martes, 25 de enero de 2011

ANIMA CANDIDA

Nadie se dé por aludido. Yo no escribo para nadie. Solo para recordar. Si quieren, pueden recordar conmigo, siempre al tanto de que si estuvieramos en un café y ustedes me hablasen, de cualquier cosa, de sus miedos, de sus amores perdidos, de aquella persona cuya ausencia les desgarra el alma, yo probablemente me ensimismaría en mi vaso de cerveza y procuraría no hacerles caso. No es mala educación, pero qué puede uno hacer con la pena de otros, sino ponerse triste, arruinarse el día.
Esto ocurrió, como todo lo que yo cuento. No me interesa impresionar a nadie, gracias al cielo. Hace unos años que solo voy detrás del viento, como quien se contenta con unas cuantas memorias. Se que ya nada ocurrirá comparable a tales memorias.
Era invierno, en una ciudad nórdica, donde la nieve cae y se queda ahí durante siete meses. Yo acababa de alquilar un cuarto en una destartalada casa en un barrio de clase baja, lleno de baruchos oscuros y cuyas esquinas olían a orín y pescado podrido. Tenía entonces veinte años y había decidido ser pintor. Estaba loco, por lo cual creía que la vieja bohemia del París de 1920 podía darse un una ciudad industrial norteamericana de 1982. Era pobre y libre. Y por añadidura era duro, dispuesto a sobrevivir de cualquier manera, entre aquellos vecinos que me habían tocado. Gente de lo mejor: borrachos, putas, lunáticos, algún que otro cabeza rapada llevado del odio. Gente que está ahí y es peligrosa a todas luces, pero que no esconde lagartos detrás de los trajes caros, ni necesita ponerse una sonrisa mentirosa para ser mala. Bebí con ellos, por no llorar con ellos, y me partí la cara con muchos, por no hacer el amor con ellos. Eran los bellos rostros y cuerpos maltrechos de la vida, los despojos de la calle. Yo, como un vampiro, les chupaba la esencia con mi mirada y en la oscuridad de mi estudio, alumbrado por velas, de noche, plasmaba sus retratos en lienzos fantasmales. Si quiero, cierro los ojos y aún puedo oir el viento que empujaba la nieve fuera de mi ventana, aquellos días.
La ví caminando en la nevisca cegadora de una mañana vacía, cuando la luz era una vaga pincelada gris. ¿Para qué describirla? Se trataba de la mujer anhelada por todos aquellos desafortunados que de niños habían leído al maestro de los ojos grises, al gran borracho de Baltimore. Era ella, la cenicienta dama. La muerte envuelta en belleza. ¿Quien tuvo nunca, en la historia, una mirada comparable a la de SHM? Realmente la intensidad y la verde claridad de aquellos ojos podían alumbrar los secretos del alma de aquel a quien miraba. Seducían y daban miedo a un tiempo. Aqella mujer era el sucubo, el terror del hombre, Kali, hambrienta de poder y de vida.
Yo ya nunca, lo sé, ni cuando me pudra en mi tumba, dejare de recordar aquellas veladas infinitas, llenas de un fervor casi religioso, que pase al lado de ella. Como yo mismo, procedía de un país europeo que había sido invadido por los ejercitos rusos. Había emigrado con sus padres a los quince años, tras una infancia atroz, a nuestro país adoptivo. Y la atormentaban los recuerdos de lagos plateados y castillos de leyenda, las tristezas de una infancia vivida más en la imaginación que en la cruda realidad. Yo eso lo entendía perfectamente, pues a mí me ocurría lo mismo. había pasado mi infancia en tenebrosos internados regidos por curas crueles, y para protegerme, soñaba despierto.¿ Alguna vez en aquella época, alma mía, ánima cándida, entendiste lo sublime, lo casi divino, de nuestro amor envidiado del diablo? Pues fué el diablo, al fin, quien acudió a destruirnos. La locura estaba en tu interior, dispuesta a destruir cualquier inocencia.
Cuando hubo señales concluyentes de que nuestro amor daba fruto, de que llegaba, de esos espacios azules e incomprensibles, un hijo nuestro, un niño, todo tu cuerpo se rebeló, toda tu mente alzó en contra de la nueva criatura que llevabas dentro. Te referías a tu hijo aún no nacido como: la monstruosidad, y tus ojos hermosos, por primera vez, se afeaban de manera insólita bajo la influencia de LA RABIA.
Una mujer que se convierte unicamente en su propia belleza no puede vencer a los poderes miríficos de su propia vanidad y orgullo. Aquella vida que arruinaría tu figura temporalmente tenía que ser destruida. Y así lo hicimos. En aquel aborto tardío, en el que casi tú misma falleciste , yo fuí tu impotente complice, un despreciable ser que ante tu magia había perdido su voluntad. Reinabas sobre mi como el ala negra de Azrael.
Y luego llegó la larga noche detrás de la noche, el hielo del alma tras el hielo del mundo. Estúpidos aquellos que no perciben los trabajos del cielo y el infierno, la lucha atroz entre ángeles y demonios detrás de la aparente materialidad del mundo. Condenados ellos, que nos engañan con su ciencia materialista, pera dejarnos perdidos en la oscuridad cuando los poderes invisibles se descargan sobre nosotros.
Comenzó tu largo temblor. Tu miedo ya inacabable, te roía las entrañas, un lobo de niebla, de ojos sangrientos. Me decías, noche tras noche, que habías perdido tu derecho a estar en el mundo. ¡Cuan sola estabas, ciertamente, bajo las estrellas, en el universo! Pues existe algo, un velo misericordioso, que impide al humano enloquecer de pavor y soledad siderales. Pero tú había rasgado ese velo, y yo te había ayudado a hacerlo. Entonces desconfíamos uno del otro, el recelo y la culpa se interpusieron entre nosotros y nos dejaron mudos frente a frente, como dos momias que no pueden hablarse, condenadas por una eternmidad a mirarse a los ojos.
No se donde estás ahora. Pero te intuyo cerca, siempre cerca. A veces sueño que camino sobre un puente, en una vieja ciudad centroeuropea. Por debajo del puente, que es de hierro forjado, con estatuas de leones, discurre un río plateado. Discurre lento como la soledad, como la desidia.
Y entre la niebla, avanzas hacia mi. Me ofreces, extendiendo la mano, una manzana verde, una agridulce manzana de Moravia. Como si nada hubiera ocurrido. Como si fueramos ahora dos fantasmas que ya se reunen para siempre.
Oh, ánima cándida.

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