Escribe acerca de sí misma. Siempre.
Lo hace muy bien. Sin embargo, no puede enhebrar una historia acerca de otra persona, o componer una escena con varios personajes. Se justifica a sí misma diciendo que es más poeta que prosista.
Pero cansa. Que si yo esto, que si yo aquello, como si fuera la persona más importante del mundo.
Leí sus cosas sin que ella se diera cuenta. Le pareció imperdonable.
De todas formas, era más de lo mismo: yo soy así, yo soy andando, todo bañado en una patina de melancolía que crée la hace parecer interesante, pero que raya en la ñoñez.
Su psicólogo debería decirle que piense en algo más allá de su persona.
Y yo estoy hasta las narices de ella. Llevo leyendo sus auto análiticas demasiado tiempo.
Así que hoy, NO.
Hoy no escribo nada. No me miro ni al espejo. Estoy harta de verla.
martes, 28 de junio de 2011
jueves, 23 de junio de 2011
LOS MUSLOS DE ANETTE 8
Esta es la playa larga, desolada, en grís.
El oleaje se encabríta entre los farallones y se torna espuma blanca.
Junto a la ataláya, que está encima de una gran roca negra, el agua es verde oscura y se advierte facilmente el pelígro, la naturaleza traidora del mar.
Yo contemplo el agua, que el viento eriza. En el límite de la tierra con el mar, la irrealidad se vuelve verdad. Se pasa facilmente de un mundo a otro.
El fantasma de mi padre está de pie en el agua, no muy adentro, mirando hacia el horizonte nuboso, donde cruza un paquebote negro. Su cuerpo es atlético. Sus ojos, grises, de nadador poderoso o de navegante.
Siempre lo recuerdo, desde que murió, en esa posición, en ese mismo lugar de la playa. Pero en dichas memorias el cielo es soleado, la banderas colorean la atmósfera alegremente.
El agua retumba en mis oídos.
Uma me llama, pero su voz es ahogada por las olas que rompen en tropel. No quiero oírla.
Uma ocupa mucho espacio. Antes de cfasrnos era delicada, de voz suave. Ahora habla a gritos, ordena a voces, critíca e insulta de forma más bien grosera. Lo cierto es que ya no quiero oírla.
No sé si ustedes han visto un cuerpo desplomarse unos cien metros hacia las rocas que sobresalen de las olas saltarinas. Rocas oscuras. Y el cuerpo blanco que se queda allí, baslanceandose, como un pez panza arriba, muerto.
Cuando supe que ibamos a la playa, comencé a imaginar que Uma resbalaba en la hierba, en la cima del acantilado. Solo fantasías.
Anette se ha hecho amiga de Uma. Una amistad sospechosa, ya que Anette es más joven, más exhuberante, y a mi me consta que no es inocente, que no tiene escrúpulos. Cuando habla conmigo, su voz parece surgir de la tierra, como una planta con poderes mágicos. Como una mandrágora. Y hay en su mirada algo bien primitivo, que se me antoja juguetón y demoníaco.
Su formas tienen una gracia insoportable, que me enferman de deseo.
La playa parece cada vez más vacía y friolenta, el sonido de las olas cada vez más triste.
Anette sonríe para que le haga una foto. No invita a Uma a posar con ella. La complicidad entre la joven y yo se hace obvia y la situación es tensa.
Mi padre muerto nada hacia la lejanía. VEO SU CABEZA ENTRE LAS OLAS, YA MÁS ALLÁ DE LA ROCA DE LA ATALAYA. Me invade la soledad.
Anette ha hecho unos jeroglíficos sobre la arena humeda. Me doy cuenta entonces de que muchas cosas que los historiadores consideran mensajes antiguos con sentido religioso no son más que el resultado de la tendencia humana a diseñar formas que se acoplan entre ellas.
Los muslos de Anette, desnudos, están sucios de arena.
La veo tendida sobre una gran roca, como un animal a punto de ser sacrificado al mar.
El oleaje se encabríta entre los farallones y se torna espuma blanca.
Junto a la ataláya, que está encima de una gran roca negra, el agua es verde oscura y se advierte facilmente el pelígro, la naturaleza traidora del mar.
