Aceleró en aquel tramo de la carretera. La luna. El mar de otoño.
El año pasado, por estas fechas, había dejado tras él, sobre el suelo de la playa, el cadáver de Julio.
Le asesinó mientras en la casa seguían festejando el día de todos los santos. Con una navaja de bolsillo. Facilmente.
El mismo consoló a la prometida de Julio. Y, poco despues, sa casaba con ella. La vida es para los ganadores.
Aparcó ante la casa.
El y su esposa entraron al baile de máscaras. Ya estaba borracho cuando vio a su mujer en brazos de un tipo elegante, que vestía una horrible careta de hueso.
Zorra.
Agarró a aquel cerdo de una mano, más fria que un pez muerto.
Entonces vió que el hombre tenía una tajada sangrante a la altura de la carótida.
Era Julio.
Bien. Que se la quedase. El ya estaba harto de ella.
lunes, 24 de octubre de 2011
sábado, 22 de octubre de 2011
El Internado
A finales de los sesenta, mis padres emigraron a Canadá. Para tener libertad de moviemiento, a mi me ingresaron en un internado regentado por curas,. era un enorme monasterio del siglo XII en mitad de la montaña asturiana.
Allí las letras definitivamente entraban con sangre. Pero a pesar de haber discutido luego con mis padres los terrores allí impuestos sobre los internos, ellos nunca aceptaron que en un colegio de pago, famoso por la buena enseñanza, ocurrieran tales cosas, y al implicación era que yo me lo imaginaba todo, o que mentía.
Sin embargo, las palizas que allí recibía a manos de los frailes no fueron ni escasas ni superficiales.
Allí conocí a C, aunque nunca fui amigo suyo.Tendría doce años, como yo, pero estaba en otra clase. Era un chaval rubio, de ojos azules y un poco tristes. Tenía la reputación de ser un buen dibujante.
Los internos formabamos bandas que , como respuesta a la diaria crueldad del profesorado, haciamos de las nuestras siempre que podíamos.
Una vez entramos a la clase de C e inspeccionamos su pupitre. Encontramos un cuaderno lleno de dibujos y notas. Los dibujos eran ilustraciones soeces de lo que él, al parecer, hacía con un fraile en particular. Las notas explicaban cómo aquel fraile le obligaba a hacerle favores sexuales a cambio de buenas notas y otros privilegios, como salidas extendidas al pueblo cercano los fines de semana.
Enviamos una nota sin firmar al rector del monasterio explicando lo que ocurría.
A partir de entonces los castigos en el monasteri fueron más frecuentes y duros. Y nada cambió.
Aquel muchacho se sucidó en el rio que pasaba junto al monasterio.
Dicho edificio, hoy día, está siendo rehabilitado y será un parador para turistas en mitad de aquellos preciosos paisajes.
Allí las letras definitivamente entraban con sangre. Pero a pesar de haber discutido luego con mis padres los terrores allí impuestos sobre los internos, ellos nunca aceptaron que en un colegio de pago, famoso por la buena enseñanza, ocurrieran tales cosas, y al implicación era que yo me lo imaginaba todo, o que mentía.
Sin embargo, las palizas que allí recibía a manos de los frailes no fueron ni escasas ni superficiales.
Allí conocí a C, aunque nunca fui amigo suyo.Tendría doce años, como yo, pero estaba en otra clase. Era un chaval rubio, de ojos azules y un poco tristes. Tenía la reputación de ser un buen dibujante.
Los internos formabamos bandas que , como respuesta a la diaria crueldad del profesorado, haciamos de las nuestras siempre que podíamos.
Una vez entramos a la clase de C e inspeccionamos su pupitre. Encontramos un cuaderno lleno de dibujos y notas. Los dibujos eran ilustraciones soeces de lo que él, al parecer, hacía con un fraile en particular. Las notas explicaban cómo aquel fraile le obligaba a hacerle favores sexuales a cambio de buenas notas y otros privilegios, como salidas extendidas al pueblo cercano los fines de semana.
Enviamos una nota sin firmar al rector del monasterio explicando lo que ocurría.
A partir de entonces los castigos en el monasteri fueron más frecuentes y duros. Y nada cambió.
Aquel muchacho se sucidó en el rio que pasaba junto al monasterio.
