En el folclore celta se asume que existe otro mundo más real que el que vemos con los ojos.
Nuestra realidad como entes con alma y afectados por la memoria es más perceptible en aquel mundo del psyque que en este otro de imágenes y sensaciones.
Por eso las canciones que celebran lo más bello que nos ocurre en la vida siempre se refieren a algún lugar que es un reflejo de otro lugar.
El idilio de la bella irlandesa que luego fenece y es cantada por su desolado amante, ocurre en las laderas de Slieve Namon, un monte que existe, que puede ser visitado por cualquiera, pero que en realidad es un lugar sagrado. El Slieve namon de la canción es como el mar junto al cual vivía Annabel Lee, en el hechizante poema de Poe; el mar del alma, donde el cielo es negro y preñado de simbolos de fuego que presagian los desenlances nefastos.
Porque el verdadero amor de los humanos está condenado a ser un estigma y una tragedia, por imposible.
Se busca a la compañera del paraíso, se busca al amante demoniaco, se busca, siempre, el mito, que es una representaciónn vaga de una verdad perdida, de otro mundo aún presente en nuestra llamada memoria historica.
Claro que los vampíros, las hermosas doncellas muertas de los cuentos góticos, los extraños caballeros de las leyendas, que raptan a las virgenes para llevarlas al mar de los galeones de oro y esmaraldas, al infierno del crepúsculo, no son sino las formas con las que el psyque nos devuelvelas semblanzas del amor perdido, perdido eternamente, a través de los tiempos.
Ayer fue Antroxu en Asturias, el extraño carnaval que mezcla el deseo con la ambigüedad y el terror-
Como siempre, en completa soledad, de negro absoluto, con el largo abrigo de cachemira y un antifaz rojo, me deslicé entre el gentío por las calles de Gijón.
Máscaras de todo tipo, plumas, abanicos negros, dorados, multicolores, por encima de los cuales me buscaban , equivocamente, fugaces miradas.
La belleza estaba presente, la sugestión, la tristeza. Todo lo humano, lo de siempre.
A las cuatro de la mañana la música y el vino se habían instalado en mi cabeza, y el mundo ya era una pantomima inquietante, como si se acercara el fin del mundo y todos hubieran tirado la precaución al olvido.
Estaba de pie junto a la barra de un bar. Una chica hermosa, de edad indefinible, se acercó a mí. Iba vestida de bruja, con un gran escote que mostraba la juventud tersa y deseable de sus senos. Pierna largas, perfectas, visibles por la larga ranura de la falda. Vï los ojos detrás del antifaz, verdes, juguetones, ébrios. La boca, pintada de granate. Una cara inocente, de Boticelli. Sus bucles eran dorados y tenían olor a niebla.
-Estoy cansada-me dijo- Bebí demasiado. ¿ Me dejas reclinar la cabeza en tu hombro?
-Solo si es para siempre-contesté, con mi ironía que casi nunca es comprendida-
- Será para siempre- dijo ella.
Y apoyó su cabeza en mi hombro, un segundo. Despues se rió de forma exquisita y, danzando,
se perdío entre el gentío.
Y aún siento el peso de su cabeza sobre mi hombro. No faltó a su promesa. Fué para siempre.
Porque Gijón, Antroxu, y ella, ya han pasado a ser parte del mundo inmemorial que llevo, tristemente, dentro de mí.
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