sábado, 24 de diciembre de 2011

más allá de lo posible

Hay misterios cuya resolución precisa un extra de ánimo por parte del investigador, por abrumadores. ¿Cómo, sin luz ninguna y a cuarenta metros bajo tierra, pintaron los egicios antiguos los detallados murales de las cámaras mortuorias de los reyes en las piramides? ¿Cómo escribió Josefo sus vastos volúmenes de historia, ya viejito y en una era en que no se conocían las gafas? ¿Cómo voy yo a terminar este microrelato cuando las mías, mis gafas, se me han roto en pleno día de navidad y no hay nada abierto para agenciarme unas nuevas? Las pisé por accidente y se partieron por la mitad. Con una cerilla, traté de soldar la concha, pero no funcionó. Luego quise arreglarlas con celofán, pero ni por esas.
Apï zue whe dxidido ajvar el mgrolelato sim ñas jopidaz jafaz...

viernes, 23 de diciembre de 2011

Proceso

Como debo pasar las navidades solo, hace unos días he puesto un tomate sobre un papel de acuarela en blanco, en la mesita del salón, para ver como sus células comienzan a pelearse entre ellas desde adentro, y se pudre poco a poco.
A estas alturas ya no parece un tomate, sino una especie de corazón oscuro en los estados últimos de la desintegración.
No sé cuando empecé a interesarme por el proceso del deterioro: si las cosas orgánicas no se cuidan constantemente, tienden a autodestruirse.Esto no es de extrañar, pues, aunque raramente lo recordemos, el planeta es una piedra que atraviesa el espacio con una violencia terrorífica:ciento setenta y pico mil kilómetros por hora. Lo cual quiere decir que cualquier cosa viva contiene en su interior una violencia parecida.
Por eso mi tomate se pudre: aunque por fuera parezca algo redondo y sereno, saludablemente rojo, por dentro se devora a sí mismo. Lo peor es que si decido no comermelo, todo el próposito de su existencia se va al traste, y el tomate se convierte en algo futil y deprimente. Un tomate suicida.
Con el amor seguramente pasa lo mismo. Yo lo he visto pudrirse como una fruta pocha. Literalmente, su cadáver de uva pasa se asoma a los ojos de la persona olvidada como una espécie de excremento de los dioses, y no puede haber muchas cosas más miserables y tristes.
Cómo decía, o murmuraba, más bien, aquel cónsul ingés consumido, en Cuernavaca, por el acohol y un recuerdo de traiciones incomprensibles:
"yo vivo porque aún te espero, y el día que llegues ya no tendré por qué seguir viviendo".
Indudablemente, siempre ha habido guerras y crueldad en el mundo. Y el corazón no es capaz nunca de entender los propósitos de Dios.
Incluso cuando ya ha empezado a devorarse a sí mismo desde adentro,
este tomate es de una belleza sublíme.
Pero es hora de arrojarlo al cubo de la basura. Ya no sirve para nada.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

Brian Marion

Este año no parece irse sin completar una buena cosecha de almas. Dos personas cercanas a mí murieron la semana pasada y, hoy, recibo la noticia de que un viejo amigo, un artista canadiense nativo con quien bebí y discutí de arte y espiritualidad muchas veces, acaba de fallecer.
Tenía 51 años y había dedicado toda la vida a comunicar la verdad cósmica que alienta en la visión de la vida de la cultura Cree por medio de su pintura. Era díscipulo del gran maestro Norval Morrisseau, a quien tambien tuve el honor de conocer.
Durante muchos años estudié las simbología del arte nativo canadiense, y de Brian Marion, aquien su gente apodaba "pequeño colibrí", aprendí que la linea fluye directamente del universo a la mano, que en una forma están todas las formas, y que el hilo del espiritu conecta todos los cuerpos y colores.
Bueno, compañero: el arte es lo que hacemos cuando el alma quiere volar.
Como tú dijiste aquella vez: "en mitad de un lago muy sereno, hay una isla. Yo la llamo la isla de las cerezas. Y allï no se conoce la pena"
Los indios canadienses comprenden la naturaleza y sus ciclos mejor que nadie.
Feliz vuelo, Brian.
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lunes, 12 de diciembre de 2011

