Como debo pasar las navidades solo, hace unos días he puesto un tomate sobre un papel de acuarela en blanco, en la mesita del salón, para ver como sus células comienzan a pelearse entre ellas desde adentro, y se pudre poco a poco.
A estas alturas ya no parece un tomate, sino una especie de corazón oscuro en los estados últimos de la desintegración.
No sé cuando empecé a interesarme por el proceso del deterioro: si las cosas orgánicas no se cuidan constantemente, tienden a autodestruirse.Esto no es de extrañar, pues, aunque raramente lo recordemos, el planeta es una piedra que atraviesa el espacio con una violencia terrorífica:ciento setenta y pico mil kilómetros por hora. Lo cual quiere decir que cualquier cosa viva contiene en su interior una violencia parecida.
Por eso mi tomate se pudre: aunque por fuera parezca algo redondo y sereno, saludablemente rojo, por dentro se devora a sí mismo. Lo peor es que si decido no comermelo, todo el próposito de su existencia se va al traste, y el tomate se convierte en algo futil y deprimente. Un tomate suicida.
Con el amor seguramente pasa lo mismo. Yo lo he visto pudrirse como una fruta pocha. Literalmente, su cadáver de uva pasa se asoma a los ojos de la persona olvidada como una espécie de excremento de los dioses, y no puede haber muchas cosas más miserables y tristes.
Cómo decía, o murmuraba, más bien, aquel cónsul ingés consumido, en Cuernavaca, por el acohol y un recuerdo de traiciones incomprensibles:
"yo vivo porque aún te espero, y el día que llegues ya no tendré por qué seguir viviendo".
Indudablemente, siempre ha habido guerras y crueldad en el mundo. Y el corazón no es capaz nunca de entender los propósitos de Dios.
Incluso cuando ya ha empezado a devorarse a sí mismo desde adentro,
este tomate es de una belleza sublíme.
Pero es hora de arrojarlo al cubo de la basura. Ya no sirve para nada.
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