viernes, 28 de enero de 2011

regreso

hoy tu mirada me alcanzó
como una luz que se desliza
de la tarde a un rincón secereto,
verde y oblícua.

Hoy estuviste aquí en mi alma,
y me alargaste tu manita
para que yo te la cojiera
en la mia.
y nos fuimos a una memoria
de altas praderas azulinas
y tu sonrisa jugueteaba
con la brisa.
A veces me mirabas, serio,
y sin hablarme me decias
que yo te cojiera en mis brazos
como solía.
Cansado, contra mi pecho,
apoyabas tu cabecita
y, según murmuraba el aire,
tú te dormías.
Te llevaba dormido en brazos
todo el camino
como si juntos avanzaramos
hacia el olvido.
Felices como aquellos días
son estos sueños.
Mejor que despertar, querría
morirme en ellos.

Mi amiga Klara

Nada les resulta imposible.
Enferma, un día dejaría a Klara, única y gran amiga, que, como yo, nació y creció en estos bosques.
Recuerdo a Klara desde siempre. La veo frecuentemente en sueños. Así por la eternidad. ¡Amada amiga!.
Ayer, por primera vez, me invitó a su casa: es un palacete arruinado, en lo más sombrío del bosque.
Allí me tumbó en su lecho y susurró en mi oído: "no voy a dejarte morir".
La dentellada dolorosa fué seguida por un dulce torpor.
Hoy nos reíamos juntas, frente a un gran espejo ovalado que ya nunca podrá reflejar nuestras imagenes.

