miércoles, 28 de septiembre de 2011

El señor Bino Bino

El señor Bino Bino se presentó de pronto.
Yo estaba tumbado en el sofá, leyendo un tomo enorme de sociología, cuando percibí sus pasitos sobre la mesita del salón. Allí estaba, con su casaca roja, sus zapatos de empeine redondo con hebillas de plastico amarillo, y su sombrero de copa azul celeste que luce una pluma de pavo real del lado derecho. Era remarcable que fuera del tamaño de una peonza mediana y con la misma forma, además de que su cabeza fuera exactamente igual que un frijol con ojos, nariz respingona y boca redonda y diminuta.
No se puede decir que el señor Bino Bino sea muy guapo. En la sombra se le podría confundir con un abejorro muy grande, porque además, como todas las hadas, que lo es, el señor Bino Bino tiene dos alas como de mosquito, transparentes, y puede ejecutar cortos vuelos de aquí a allá. Hay que cerciorarse de que no se trata de él cuando largamos un manotazo para espantar a un moscardón.
Hace un tiempo que me visita esporadicamente. ¿Y qué haría yo si él? La primera vez que se me apareció me dió un susto. Pensé que se trataba de Pimentilla, un trasgo que me atormentaba cuando era yo era niño. Pero no era Pimentilla. Era el señor Bino Bino. Le pedí sus credenciales y me enseñó certificados sellados por Hastermann, el gran sapo que es rey de las hadas de los lagos. Y traía la recomendación correcta firmada por Rusalka, princesa de las xanas.
Así pues, le pregunté por qué me visitaba, y con voz cantarina me contestó que sabía que mi hijito Marcelino, que hace años vive muy lejos, en el castillo de la hermosa Morgana, se aburría sin que su papá le contase una historia todas las noches. Le respondí que aunque hablaba con mi hijito por teléfono a diario, mi imaginación no podía fabricar una historia distinta cada vez. Y él contestó que de entonces en adelante, el susurraría todas las historias del mundo a mi oído para que yo se las repitiese a mi hijo.
Así lo viene haciendo cada noche. Justo antes de que suene el teléfono, aparece como por arte de birlibirloque.
Oigo la voz del pequéño Marcelino que llega por teléfono del otro lado del mar. Ya se ha enterado de que no soy yo quien cuenta las historias, así que siempre dice:"Hola, papá, ¿puedo hablar un poco co el señor Bino Bino"

lunes, 19 de septiembre de 2011

Bievenidos a Villalegre

Yo voy por ahí buscando el amor.
Pero no crean que me refiero al amor de una persona. No. Eso ya lo superé tiempo atrás.
Busco el amor que vibra en el aire de los lugares que hemos llegado a entender con la vista y la razón. El que emerge de la tierra y del agua como una niebla del mar. El que se halla en los caminos, en los muros, en las esquinas. El perdido allá en el momento en que la infancia tuvo fín y nos volvimos adultos.
El amor aquel de las cosas hacia nosotros cuando todo era grande de tamaño y pletórico de futuro, cuando muchos aún estaban que hoy ya no están.
Por eso cuando puedo me voy para perderme en las calles o senderos de lugares en los que viví de niño.
No soy un amante de la belleza, sino de las cosas amenas, y de lo misterioso.
Hoy hacía sol, así que me dió por volver a Villalegre. Es una comunida de la Asturias más fea, donde el paisaje fué hace tiempo mutilado por los grandes bloques de edificios para trabajadores del hierro de aquella monstruosidad que en tiempos se llamó Ensidesa.
Pero tambien quedan entre el asfalto muchos retazos de verde donde los viejos campesinos se empeñans en seguir cultivando su maiz y sus berzas.
Tambien se topa iuno con mansiones estrafalarias y a veces bellas construidas por caprichosos indianos que volvieron de america con fortunas más o menos considerables. Quiméricas estructuras de cuento gótico contra un fondo de altas chimeneas de fábricas
Muchos de los edificios en aquellos barrios aún lucen aquellas placas de la Falange sobre los portales, con el yugo y las flechas.
Los barrios trabajadores, con sus madres que empujan carrioches, con sus hombres de aspecto hosco, con sus gitanos, me gustan más que cualquier plaza de catedral, que cualquier palacio, que cualquiera de esos bonitos lugares redolentes de la hipocresía burguesa o aristocrática.
Desafortunadamentem padezco de una timidez patológica, por lo cual lo más parecido a la foto de una ser con piernas que les ofrezco es la de un precioso caballo-

