Mira: como los elefantes, todos conocemos de antemano el lugar en que debemos morir.
Pero casi nunca nos dirigimos hacia allí a la hora indicada.
La civilización nos ha hecho vagos, o cobardes.
Yo, de niño, miraba una cumbre que se alzaba majestuosa sobre la aldea de valle en que nací.
Desde la venta estrecha del cuarto en que mi madre me dió a luz veía aquella cumbre.
Aquella cumbre como un gigante de roca, nevada en el invierno, y creía
que en ella originaban la nieve, el frío, el invierno mismo.
A lo largo de los años, en países extrajeros, en circunsatancia peligrosas y dolorosas,
llevé su imagen en mi memoria. Cuando era infeliz, y os aseguro que lo fuí,
me retiraba, en mi mente, a sus faldas, como hubiera un niño ido al ragazo de su madre
para allí descansar la cabeza febril.
Y justamente antes de conocer que alguien querido había muerto,
frecuentemente soñaba con quien iba a morir
caminando entre las brañas lejanas y foscas de aquella montaña.
Tambien al amor lo comparaba a la fortaleza perenne de aquellas alturas
y cuando amé a alguien la supuse similar en espíritu a aquella montaña.
Aquella es mi montaña- dije a alguien que viajaba conmigo
cuando desde el tren que se alejaba del valle
vislumbrabamos la cumbre, retrocediendo allá lejos, rodeada de nubes,
Cumbre del trueno y de los lobos, de mis parientes muertos, cumbre
de mi madre.
Si la muerte me avisa, subiré a la montaña.
Con una reserva de brandy, varios cartones de cigarrilos
y la determinación de tumbarme a dormir entre sus rocas,
cuando baje la nieve.
Cuando baje la nieve y me rodée y me arrope,
como a aquella vieja de la leyenda
que se cansó de vivir
y obligó a su hijo más fuerte
que la subiese a Narayama,
a Narayama,
y la dejase allí sentada
para que cuando la nieve descendiese
los cuervos la viesen conciliar
su último sueño.
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