martes, 25 de enero de 2011

ANIMA CANDIDA

Nadie se dé por aludido. Yo no escribo para nadie. Solo para recordar. Si quieren, pueden recordar conmigo, siempre al tanto de que si estuvieramos en un café y ustedes me hablasen, de cualquier cosa, de sus miedos, de sus amores perdidos, de aquella persona cuya ausencia les desgarra el alma, yo probablemente me ensimismaría en mi vaso de cerveza y procuraría no hacerles caso. No es mala educación, pero qué puede uno hacer con la pena de otros, sino ponerse triste, arruinarse el día.
Esto ocurrió, como todo lo que yo cuento. No me interesa impresionar a nadie, gracias al cielo. Hace unos años que solo voy detrás del viento, como quien se contenta con unas cuantas memorias. Se que ya nada ocurrirá comparable a tales memorias.
Era invierno, en una ciudad nórdica, donde la nieve cae y se queda ahí durante siete meses. Yo acababa de alquilar un cuarto en una destartalada casa en un barrio de clase baja, lleno de baruchos oscuros y cuyas esquinas olían a orín y pescado podrido. Tenía entonces veinte años y había decidido ser pintor. Estaba loco, por lo cual creía que la vieja bohemia del París de 1920 podía darse un una ciudad industrial norteamericana de 1982. Era pobre y libre. Y por añadidura era duro, dispuesto a sobrevivir de cualquier manera, entre aquellos vecinos que me habían tocado. Gente de lo mejor: borrachos, putas, lunáticos, algún que otro cabeza rapada llevado del odio. Gente que está ahí y es peligrosa a todas luces, pero que no esconde lagartos detrás de los trajes caros, ni necesita ponerse una sonrisa mentirosa para ser mala. Bebí con ellos, por no llorar con ellos, y me partí la cara con muchos, por no hacer el amor con ellos. Eran los bellos rostros y cuerpos maltrechos de la vida, los despojos de la calle. Yo, como un vampiro, les chupaba la esencia con mi mirada y en la oscuridad de mi estudio, alumbrado por velas, de noche, plasmaba sus retratos en lienzos fantasmales. Si quiero, cierro los ojos y aún puedo oir el viento que empujaba la nieve fuera de mi ventana, aquellos días.
La ví caminando en la nevisca cegadora de una mañana vacía, cuando la luz era una vaga pincelada gris. ¿Para qué describirla? Se trataba de la mujer anhelada por todos aquellos desafortunados que de niños habían leído al maestro de los ojos grises, al gran borracho de Baltimore. Era ella, la cenicienta dama. La muerte envuelta en belleza. ¿Quien tuvo nunca, en la historia, una mirada comparable a la de SHM? Realmente la intensidad y la verde claridad de aquellos ojos podían alumbrar los secretos del alma de aquel a quien miraba. Seducían y daban miedo a un tiempo. Aqella mujer era el sucubo, el terror del hombre, Kali, hambrienta de poder y de vida.
Yo ya nunca, lo sé, ni cuando me pudra en mi tumba, dejare de recordar aquellas veladas infinitas, llenas de un fervor casi religioso, que pase al lado de ella. Como yo mismo, procedía de un país europeo que había sido invadido por los ejercitos rusos. Había emigrado con sus padres a los quince años, tras una infancia atroz, a nuestro país adoptivo. Y la atormentaban los recuerdos de lagos plateados y castillos de leyenda, las tristezas de una infancia vivida más en la imaginación que en la cruda realidad. Yo eso lo entendía perfectamente, pues a mí me ocurría lo mismo. había pasado mi infancia en tenebrosos internados regidos por curas crueles, y para protegerme, soñaba despierto.¿ Alguna vez en aquella época, alma mía, ánima cándida, entendiste lo sublime, lo casi divino, de nuestro amor envidiado del diablo? Pues fué el diablo, al fin, quien acudió a destruirnos. La locura estaba en tu interior, dispuesta a destruir cualquier inocencia.
Cuando hubo señales concluyentes de que nuestro amor daba fruto, de que llegaba, de esos espacios azules e incomprensibles, un hijo nuestro, un niño, todo tu cuerpo se rebeló, toda tu mente alzó en contra de la nueva criatura que llevabas dentro. Te referías a tu hijo aún no nacido como: la monstruosidad, y tus ojos hermosos, por primera vez, se afeaban de manera insólita bajo la influencia de LA RABIA.
Una mujer que se convierte unicamente en su propia belleza no puede vencer a los poderes miríficos de su propia vanidad y orgullo. Aquella vida que arruinaría tu figura temporalmente tenía que ser destruida. Y así lo hicimos. En aquel aborto tardío, en el que casi tú misma falleciste , yo fuí tu impotente complice, un despreciable ser que ante tu magia había perdido su voluntad. Reinabas sobre mi como el ala negra de Azrael.
Y luego llegó la larga noche detrás de la noche, el hielo del alma tras el hielo del mundo. Estúpidos aquellos que no perciben los trabajos del cielo y el infierno, la lucha atroz entre ángeles y demonios detrás de la aparente materialidad del mundo. Condenados ellos, que nos engañan con su ciencia materialista, pera dejarnos perdidos en la oscuridad cuando los poderes invisibles se descargan sobre nosotros.
Comenzó tu largo temblor. Tu miedo ya inacabable, te roía las entrañas, un lobo de niebla, de ojos sangrientos. Me decías, noche tras noche, que habías perdido tu derecho a estar en el mundo. ¡Cuan sola estabas, ciertamente, bajo las estrellas, en el universo! Pues existe algo, un velo misericordioso, que impide al humano enloquecer de pavor y soledad siderales. Pero tú había rasgado ese velo, y yo te había ayudado a hacerlo. Entonces desconfíamos uno del otro, el recelo y la culpa se interpusieron entre nosotros y nos dejaron mudos frente a frente, como dos momias que no pueden hablarse, condenadas por una eternmidad a mirarse a los ojos.
No se donde estás ahora. Pero te intuyo cerca, siempre cerca. A veces sueño que camino sobre un puente, en una vieja ciudad centroeuropea. Por debajo del puente, que es de hierro forjado, con estatuas de leones, discurre un río plateado. Discurre lento como la soledad, como la desidia.
Y entre la niebla, avanzas hacia mi. Me ofreces, extendiendo la mano, una manzana verde, una agridulce manzana de Moravia. Como si nada hubiera ocurrido. Como si fueramos ahora dos fantasmas que ya se reunen para siempre.
Oh, ánima cándida.

miércoles, 19 de enero de 2011

baila con lobos

Primero
nada en los lerdos símbolos del ego
como un rostro que quiere descubrirse
del todo en un espejo.
Luego
la poesía se acerca desde afuera
sorprendiendola
y sin contemplación, quiebra el espejo.
Y ahora, realizada, la joven poetísa
ya escribe de otras cosas
y no, exclusivamente, de sí misma.

amor

A veces salgo de la vida
como quien da la vuelta
y se mete en un callejón
solitario.

La nieve se viene conmigo,
cayendo con tal dulzura,
copito a copo silencioso,
manso.

Me salgo de la vida pobre
y rutinaria, de costado,
al mar de los dias danzantes
del pasado.

