Había vuelto a la casa de su infancia. Propiedad de un hermano de su madre, solitario y huraño, finalmente aquel hombre había muerto y ella la había heredado: una casona centenaria, sombría, con gran alero y galería de cristales.
Pero se sentía espiritualmente atribulada. Es que volvían en tropel los recuerdos. Especialmente del día en que su hermano se había ahogado en el Huerna, que discurría ante la casa.
Sobre el suelo de la playa se erguía una higera retorcida cuyas ramas golpeaban la ventanuca del cuarto donde pasaría aquella noche. El mismo donde, treinta y cinco años atrás, había nacido.
Era el día de todos los santos, tarde ya.
El golpeteo de las ramas contra los vidrios le impedía dormir. Se levantó para cerrar la contraventana. Y la paralizó el terror.
Allí, fuera, flotaba el rosto muerto, chorreando agua, de un niño que le pedía que le dejase entrar.
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