viernes, 29 de julio de 2011

HOMBRES

Llego a la piscina temprano. La vasta extensión de hierba que la rodea aún está humeda de rocío .
La piscina es azul, fría, enorme.
Llevo poco: una mochila de tela con la toalla, el gorro de nadar, bañador, y una libreta por si me da por escribir tirado en el cesped.
La piscina está cerca de un hangar con pistas de despegue y aterrizaje para avionetas pequeñas. Se oye el ronroneo de algunos aparatos en el cielo. Desde allí arriba las vistas serán preciosas.
Tengo cincuenta y tres años. Toda la vida hice deporte. Estoy en buena forma. Ni un quilo de más. Debo decir que me gusta la soledad, la pureza de la soledad. Por eso acudo a la piscina tan temprano, cuando no hay nadie, o casi nadie.
El verano pasado venía con mi mujer y mi hijito de cuatro años. Ahora ya no están. A veces oigo la risa del pequeño en algún lugar cercano. Pero sé que se trata de un truco de la memoria.
Aún así, mi corazón se inunda entonces de pena, igual que la piscina rebosa de agua hasta los bordes. El agua es como las lágrimas.
Hay grandes claros en el cielo, hoy. Es un día espléndido.
Un hombre en quine no me había fijado se zambulle en el agua. Bucea unos segundos, emerge y da unas brazadas. Lleva un gorro de nadar verde ajustado al cráneo.El sol le da de lleno en los ojos, que son del color azul del agua.
Me mira desde el agua fijamente, pero sin expresión alguna. Yo le devulevo la mirada. Debe tener más o menos mi edad. Y está solo. Quizá su familia tambien está lejos. Nunca se sabe.
¿Sería lógico que nos saludasemos, siendo las únicas personas en la piscina? No lo hacemos.
guardamos una distancia calculada, dos animales que no se fían uno del otro. pero nos observamos con curiosidad, en el silencio de la mañana iluminada.
Sabemos que somos los animales más peligrosos del mundo. ¿Para qué arriesgarse? Nos dejamos estar. creo que nuestras memorias son parecidas, igual de amargas.
Vuelvo a oir una risa de niño. Vulvo la cabeza, auscultando los rincones sombríos bajo los setos.
El hombre ha leído mis pensamientos. De pronto, en sus ojos, he visto la mirada fugaz de otro niño que tambien está lejos.
Ahora nos reconocemos: hombres solos, perdidos.

jueves, 28 de julio de 2011

KALIOPE

Tenía el cabello de un rubio como de trigo a mediados de verano, y los ojos verdes. Y se llamaba Kaliope. Oriunda de Esparta.
La conocí en un bar de Oviedo. Le confesé que para mí no existe escritor más admirable que Nikos Kazantzakis, ni sonido más evocativo que el de un Bazouki al lado del mar. Ni gente más abierta y echada para alante que la gente griega. Y es cierto. Ella me besó en la frente y me dijo susurrando: "esta noche dormiré contigo"
Cuando los griegos beben siempre se presenta un punto donde la amistad se manifiesta con contacto, así que la hermosa joven, fuerte como una diosa, puso su brazo en torno a mi hombro,y , con una sonrisa en la boca, me sacó a bailar. A bailar un baile griego, de esos en que la gente se agarra de las manos y se mueve en vaivén como las olas del mar, solo que al ritmo salvaje del rock de Nina Hagen.
Nos hicieron un espacio en la pista. Otra gente se unió a nosotros. De pronto, la música cambió. Sí, ahora eran las eternas notas que exaltan el alma como el vino del Peloponeso, la gran tonada para instrumentos de cuerda de Thedeorakis, Zorba el griego. Y de pronto todos los presentes, en la oscuridad del bar, flotabamos como en las aguas de un amniótico Egeo, del mar del psíque, un mar del espíritu.
La música griega nos exalta. Tiene una mágia especial. Kaliope se quita los zapatos y baila descalza. Su belleza parece proceder de tiempos remotos. Su cabellera ondulada vuela en el aire como un fuego en la oscuridad y sus ojos son verdes, verdes como los de Athenea, con el verdor de las leyendas.
Kaliope baila en la sombra, entre las sombras, y su cuerpo adquiere la sinuosidad y el brillo de una llama, de una pira nocturna. La veo bailar, cada vez más intensamente y, de alguna forma, cada vez más lejana.
Ha prometido acostarse conmigo. Lo cual sería ciertamente un regalo del paraíso. Según danza, la falda de Kaliope se le sube por encima de los muslos, dejando ver unas piernas que son el sueño de Donatello, los muslos más bien formados del universo, la dulzura hecha carne.
Hay hermosuras que llevan al enamoramiento empedernido, al deseo del imposible, a la tristeza más sublime. Y de esa ídole era la belleza de Kaliope.
Me alejé, sin que ella se diese cuenta. Salí del bar. Me dirigí, solo, a mi casa por las calles que amanecían.
Soñé con un mar del color del lapislázuli, limitado por montañas de nieve pristína. Había un malecón de marmol blanco, con tres finísimas columnas dóricas y un caballo color nube, y una mujer que, andando descalza sobre el frío suelo, lo conducía tirando de las riendas de oro.
El sueño de Kaliope, a quien no vi nunca más, a quien preferí soñar que convertir en realidad con mis groseras manos.