Y sobre la cuerda floja
suspendida entre vida y muerte
me aguardas tú, sobre un abismo
avanzando.

Yo soy del todo transparente
como quien ha trascendido
y en torno a tí cintíla la luz
del olvido.

Nunca diremos las memorias
que al ánima desnudarían:
solo aquellas que a nadie agravien
de ser oídas.

La nieve bajo nuestras plantas,
blanco pristíno,
los labios rojos de besos
y vino,

evanescentes como aves
que en un horizonte marino
trazan sus vuelos circulares
sin destino.

Yo que habré de morirme un día
en un autobús hacia el norte.
Tú, que de pura y larga ausencia
serás mi muerte.

lunes, 17 de enero de 2011

Pena la Portiexa

Mira: como los elefantes, todos conocemos de antemano el lugar en que debemos morir.
Pero casi nunca nos dirigimos hacia allí a la hora indicada.
La civilización nos ha hecho vagos, o cobardes.

Yo, de niño, miraba una cumbre que se alzaba majestuosa sobre la aldea de valle en que nací.
Desde la venta estrecha del cuarto en que mi madre me dió a luz veía aquella cumbre.
Aquella cumbre como un gigante de roca, nevada en el invierno, y creía
que en ella originaban la nieve, el frío, el invierno mismo.

A lo largo de los años, en países extrajeros, en circunsatancia peligrosas y dolorosas,
llevé su imagen en mi memoria. Cuando era infeliz, y os aseguro que lo fuí,
me retiraba, en mi mente, a sus faldas, como hubiera un niño ido al ragazo de su madre
para allí descansar la cabeza febril.

Y justamente antes de conocer que alguien querido había muerto,
frecuentemente soñaba con quien iba a morir
caminando entre las brañas lejanas y foscas de aquella montaña.

Tambien al amor lo comparaba a la fortaleza perenne de aquellas alturas
y cuando amé a alguien la supuse similar en espíritu a aquella montaña.

Aquella es mi montaña- dije a alguien que viajaba conmigo
cuando desde el tren que se alejaba del valle
vislumbrabamos la cumbre, retrocediendo allá lejos, rodeada de nubes,

Cumbre del trueno y de los lobos, de mis parientes muertos, cumbre
de mi madre.

Si la muerte me avisa, subiré a la montaña.
Con una reserva de brandy, varios cartones de cigarrilos
y la determinación de tumbarme a dormir entre sus rocas,
cuando baje la nieve.

Cuando baje la nieve y me rodée y me arrope,
como a aquella vieja de la leyenda
que se cansó de vivir
y obligó a su hijo más fuerte
que la subiese a Narayama,
a Narayama,
y la dejase allí sentada
para que cuando la nieve descendiese
los cuervos la viesen conciliar
su último sueño.

jueves, 13 de enero de 2011

Solo el amor humano-
Lo demás es algo alejado
y frío
como mirar a las estrellas
una noche de invierno.
Por eso
tú, niño recien nacido,
con tus ojos de viajero intergaláctico
y tu llanto
eres lo más hermoso
del universo.
Quiero que lo comprendas
por el sonido del agua
de la fuente vieja
que desde que no estás
se queja.
Cuando estabas
el agua cantaba
en la piedra.
Hoy parece que llora
tu ausencia.

Quiero que lo sepas
por el gemir del aire
entre las verdes hojas
de esta primavera:
cuando estabas
reía al atravesar
la enramada.
Hoy que no estás, parece
que se queja.

Ay tristeza del agua
de la fuente,
fría.

Ay llanto del aire
que antes
reía.