Dicho edificio, hoy día, está siendo rehabilitado y será un parador para turistas en mitad de aquellos preciosos paisajes.
El polaco
Yo tenía por aquel entoces dieciseis años.
En aquella época había en Toronto, Canadá, una comunidad de emigrantes españoles considerables. Luego, con la prosperidad que empezó a gozar españa a finales de los setenta, casi todos regresaron al país de origen.
Mi padre solía llevarme con él a una pastelería pequeña donde en la calle Bloor. Aquel lugar ya hace mucho que desapareció. El dueño era un gallego que se llamaba Victor. Allí se reunían emigrantes españoles de diversas ideologías políticas, y aveces las discusiones eran violentas.
Había un argentino muy grueso, de pelo blanco y ojos azulísimos, que por alguna razóm me caía bien. Tendría unos sesenta y tantos años. Un día me senté con él y empezó a hablarme de su pasado.
Resulta que no era argentino, sino polaco. Y que había vivido en Argentina muchos años despues de la II Guerra Mundial. Su castellano era impecable. Me contó que había tenido catorce ataques al corazón en los últimos diez años. Los había sobrevivido sin secuelas aparentes.
Tambien me contó que había sido soldado, de joven. Un soldado nazi.
Cuando le pregunté acerca del holocausto, si opinaba algo, si había visto algo, se llevó su gordo indice al cuello e hizo un gesto como si su dedo fuera una cuchilla y se rebanase la garganta.
-Eso es lo que hice con los judíos, y lo que volvería a hacer de nuevo si las cosas fueran como deben.
Y por primera vez en mi vida, vi el odio verdadero en los ojos de un ser humano. Y sentí terror.
No sé, a día de hoy, que habrá sido de aquel asesino que vivía en completa libertad en medio de una sociedad que se jacta de ser justa.
En aquella época había en Toronto, Canadá, una comunidad de emigrantes españoles considerables. Luego, con la prosperidad que empezó a gozar españa a finales de los setenta, casi todos regresaron al país de origen.
Mi padre solía llevarme con él a una pastelería pequeña donde en la calle Bloor. Aquel lugar ya hace mucho que desapareció. El dueño era un gallego que se llamaba Victor. Allí se reunían emigrantes españoles de diversas ideologías políticas, y aveces las discusiones eran violentas.
Había un argentino muy grueso, de pelo blanco y ojos azulísimos, que por alguna razóm me caía bien. Tendría unos sesenta y tantos años. Un día me senté con él y empezó a hablarme de su pasado.
Resulta que no era argentino, sino polaco. Y que había vivido en Argentina muchos años despues de la II Guerra Mundial. Su castellano era impecable. Me contó que había tenido catorce ataques al corazón en los últimos diez años. Los había sobrevivido sin secuelas aparentes.
Tambien me contó que había sido soldado, de joven. Un soldado nazi.
Cuando le pregunté acerca del holocausto, si opinaba algo, si había visto algo, se llevó su gordo indice al cuello e hizo un gesto como si su dedo fuera una cuchilla y se rebanase la garganta.
-Eso es lo que hice con los judíos, y lo que volvería a hacer de nuevo si las cosas fueran como deben.
Y por primera vez en mi vida, vi el odio verdadero en los ojos de un ser humano. Y sentí terror.
No sé, a día de hoy, que habrá sido de aquel asesino que vivía en completa libertad en medio de una sociedad que se jacta de ser justa.
El Libro
Mi abuelo, allá por las postrimerías de la guerra civil española, había sido secretario de ayuntamiento en Puebla de Almoradiel, en La Mancha. Hace ya tiempo que murió.
Nunca le oí expresar una opinión política.
Cuando yo era un niño. Pasé mucho tiempo en su casa, de la cual recuerdo que tenía patio con aljibe y que en los enormes desvanes se apilaban melones y sandías, y uvas blancas y rojas que colgaban de vigas en enormes racimos.
Se le respetaba- La gente del pueblo, cuando se cruzaba con él en las calles sin asfaltar, le hacía una reverencia. Y el, en respuesta, solía levantarse aquel fedora que raramente se quitaba de la cabeza.
