Feliciano untó el arrope sobre la rebanada de pan de leña. Tenía los ojos azules, pequeños, sonrientes, y siempre estaba un poquitín borracho. El vino de La Mancha, bebido lento, alarga la vida.
Estabamos sentados contra la pared encalada de la casa. Era la tarde y la gente dormía. El pueblo ewstaba aletargado, bajo el sol y el polvo. Una luz blanca y sin limites fluía por la calle
principal, y apenas se veía de tanta claridad.
Oímos el ruido de la ruedas forradas de hierro de la carreta que se acercaba. Feliciano miró hacia la izquierda y yo tambien. Era como un barco a la deriva, aquella carreta, de blanco velámen. Y no había nadie en el pesacnte, sino que avanzaba tirada por un caballo sin riendas, o quizá fuera una mula vieja, no me acuerdo.
Había, no sé si lo dije, un silencio de camposanto. El cielo giraba con las sombras de algunos pájaros negros, y venía de lejos el olor de las eras calientes, de los hornos del pan y del vino de las bodegas.
El arrope dulzón se me pegaba a la lengua y sabía a sangre con azúcar. Frliciano fumaba un pitillos fino y acre. Al ver la carreta me dijo, en voz baja., "esos serán los Montero. Es la carreta de uno de ellos. A saber por qué anda sola por ahí.
Fué decir eso Feliciano cuando, como en mitad de un lienzo pintado de amarillo pálido, explotó un abrupto y horrible brochazo de claro rojo. El toldo níveo de la carreta, que se movía en vaivén empujado por quienes luchaban allí encerrados, enrojeció de sangre, y era una visión que daba miedo. detrás de la carreta, como siguiendo a un amo invisible, iba el perro de los Montero. Cuando la sangré empapó el toldo, dió no un ladrido, sino un gemido cansado y tétrico.
Luego encontraron la carreta parada entre uns chopos, según la calle, ya fuera del pueblo, se convertía en camino que se alejaba entre las tierras quemadas, hacia el norte. Adentro, los cuerpos hechos tiras de los hermanos monteros, desangrados por docenas de agujeros en la carne. tenían en las manos aquellas terribles facas que cuando les sacaban la hoja chirriaban como hienas. Yo ví la hoja curva de un a de ellas, manchads de sangre caliente.
Los muertos se habían peleado por una mujer.
Fué mi abuelo, vestido con su traje de corte, el sombrero sobre los ojos y el pitillos en la boca, quien dirigó los trabajos de la guarda civil una vez descubierto el acto de violencia. Era el secretario del ayuntamiento.
Feliciano, que se hacía cargo de casi todo en nuestra casa, agitaba la mano y decía."amos, chico. que estas cosas no son para que las mire un niño"
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