sábado, 22 de octubre de 2011

El polaco

Yo tenía por aquel entoces dieciseis años.
En aquella época había en Toronto, Canadá, una comunidad de emigrantes españoles considerables. Luego, con la prosperidad que empezó a gozar españa a finales de los setenta, casi todos regresaron al país de origen.
Mi padre solía llevarme con él a una pastelería pequeña donde en la calle Bloor. Aquel lugar ya hace mucho que desapareció. El dueño era un gallego que se llamaba Victor. Allí se reunían emigrantes españoles de diversas ideologías políticas, y aveces las discusiones eran violentas.
Había un argentino muy grueso, de pelo blanco y ojos azulísimos, que por alguna razóm me caía bien. Tendría unos sesenta y tantos años. Un día me senté con él y empezó a hablarme de su pasado.
Resulta que no era argentino, sino polaco. Y que había vivido en Argentina muchos años despues de la II Guerra Mundial. Su castellano era impecable. Me contó que había tenido catorce ataques al corazón en los últimos diez años. Los había sobrevivido sin secuelas aparentes.
Tambien me contó que había sido soldado, de joven. Un soldado nazi.
Cuando le pregunté acerca del holocausto, si opinaba algo, si había visto algo, se llevó su gordo indice al cuello e hizo un gesto como si su dedo fuera una cuchilla y se rebanase la garganta.
-Eso es lo que hice con los judíos, y lo que volvería a hacer de nuevo si las cosas fueran como deben.
Y por primera vez en mi vida, vi el odio verdadero en los ojos de un ser humano. Y sentí terror.
No sé, a día de hoy, que habrá sido de aquel asesino que vivía en completa libertad en medio de una sociedad que se jacta de ser justa.

El Libro

Mi abuelo, allá por las postrimerías de la guerra civil española, había sido secretario de ayuntamiento en Puebla de Almoradiel, en La Mancha. Hace ya tiempo que murió.
Nunca le oí expresar una opinión política.
Cuando yo era un niño. Pasé mucho tiempo en su casa, de la cual recuerdo que tenía patio con aljibe y que en los enormes desvanes se apilaban melones y sandías, y uvas blancas y rojas que colgaban de vigas en enormes racimos.
Se le respetaba- La gente del pueblo, cuando se cruzaba con él en las calles sin asfaltar, le hacía una reverencia. Y el, en respuesta, solía levantarse aquel fedora que raramente se quitaba de la cabeza.
Algunas veces me llevó a su despacho, que contaba con una gran mesa de caoba y aquellos tinteros de pesado vidrio que eran populares entonces. En la penumbra un poco polvorienta se vislumbraba el retrato de Franco.
Mi infancia en torno a mi abuelo fue algo placentero, casi como un ensueño.
Era sabio. Tenía estanterías llenas de libros.
Un día, hojeando algunos de aquellos libros, encontré uno que ya no olvidaría nunca. Era grande, con hojas de papel laminado que contenían fotografía tras fotografía de gente muerta. Eran fotos pequeñas de rostros de cadáveres. Tenían partes de la cara, o del cráneo, destrozadas. Y llevaban un cartel con un número alrededor del cuello. Se trataba, ahora lo sé, de un libro de registros de gente ejecutada durante y despues de la guerra.
Desde entoces, cada vez que miraba el rostro serio y afeitado de mi abuelo, me preguntaba como una cara podía parecer tan normal despues de haberse asomado al infierno.
Había vuelto a la casa de su infancia. Propiedad de un hermano de su madre, solitario y huraño, finalmente aquel hombre había muerto y ella la había heredado: una casona centenaria, sombría, con gran alero y galería de cristales.
Pero se sentía espiritualmente atribulada. Es que volvían en tropel los recuerdos. Especialmente del día en que su hermano se había ahogado en el Huerna, que discurría ante la casa.
Sobre el suelo de la playa se erguía una higera retorcida cuyas ramas golpeaban la ventanuca del cuarto donde pasaría aquella noche. El mismo donde, treinta y cinco años atrás, había nacido.
Era el día de todos los santos, tarde ya.
El golpeteo de las ramas contra los vidrios le impedía dormir. Se levantó para cerrar la contraventana. Y la paralizó el terror.
Allí, fuera, flotaba el rosto muerto, chorreando agua, de un niño que le pedía que le dejase entrar.