miércoles, 12 de enero de 2011

Compañía de trago

Era un día caluroso, de travesías errabundas por la parte más destartalada de la ciudad, por los tugúrios donde sirven cerveza desalmada y barata.
En uno de ellos tuve la mala suerte de encontrarmelos. El era un tipo alto y fuerte, un guaperas de pelo negro y cara angular, con los ojos algo rasgados. Ella, una rubia más bien delgada, pero muy atractiva. Las piernas largas, la cintura estrecha, atléticos hombros y muslos, y un rostro de ángel perturbado y hermoso, con los ojos febríles, eléctricos. Estaban devastados de no dormir y beber. De tanto beber, habían recuperado ya una lucidez temblorosa y alucinada.
-Ah, español- dijo él- muy romántico, el caballero español: pero creo que eres demasíado viejo para mi Brenda
-El es finlandés-comentó Brenda, con tal intensidad que podría haber estado diciendome algo vital- Un chico agradable, pero no folla bien.¨
- Pues habrá que deshacerse de él. No follar bien es un inconvenientepor donde lo mires.
-Y tú, ¿follas bien?- me preguntó acercandose a mi, deslizando el trasero sobre el banco liso y alargado donde estabamos sentados. Sus piernas perfectamente moldeadas colgaban una a cada lado del banco, y se puso tan cerca de mi que su vientre tocaba el mío y sentí su aliento en mi rostro. Puso sus dos manos sobre mi cintura.
-Estoy prendada de tí. -susurró, mientras el finlandés nos miraba con una sonrisa idiota.
- Vale, ¿qué dices si nos deshacemos de éste y nos vamos a mi cuarto de alquiler?. Tengo vino y un camastro con colchas color naranja.
-¿Qué clase de vino tienes, españolito elegante?- preguntó.
- Del que viene en caja de cartón. Emborracha.
- Pero es que a él no lo puedo dejar en la cuneta tirado.
-¿Y por qué no? No folla bien. A la puta cuneta.
-Es mi marido. Va a donde yo voy.
-¿Siempre?
-Casi.
-Oye, tú- le dije- la chica tiene ganas de venir conmigo. ¿te molesta?
- Inmensamente-dijo él. Incluso es posible que te mate. Tengo un revolver, ¿sabes?
-Dejame verlo, joputa.
Sacó de su chaqueta blanca y sucia un viejo revólver, de pinta insolente y pesada. Un hilillo de cerveza le caía por la comisura de los labios.
-Es de suponer que ya te has cargado a más gente.-dije.
- No. Un día seguro que me cargo a Brenda. No me es fiel.
- Es que no follas como debes, tío. Aunque no sé que esperaba Brenda de un finlandés. Es como aparejarse con una plantita de tila.
-Tú eres muy cabrón, españolito. ¿Cómo te ganas la vida, se puede saber?
- Me llamo Fidelius, eunúco. Soy artista. Así que respeto.
- Seguro que eres un pésimo artista, hagas lo que hagas. ¿Te gusta mi mujer?
- Me encanta.
Brenda me hacía carantoñas. Ahora tenía la impresión de que la había visto anteriormente. Quizás en un sueño, pero más probablemente en un magazine de pornografía. Sí, eso era, en las tardes languidas y soleadas de una juventud solitaria y perdida, me había masturbado contemplando el dulce rostro de brenda en una revista sucia. Estabamos en Los Angeles. Era del todo factible. Ahora ella era más vieja. Pero yo también. Estaba borracho y pensé que me había enamorado de ella. Quizá fuera cierto, puesto que estaba sufriendo una especie de profunda nostalgia por su cuerpo terso y un poco pasado.
Los borrachos decímos cosas poéticas a veces, así que le solté:
- ¿Cómo amarte, si eres como la tierra yerma?. El sol te ha quemado. La sonrisa de la juventud ya ha huido de tu boca. Solo un solitario desesperado como yo puede amarte. Puesto que en realidad ya no eres bella.
-Eres un gilipollas, Fidelius-me dijo el finlandés´A ese paso no te la follas y te ganas unas hostias de parte mía, además ¿qué te parece?.
Bueno, había llegado la hora de la violencia. Nunca tardaba en llegar. Ya tenía la mitad de mis dientes quebrados por puños de cabrones que se enfadaron conmigo. Podía perder otros cuantos sin que mi sonrisa sen afeára mucho más.
- Tú te crees que me voy a follar a Brenda mientras tú miras y te la cascas, maricón nórdico. pero yo soy un purista. No hago esas cerdadas, sobre todo si no me pagan por ello, y tú no tienes dinero.
Se levantó y me lanzó un puñetazo a la cara que no llegó a alcanzarme. En su esfuerzo, perdió pie y se cayó de culo. Yo le solté una patada en la cara con la punta de mi zapato de charol perforado, y su nariz explotó como una puta granada. Brenda gimió como si le hubiera atizado a ella, lo cual nunca hubiera hecho porque la amaba de veras, por lo menos en aquellos momentos.
-Eres un hijo de puta celoso y debiera descerrajarte un tiro con la pistola de mi marido.
- Seguro que no funciona- le espeté-
El dueño del tugurio, un sudamericano que decía descender de murcianos y tenía cara de inca pero con ojos azules, me puso el brazo alrededor del hombro.
-Largate, Fidelius. ¿No ves que están como cabras? Largate antes de que ese loco te dispare.
-Brenda, ¿te vienes conmigo?´Pregunté.
- Que te den. contestó ella.
Y salí del tugurio a la luz cegadora del sol, refractada en el pavimento y en las cristaleras de algunos rascacielos. Brenda, pensé, había sido muy bonita en tiempos. De todas formas, el finlandés era un tipo con suerte.