sábado, 23 de julio de 2011

NIÑO

Si se acerca la pena

yo me salgo

de mi cuerpo a los días

oceánicos:

y vuelto luz y espuma

con las olitas bailo.


Allí siempre me encuentro

tus ojos aguardando:

ellos le dan al agua

sus brillos acerados,

sus alas de ventisca,

sus impetus de pájaro.


Amor, estás tan lejos

pero me estás tocando.

Corro hacia la mar triste

y corres a mi lado.

Tu risa cubre el mundo

del futuro al pasado.


Tus huella pequeñitas

la arena van hoyando.

¡ Oh capitán pirata

con tu espada de palo!

viernes, 22 de julio de 2011

EL LIMITE

Soy un tipo normal. Por eso, debe entenderse que siempre me preocupé de guardar las normas, los requerimientos sociales. Lo que significa que nunca he dejado entrever, en mi apariencia o comportamiento, nada de la inicua condición natural al ser humano. Sabemos que ser normal quiere decir precisamente ocultar civilizadamente todas las caracteristicas tristes o vergonzosas de nuestra debil espécie.
En mi imaginación, o sea, en la vida real, soy muchas cosas: ángel, ballena, vampiro.
En mi vida cotidiana, o sea, en la irreal, soy profesor de idiomas.
Hace años que mi matrimonio se fué al carajo, y otros tantos que estoy enamorado en secreto, y perdidamente, de una de mis alumnas.
No se solivianten: no es una jovencita- es una treintañera sin talento alguno para las lenguas, pero muy hermosa. Ella no sabe que la deseo, y yo no tenía intención de decirselo.
Pero el otro día me ocurrió algo.
Una acerba tristeza, un sentimiento parecido a la desesperación, me invadió de repente, y perdí como por arte de birlibirloque mi habitual capacidad de comportarme correctamente.
Un extraño demonio burlón me hizo echar toda s mis preocupaciones por la borda, y salí de casa dispuesto a hacer algo inusitado en mí: ponerme hasta las orejas de alcohol y darme a la profunda melancolía del verdadero borracho.
Me fuía a la zona vieja. Bebí copiosamente, rapido y sin descanso, en absoluta soledad.
Soy un tipo fuerte, corpulento. Mis modales más bien modestos y timidos hacen que la gente casi no lo note. Pero cuando aquella noche me dió por desatarme a bailar frenéticamente y cantar a voz en grito por las calles del centro, moviendo las manos como un gran espantapájaros en el viento, supe que todo mi poder físico estaba a la vista. Lo supe porque la gente salía huyendo en desbandada. Huían de mi realmente. No como se apartan, con cierto asco, de los borrachos de siempre, sino como si estuvieran ante una peligrosa fuerza de la naturaleza.
Y yo me regodeaba en mi locura. Mi locura que en aquellos momentos me parecía divina: la gente huía de mi, aterrorizada, y yo rugía en mitad de la civilizaciín como un oceáno de espanto. Nunca había sido tan libre y feliz, aunque sabía que aquel desmadre solo era una manifestación de mi profunda soledad, de mi mortal tristeza. Nadie en el mundo me quería, y yo me alzaba como un monstruo despreciado, lleno de rabia y furia.
Era, en realidad, la vida misma, el payaso que describió Shakespeare: " an idiot, full of sound and fury, signifying nothing"
En algún punto de aquella noche, entre las nieblas del alcohol, vi que una bella mujer se acercaba a mi, lentamente, alguien que no me temía.
Era mi estudiante. Sonreía como si todo aquello la diviertiera sobremanera.
- Profe-me dijo- ¿Por qué quiere morirse?
- Bueno- contesté- estoy mostrándole al mundo, por vez primera, mi verdadera cara, la careta tragicómica que soy...
- ¿Usted me ama, verdad ?
- Así es.
- Y yo a usted. Menos mal que se emborrachó para poder decirmelo, sino nunca nos habríamos enterado.
Y fué aquella la primera noche en muchos años en que dormí con una hermosa mujer, aunque yo estaba demasiado ebrio para hacer nada significativo.