que el piso era en realidad moderno. Ni que decir tiene que empecé a deshacerme de todo mueble y objeto que me pudierra recordar mi vida cuando tenía una familia constantemete en torno. Era penoso. Y todas las noches, me parecía oir la risa de mi hijo en algún lugar de la casa, me apresuraba a buscarle, y, claro, no estaba allí.
Fidelius, la entidad que mi angustia ha terminado por crear, tal vez para dejar caer en ella parte de mi dolor y así llevarlo mejor, es un tipo de altura ligeramente por encima del promedio, de hombros anchos. Tiene la cara angulosa y de expresión más bien dura del detective que un día fué, y algo infinitamente triste en la mirada, como si viera cosas en un horizonte lejáno. No se le ve ninguna clase de refinamineto, pero sin embargo es poseedor de una especie de elegancia discreta y austéra, sombría, como un caballero de antaño. Suele estar solo, y cuando se mueve entre el gentío vistiendo su largo abrigo marrón oscuro y el fedora pasado de moda, de ancha ala, sobre sus ojos, tiene algo de misterioso, y la gente se da la vuleta para observarlo un instante. A Fidelius le consta que las mujeres, sobre todo, le encuentran insufrible porque no hace nada para resultar atractivo. Ni siquiera lleva reloj de pulsera, y cuando alza el brazo para llevarse la taza de café o el vaso de wiski a la boca, muestra una muñeca ancha, fuerte, desnuda, de tipo que aún podría ser peligroso en una pelea.

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