domingo, 2 de enero de 2011

la niña que amaba a Mozart

La ciudad se encapotó de nieve.
El lienzo negro del cielo, pletórico de luces, como una mar vasta cruzada de barcos con sus faros encendidos, bailando sobre frías olas invisibles, navegando en un sueño.
La gente pasaba embozada en gruesos abrigos, los rostros cubiertos por bufandas. De los aleros de las techumbres pendían puntiagudos témpanos de hielo, rutilantes al roce de la luna. Rugía un viento helador a través del parque, donde los árboles se inclinaban como hierba y la nieve flotaba entre los troncos en luengas, alocadas espirales de polvo brillante y blanco, bajo las luces de viejas y tímidas farolas.
Pronto, en toda la ciudad, no se oiría más que ese viento ululante y triste, como si en el mundo no quedase nadie. Todos estarían en sus casas, en sus cálidos salones, en torno a la mesa llena de manjares, disfrutando en compañía de seres queridos, sintiendose amados. Y ciertamente, en medio de aquella merecida celebración, pocos tendrían tiempo de acordarse de gente como ella, de la gente sin familia que vivía en los rincones perdidos de la ciudad-
Cuando el reloj del ayuntamiento dió las doce de la medianoche, la niña tensó su cuerpo, juntando las piernas y arqueando su espalda, alargando el grácil cuello hacia las estrellas que rutilaban como locas de alegría. Seguidamente levantó el brazo derecho lentamente, permitiendo que la mano colgase como el ala decaída de un ave. Al punto levantó dicha mano, y su otro brazo se curvó hacía abajo, y su cuerpo finísimo dió una vuelta perfecta. Era la imagen misma de la hermosura en movimiento. Tal como podría hacerlo un hada medio transparente en un sueño , la niña fue bailando a lo largo del camino nevado del parque, ora saltando con la elegancia de una corza en el bosque, ora rotando sobre sus pierna agilísimas como esas extrañas muñecas que bailan en las antiguas cajas de música. Y baílaba cada vez más vertiginosamente, hasta el punto en que se tornaba invisible.
Ya era invisible. Imposible decir si en alguna ocasión había estado en este mundo. La gente, en sus hogares, cómodos y satisfechos, solo tenían conciencia de que fuera de las paredes que les protegían no había más que el vacío del invierno, la desolación de la ventisca, el beso hiriente del hielo.
Pero la niña bailaba y bailaba-
Por una estéla de luz azul subía danzando del bosque a las estrellas.
El hombre solitario que cruzaba el parque en aquel momento, confuso, su mente atrofiada por la tristeza y el acohol, pensó en épocas pasadas, cuando su esposa y su hijita aún estaban con él. Nadie imaginaría nunca las lágrimas que esa noche, en aquel parque nevado, vertían sus ojos, por lo perdido, por lo que no regresa, por la soledad del mundo...Y, conciente de su absurdo, de su propia locura, trató de comprender cómo era que ante él, una niña bailaba cielo arriba, sobre una luz azul, en el silencio. Y hasta qué estrella en particular se dirigía.
La niña le hacía gestos con la mano.
Extraño:¿Por qué ? ¿Qué quería decirle? ¿Qué quería decirle la niña que subía bailando hacia el cielo, aquella desabrida, terrible y solitaria Nochebuena?
Ah, sí. Ahora lo comprendía: para seguir bailando, necesitaba música.
Entonces, en mitad del mundo vacío y tomado por el hielo, en mitad de la gran soledad del universo y de la aún mayor de su alma, sintiendo como un ángel agitaba amorosamente sus alas sobre el mundo, Amadeus Mozart abrió los brazos y comenzó a dirigir una enorme orquesta de espíritus. Y surgió la música. Una dulce música nocturna para la pequeña bailarina que se la había pedido.