El viaje al escorial

En Madrid, no tuve suerte.
El austriaco llevaba una hermosa cámara de cine antigua y no paraba de detenerse para hacer tomas de cada rincón, de cada iglesia, de cada fachada. Yo me pelaba de frío.
Madrid es una hermosa ciudad con mucha vida. Las callejas enrevesadas del barrio donde estaba nuestro hostal estaban rebosantes de gente de todo tipo. Bares y restaurantes, a tope.
Al austriaco, y a mí, nos pirrió la cerveza madrileña de caña. "mejor que la alemana"-decía- "refresca más".
Al austriaco le conozco hace mucho tiempo. Vivíamos en Canadá, y nos juntabamos para tomar café y hablar de todo. De profesión es contable. Estuvo casado alguna vez. Desde su divorcio, vive solo. Es un tipo de pelo blanco, que toma grandes cantidades de vitaminas y hace ejercicio con regularidad. Es bastante religioso. A veces, creyendo ayudarme, se pone a hablarme de la fé. Conversamos en inglés. Su inglés es pulcro, frío, y se expresa exactamente. Es un tipo elegante y de modales delicados. pero solo hace falta fijarse para darse cuenta de que hay en él algo muy duro. Tiene un cuerpo de atléta, y disciplinado para cualquier esfuerzo, incluso para la violencia si se diera el caso.
Desde que me mudé a España, me visita una vez al año. Como nació en Austria, le gusta visitar todos los monumentos relacionados con la casa de los Hapsburgo. Esta vez, sobre todo, deseaba ver el Escorial. "Allí están las tumbas de nuestros reyes"-decía. "Se trata de nuestra cultura, de lo que somos, tanto tú como yo."
Yo estaba más interesado en la madrileñas, que llenaban las calles y garitos de una sexualidad misteriosa, un poco orgullosa y lejana. Pude acercarme a algunas, brevemente, pero no tuve suerte, como ya dije antes.
En el Escorial soplaba el viento de la sierra y hacía frío. Comenté que era el único edificio de su índole que yo había visto cuya fachada está totalmente desprovista de símbolos religiosos. Es de una austeridad militar y aburrida, y no me gustó. hasta que descendimos a los panteones de los reyes. Allí, a viente metros por debajo del suelo, descubrimos un lujo de opulencia barbárica, mármoles grises, burgundis y verde oscuros, rematados con complicados retoques de oro.
En pesados sarcofagos de mármol yacían los miembros de los Hapsburgo, y el sentimeinto quer se desprendía de aquellas criptas de solemnes frialdad y silencio era de aislamiento, como si toda una línea de sangre, de monarcas a infantes, convivesen serenamente en aquel reino de la Muerte. La personalidad meláncolica, exclusivista, mística, de los hapsburgo, se percibía en el ambiente. De pronto, entendí la naturaleza de la antigua aristocracia. Creían tener precedencia ante Dios, estar más cerca de El.
Traté de pensar criticamente, como hombre democrático y moderno, y verlo todo con cierto cinísmo. Pero no pude. La grandeza de aquella familia que mantuvo un imperio a golpe de espada y de cruz me sobrepasaba. En aquel dominio de la muerte habían una calma y una belleza sigulares, que ponían a uno en contacto con algo sobrenatural.
Sobre los enormes, níveos sepulcros de los infantes, alineados a lo largo de sombríos muros, había talladas guirnaldas de mármol de tal delicadeza que podrían haber sido de seda.
Una palabra cruzaba mi cerebro anonadado por tanto esplendor en piedra, por tanto cadáver allí reposante durante cientos de años: España.
De pronto, el austriaco tropezó con una escalinata y cayó al suelo, con el
chirrido de sus cámaras de fotografía que se hacían añicos. había estado haciendo fotos sin ser visto, lo cual no estaba permitido.
-Bueno, Josef- le dije- Quizá seas tú el último austriaco que caiga muerto en este panteón, y te entierren junto a Carlos V. Todo un privilegio.
- En cualquier caso,amigo mío -me contestó- Se conoce que a nuestros monarcas les molesta la tecnología, porque me han jodido las cámaras.