viernes, 21 de octubre de 2011

BIEN PAGADO

En su casa de Malibú, un palacio de vidrio y estuco casi sobre la arena de la playa, por pura chulería, no me quité el fedora antes de acomodarme . Venía a cobrar por despachar a su marido.
Encendió un pitillo. Ojos verdes e ironicos. El pelo a lo Cleopatra le caía de perlas . Yo era un gángster enano que compesaba con violencia su falta de estatura y estatuto. Era el día de todos los santos.
-No te voy a pagar- me dijo - No se si lo mataste tú. Estaba borracho y se axfisió con un cacahuete.
-Ya-contesté- pero yo se lo metí en la boca mientras dormitaba.
- No hay forma de saberlo, enanito. Haberle matado de un disparo. Mete la polla en ese vaso de wisky.
-¿Uh?
Nada tan bonito como una mujer guapa con mi polla gigantesca en su boca.
Tengo un gran corazón, así que decidí no ejecutarla.

miércoles, 12 de octubre de 2011

la luna

No podía dormir
y salí a ver la luna
y la encontré en el parque
entre las hojas muertas.
La contemplé de frente
y me miró de vuelta
con los ojos ausentes
de una bella suicida.
Sangre de luz llenaba
mis pupilas de lumbre,
agua de luz fluía
por mis venas sedientas.

Luego cambió su rostro
y era una mujer vieja
con los ojos velados
por la nieve del tiempo.
Yo sentí sus recuerdos
y, aún más, sus olvidos:
las sombras de los muertos
que arrastra por las sendas
sin final de la noche.
De pronto yo era parte
del sueño de la luna,
ya ni vivo ni muerto:
una idea, un reflejo,
el murmullo improbable
de una brisa remota,
el vuelo incierto de algo
alado entre los árboles,
quizá una piedra oscura,
sin latido, en la hierba-

Ya sin manos ni rostro,
sin ojos y sin venas,
no sentí la presencia
de mi cuerpo en la tierra:
Las llamas de la luna
que abrasan lo que besan
congelaban mi sangre,
borraban mis perfiles,
consumían mis huesos.
Y me escondí de ella
como se nos esconden
algunos personajes
en nuestros propios sueños.


El viento de otoño viene


a las orillas del Huerna


y está murmurando un nombre


entre las hojitas muertas.




Por este puente que cruzo


ya no llega quien solía,


pero aunque camino solo


siento una mano en la mía.




Alrededor de las tumbas


se está erizando la hierba


como si tuviera miedo


de la noche que se acerca.








miércoles, 28 de septiembre de 2011

El señor Bino Bino

El señor Bino Bino se presentó de pronto.
Yo estaba tumbado en el sofá, leyendo un tomo enorme de sociología, cuando percibí sus pasitos sobre la mesita del salón. Allí estaba, con su casaca roja, sus zapatos de empeine redondo con hebillas de plastico amarillo, y su sombrero de copa azul celeste que luce una pluma de pavo real del lado derecho. Era remarcable que fuera del tamaño de una peonza mediana y con la misma forma, además de que su cabeza fuera exactamente igual que un frijol con ojos, nariz respingona y boca redonda y diminuta.
No se puede decir que el señor Bino Bino sea muy guapo. En la sombra se le podría confundir con un abejorro muy grande, porque además, como todas las hadas, que lo es, el señor Bino Bino tiene dos alas como de mosquito, transparentes, y puede ejecutar cortos vuelos de aquí a allá. Hay que cerciorarse de que no se trata de él cuando largamos un manotazo para espantar a un moscardón.
Hace un tiempo que me visita esporadicamente. ¿Y qué haría yo si él? La primera vez que se me apareció me dió un susto. Pensé que se trataba de Pimentilla, un trasgo que me atormentaba cuando era yo era niño. Pero no era Pimentilla. Era el señor Bino Bino. Le pedí sus credenciales y me enseñó certificados sellados por Hastermann, el gran sapo que es rey de las hadas de los lagos. Y traía la recomendación correcta firmada por Rusalka, princesa de las xanas.
Así pues, le pregunté por qué me visitaba, y con voz cantarina me contestó que sabía que mi hijito Marcelino, que hace años vive muy lejos, en el castillo de la hermosa Morgana, se aburría sin que su papá le contase una historia todas las noches. Le respondí que aunque hablaba con mi hijito por teléfono a diario, mi imaginación no podía fabricar una historia distinta cada vez. Y él contestó que de entonces en adelante, el susurraría todas las historias del mundo a mi oído para que yo se las repitiese a mi hijo.
Así lo viene haciendo cada noche. Justo antes de que suene el teléfono, aparece como por arte de birlibirloque.
Oigo la voz del pequéño Marcelino que llega por teléfono del otro lado del mar. Ya se ha enterado de que no soy yo quien cuenta las historias, así que siempre dice:"Hola, papá, ¿puedo hablar un poco co el señor Bino Bino"