El señor Bino Bino se presentó de pronto.
Yo estaba tumbado en el sofá, leyendo un tomo enorme de sociología, cuando percibí sus pasitos sobre la mesita del salón. Allí estaba, con su casaca roja, sus zapatos de empeine redondo con hebillas de plastico amarillo, y su sombrero de copa azul celeste que luce una pluma de pavo real del lado derecho. Era remarcable que fuera del tamaño de una peonza mediana y con la misma forma, además de que su cabeza fuera exactamente igual que un frijol con ojos, nariz respingona y boca redonda y diminuta.
No se puede decir que el señor Bino Bino sea muy guapo. En la sombra se le podría confundir con un abejorro muy grande, porque además, como todas las hadas, que lo es, el señor Bino Bino tiene dos alas como de mosquito, transparentes, y puede ejecutar cortos vuelos de aquí a allá. Hay que cerciorarse de que no se trata de él cuando largamos un manotazo para espantar a un moscardón.
Hace un tiempo que me visita esporadicamente. ¿Y qué haría yo si él? La primera vez que se me apareció me dió un susto. Pensé que se trataba de Pimentilla, un trasgo que me atormentaba cuando era yo era niño. Pero no era Pimentilla. Era el señor Bino Bino. Le pedí sus credenciales y me enseñó certificados sellados por Hastermann, el gran sapo que es rey de las hadas de los lagos. Y traía la recomendación correcta firmada por Rusalka, princesa de las xanas.
Así pues, le pregunté por qué me visitaba, y con voz cantarina me contestó que sabía que mi hijito Marcelino, que hace años vive muy lejos, en el castillo de la hermosa Morgana, se aburría sin que su papá le contase una historia todas las noches. Le respondí que aunque hablaba con mi hijito por teléfono a diario, mi imaginación no podía fabricar una historia distinta cada vez. Y él contestó que de entonces en adelante, el susurraría todas las historias del mundo a mi oído para que yo se las repitiese a mi hijo.
Así lo viene haciendo cada noche. Justo antes de que suene el teléfono, aparece como por arte de birlibirloque.
Oigo la voz del pequéño Marcelino que llega por teléfono del otro lado del mar. Ya se ha enterado de que no soy yo quien cuenta las historias, así que siempre dice:"Hola, papá, ¿puedo hablar un poco co el señor Bino Bino"
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