Algunas veces me llevó a su despacho, que contaba con una gran mesa de caoba y aquellos tinteros de pesado vidrio que eran populares entonces. En la penumbra un poco polvorienta se vislumbraba el retrato de Franco.
Mi infancia en torno a mi abuelo fue algo placentero, casi como un ensueño.
Era sabio. Tenía estanterías llenas de libros.
Un día, hojeando algunos de aquellos libros, encontré uno que ya no olvidaría nunca. Era grande, con hojas de papel laminado que contenían fotografía tras fotografía de gente muerta. Eran fotos pequeñas de rostros de cadáveres. Tenían partes de la cara, o del cráneo, destrozadas. Y llevaban un cartel con un número alrededor del cuello. Se trataba, ahora lo sé, de un libro de registros de gente ejecutada durante y despues de la guerra.
Desde entoces, cada vez que miraba el rostro serio y afeitado de mi abuelo, me preguntaba como una cara podía parecer tan normal despues de haberse asomado al infierno.
Nunca le oí expresar una opinión política.
Cuando yo era un niño. Pasé mucho tiempo en su casa, de la cual recuerdo que tenía patio con aljibe y que en los enormes desvanes se apilaban melones y sandías, y uvas blancas y rojas que colgaban de vigas en enormes racimos.
Se le respetaba- La gente del pueblo, cuando se cruzaba con él en las calles sin asfaltar, le hacía una reverencia. Y el, en respuesta, solía levantarse aquel fedora que raramente se quitaba de la cabeza.
Algunas veces me llevó a su despacho, que contaba con una gran mesa de caoba y aquellos tinteros de pesado vidrio que eran populares entonces. En la penumbra un poco polvorienta se vislumbraba el retrato de Franco.
Mi infancia en torno a mi abuelo fue algo placentero, casi como un ensueño.
Era sabio. Tenía estanterías llenas de libros.
Un día, hojeando algunos de aquellos libros, encontré uno que ya no olvidaría nunca. Era grande, con hojas de papel laminado que contenían fotografía tras fotografía de gente muerta. Eran fotos pequeñas de rostros de cadáveres. Tenían partes de la cara, o del cráneo, destrozadas. Y llevaban un cartel con un número alrededor del cuello. Se trataba, ahora lo sé, de un libro de registros de gente ejecutada durante y despues de la guerra.
Desde entoces, cada vez que miraba el rostro serio y afeitado de mi abuelo, me preguntaba como una cara podía parecer tan normal despues de haberse asomado al infierno.
Había vuelto a la casa de su infancia. Propiedad de un hermano de su madre, solitario y huraño, finalmente aquel hombre había muerto y ella la había heredado: una casona centenaria, sombría, con gran alero y galería de cristales.
Pero se sentía espiritualmente atribulada. Es que volvían en tropel los recuerdos. Especialmente del día en que su hermano se había ahogado en el Huerna, que discurría ante la casa.
Sobre el suelo de la playa se erguía una higera retorcida cuyas ramas golpeaban la ventanuca del cuarto donde pasaría aquella noche. El mismo donde, treinta y cinco años atrás, había nacido.
Era el día de todos los santos, tarde ya.
El golpeteo de las ramas contra los vidrios le impedía dormir. Se levantó para cerrar la contraventana. Y la paralizó el terror.
Allí, fuera, flotaba el rosto muerto, chorreando agua, de un niño que le pedía que le dejase entrar.
Pero se sentía espiritualmente atribulada. Es que volvían en tropel los recuerdos. Especialmente del día en que su hermano se había ahogado en el Huerna, que discurría ante la casa.
Sobre el suelo de la playa se erguía una higera retorcida cuyas ramas golpeaban la ventanuca del cuarto donde pasaría aquella noche. El mismo donde, treinta y cinco años atrás, había nacido.
Era el día de todos los santos, tarde ya.
El golpeteo de las ramas contra los vidrios le impedía dormir. Se levantó para cerrar la contraventana. Y la paralizó el terror.
Allí, fuera, flotaba el rosto muerto, chorreando agua, de un niño que le pedía que le dejase entrar.
viernes, 21 de octubre de 2011
BIEN PAGADO
En su casa de Malibú, un palacio de vidrio y estuco casi sobre la arena de la playa, por pura chulería, no me quité el fedora antes de acomodarme . Venía a cobrar por despachar a su marido.
