lunes, 4 de abril de 2011
SENDERO
Todo lo que me quedaba de España, a los quince años, era un libro viejo, con duras portadas rojo oscuro, páginas laminadas y fotos en blanco y negro, con alguna en color entre medias, pero de colores desvaídos, humildes, casi tristes, como los que se ven en el campo a principios de primavera. Fotos todas ellas antiguas y por lo tanto difuminadas, justamente como vemos los paisajes de otrora en la memoria, cuando cerramos los ojos. La melancolía de las imágenes se correspondía perfectamente a la de los textos, todos ellos extractos de trabajos mayores, y que trataban del paisaje. Allí, Azorin, con palabras desnudas, depuradas, evocaba la soledad soñolienta de las eras en estío. Unamuno destilaba en su prosa seca el oro que la tarde esparce sobre Salamanca, la catedral, el puente, el Tormes con sus álamos largos, de forma de llama, luminosos y rumorosos. La Soria alta de Bequer, de la nieve y el fuego en el hogar de la casa donde alguien espera que los espectros llamen a la puerta una noche helada de invierno. Y la Castilla de Machado, marcada por el paso de pastores y guerreros, con sus senderos luengos, que deben acabar en el infinito. A los quince años, en un país extranjero, yo cuidaba aquel libro como si de mi propio corazón se tratase. Y cuando lo abría, por cualquier página, me veía en la España de la memoria. como si no me hubiera ido. Y cerrando los ojos, volaba sobre los campos, las sierras y las ciudades, sobre los verjeles andaluces, las estepas de Castilla, los jardines umbríos de Galicia y Asturias. A veces salgo al sendero, otéo el campo y, a lo lejos, veo la forma de un niño, parado en medio del camino de San Antón, que sube al norte. Le saludo con la mano. Empieza a nevar ligeramente. el niño desaparece. Tengo en mi mano crispada y fría el libro de siempre. Se titula, simplemete, "Sendero".
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