lunes, 12 de diciembre de 2011

El viaje al escorial

En Madrid, no tuve suerte.
El austriaco llevaba una hermosa cámara de cine antigua y no paraba de detenerse para hacer tomas de cada rincón, de cada iglesia, de cada fachada. Yo me pelaba de frío.
Madrid es una hermosa ciudad con mucha vida. Las callejas enrevesadas del barrio donde estaba nuestro hostal estaban rebosantes de gente de todo tipo. Bares y restaurantes, a tope.
Al austriaco, y a mí, nos pirrió la cerveza madrileña de caña. "mejor que la alemana"-decía- "refresca más".
Al austriaco le conozco hace mucho tiempo. Vivíamos en Canadá, y nos juntabamos para tomar café y hablar de todo. De profesión es contable. Estuvo casado alguna vez. Desde su divorcio, vive solo. Es un tipo de pelo blanco, que toma grandes cantidades de vitaminas y hace ejercicio con regularidad. Es bastante religioso. A veces, creyendo ayudarme, se pone a hablarme de la fé. Conversamos en inglés. Su inglés es pulcro, frío, y se expresa exactamente. Es un tipo elegante y de modales delicados. pero solo hace falta fijarse para darse cuenta de que hay en él algo muy duro. Tiene un cuerpo de atléta, y disciplinado para cualquier esfuerzo, incluso para la violencia si se diera el caso.
Desde que me mudé a España, me visita una vez al año. Como nació en Austria, le gusta visitar todos los monumentos relacionados con la casa de los Hapsburgo. Esta vez, sobre todo, deseaba ver el Escorial. "Allí están las tumbas de nuestros reyes"-decía. "Se trata de nuestra cultura, de lo que somos, tanto tú como yo."
Yo estaba más interesado en la madrileñas, que llenaban las calles y garitos de una sexualidad misteriosa, un poco orgullosa y lejana. Pude acercarme a algunas, brevemente, pero no tuve suerte, como ya dije antes.
En el Escorial soplaba el viento de la sierra y hacía frío. Comenté que era el único edificio de su índole que yo había visto cuya fachada está totalmente desprovista de símbolos religiosos. Es de una austeridad militar y aburrida, y no me gustó. hasta que descendimos a los panteones de los reyes. Allí, a viente metros por debajo del suelo, descubrimos un lujo de opulencia barbárica, mármoles grises, burgundis y verde oscuros, rematados con complicados retoques de oro.
En pesados sarcofagos de mármol yacían los miembros de los Hapsburgo, y el sentimeinto quer se desprendía de aquellas criptas de solemnes frialdad y silencio era de aislamiento, como si toda una línea de sangre, de monarcas a infantes, convivesen serenamente en aquel reino de la Muerte. La personalidad meláncolica, exclusivista, mística, de los hapsburgo, se percibía en el ambiente. De pronto, entendí la naturaleza de la antigua aristocracia. Creían tener precedencia ante Dios, estar más cerca de El.
Traté de pensar criticamente, como hombre democrático y moderno, y verlo todo con cierto cinísmo. Pero no pude. La grandeza de aquella familia que mantuvo un imperio a golpe de espada y de cruz me sobrepasaba. En aquel dominio de la muerte habían una calma y una belleza sigulares, que ponían a uno en contacto con algo sobrenatural.
Sobre los enormes, níveos sepulcros de los infantes, alineados a lo largo de sombríos muros, había talladas guirnaldas de mármol de tal delicadeza que podrían haber sido de seda.
Una palabra cruzaba mi cerebro anonadado por tanto esplendor en piedra, por tanto cadáver allí reposante durante cientos de años: España.
De pronto, el austriaco tropezó con una escalinata y cayó al suelo, con el
chirrido de sus cámaras de fotografía que se hacían añicos. había estado haciendo fotos sin ser visto, lo cual no estaba permitido.
-Bueno, Josef- le dije- Quizá seas tú el último austriaco que caiga muerto en este panteón, y te entierren junto a Carlos V. Todo un privilegio.
- En cualquier caso,amigo mío -me contestó- Se conoce que a nuestros monarcas les molesta la tecnología, porque me han jodido las cámaras.

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