Encendió un pitillo. Ojos verdes e ironicos. El pelo a lo Cleopatra le caía de perlas . Yo era un gángster enano que compesaba con violencia su falta de estatura y estatuto. Era el día de todos los santos.
-No te voy a pagar- me dijo - No se si lo mataste tú. Estaba borracho y se axfisió con un cacahuete.
-Ya-contesté- pero yo se lo metí en la boca mientras dormitaba.
- No hay forma de saberlo, enanito. Haberle matado de un disparo. Mete la polla en ese vaso de wisky.
-¿Uh?
Nada tan bonito como una mujer guapa con mi polla gigantesca en su boca.
Tengo un gran corazón, así que decidí no ejecutarla.
Encendió un pitillo. Ojos verdes e ironicos. El pelo a lo Cleopatra le caía de perlas . Yo era un gángster enano que compesaba con violencia su falta de estatura y estatuto. Era el día de todos los santos.
-No te voy a pagar- me dijo - No se si lo mataste tú. Estaba borracho y se axfisió con un cacahuete.
-Ya-contesté- pero yo se lo metí en la boca mientras dormitaba.
- No hay forma de saberlo, enanito. Haberle matado de un disparo. Mete la polla en ese vaso de wisky.
-¿Uh?
Nada tan bonito como una mujer guapa con mi polla gigantesca en su boca.
Tengo un gran corazón, así que decidí no ejecutarla.
miércoles, 12 de octubre de 2011
la luna
No podía dormir
y salí a ver la luna
y la encontré en el parque
entre las hojas muertas.
La contemplé de frente
y me miró de vuelta
con los ojos ausentes
de una bella suicida.
Sangre de luz llenaba
mis pupilas de lumbre,
agua de luz fluía
por mis venas sedientas.
Luego cambió su rostro
y era una mujer vieja
con los ojos velados
por la nieve del tiempo.
Yo sentí sus recuerdos
y, aún más, sus olvidos:
las sombras de los muertos
que arrastra por las sendas
sin final de la noche.
De pronto yo era parte
del sueño de la luna,
ya ni vivo ni muerto:
una idea, un reflejo,
el murmullo improbable
de una brisa remota,
el vuelo incierto de algo
alado entre los árboles,
quizá una piedra oscura,
sin latido, en la hierba-
Ya sin manos ni rostro,
sin ojos y sin venas,
no sentí la presencia
de mi cuerpo en la tierra:
Las llamas de la luna
que abrasan lo que besan
congelaban mi sangre,
borraban mis perfiles,
consumían mis huesos.
Y me escondí de ella
como se nos esconden
algunos personajes
en nuestros propios sueños.
y salí a ver la luna
y la encontré en el parque
entre las hojas muertas.
La contemplé de frente
y me miró de vuelta
con los ojos ausentes
de una bella suicida.
Sangre de luz llenaba
mis pupilas de lumbre,
agua de luz fluía
por mis venas sedientas.
Luego cambió su rostro
y era una mujer vieja
con los ojos velados
por la nieve del tiempo.
Yo sentí sus recuerdos
y, aún más, sus olvidos:
las sombras de los muertos
que arrastra por las sendas
sin final de la noche.
De pronto yo era parte
del sueño de la luna,
ya ni vivo ni muerto:
una idea, un reflejo,
el murmullo improbable
de una brisa remota,
el vuelo incierto de algo
alado entre los árboles,
quizá una piedra oscura,
sin latido, en la hierba-
Ya sin manos ni rostro,
sin ojos y sin venas,
no sentí la presencia
de mi cuerpo en la tierra:
Las llamas de la luna
que abrasan lo que besan
congelaban mi sangre,
borraban mis perfiles,
consumían mis huesos.
Y me escondí de ella
como se nos esconden
algunos personajes
en nuestros propios sueños.
El viento de otoño viene
a las orillas del Huerna
y está murmurando un nombre
entre las hojitas muertas.
Por este puente que cruzo
ya no llega quien solía,
pero aunque camino solo
siento una mano en la mía.
Alrededor de las tumbas
se está erizando la hierba
como si tuviera miedo
de la noche que se acerca.
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