Yo contemplo el agua, que el viento eriza. En el límite de la tierra con el mar, la irrealidad se vuelve verdad. Se pasa facilmente de un mundo a otro.
El fantasma de mi padre está de pie en el agua, no muy adentro, mirando hacia el horizonte nuboso, donde cruza un paquebote negro. Su cuerpo es atlético. Sus ojos, grises, de nadador poderoso o de navegante.
Siempre lo recuerdo, desde que murió, en esa posición, en ese mismo lugar de la playa. Pero en dichas memorias el cielo es soleado, la banderas colorean la atmósfera alegremente.
El agua retumba en mis oídos.
Uma me llama, pero su voz es ahogada por las olas que rompen en tropel. No quiero oírla.
Uma ocupa mucho espacio. Antes de cfasrnos era delicada, de voz suave. Ahora habla a gritos, ordena a voces, critíca e insulta de forma más bien grosera. Lo cierto es que ya no quiero oírla.
No sé si ustedes han visto un cuerpo desplomarse unos cien metros hacia las rocas que sobresalen de las olas saltarinas. Rocas oscuras. Y el cuerpo blanco que se queda allí, baslanceandose, como un pez panza arriba, muerto.
Cuando supe que ibamos a la playa, comencé a imaginar que Uma resbalaba en la hierba, en la cima del acantilado. Solo fantasías.
Anette se ha hecho amiga de Uma. Una amistad sospechosa, ya que Anette es más joven, más exhuberante, y a mi me consta que no es inocente, que no tiene escrúpulos. Cuando habla conmigo, su voz parece surgir de la tierra, como una planta con poderes mágicos. Como una mandrágora. Y hay en su mirada algo bien primitivo, que se me antoja juguetón y demoníaco.
Su formas tienen una gracia insoportable, que me enferman de deseo.
La playa parece cada vez más vacía y friolenta, el sonido de las olas cada vez más triste.
Anette sonríe para que le haga una foto. No invita a Uma a posar con ella. La complicidad entre la joven y yo se hace obvia y la situación es tensa.
Mi padre muerto nada hacia la lejanía. VEO SU CABEZA ENTRE LAS OLAS, YA MÁS ALLÁ DE LA ROCA DE LA ATALAYA. Me invade la soledad.
Anette ha hecho unos jeroglíficos sobre la arena humeda. Me doy cuenta entonces de que muchas cosas que los historiadores consideran mensajes antiguos con sentido religioso no son más que el resultado de la tendencia humana a diseñar formas que se acoplan entre ellas.
Los muslos de Anette, desnudos, están sucios de arena.
La veo tendida sobre una gran roca, como un animal a punto de ser sacrificado al mar.
miércoles, 22 de junio de 2011
LOS MUSLOS DE ANETTE 7
Comprendo que Anette podría haber sido cualquiera. Pero se daban en ella una serie de circunstancias y cualidades que la hacían un ser específico y único. Justamente la clase de criatura que para alguien como yo significaría un escape de la realidads, una aspiración morbosa, psíquica y física el ambiguo ángel de los labios sombríos, de los ojos verdemar,los bucles de luz melosa, y los albos muslos del sueño de Donatello.
El poco amor por nosotros mismos que la madre nos enseñó a tenernos en la infancia, es destrozado por medio de críticas, comentarios burlones y degradantes, solapados insultos, por parte de la persona con quien nos hemos casado. y de pronto, unos años más tarde, nos hallamos en la más completa soledad y viviendo una pesadilla de claustrofóbia y tristeza mordaces.
Entonces ella, la esposa, entra por la puerta de la casa con un ser joven y divino, que nos mira a los ojos con los suyos, en los cuales el mar danza, verde y plenos de espuma.
-És una amiga de la universidad- dice la esposa- Acabamos de conocernos.
- Hola- me dice la chica- Encantada. me llamo Anette.
Un calor infernal sube del centro de mi cuerpo al corazón, y al cerébro. La joven tiene el aroma de una jungla llena de flores salvajes.
El poco amor por nosotros mismos que la madre nos enseñó a tenernos en la infancia, es destrozado por medio de críticas, comentarios burlones y degradantes, solapados insultos, por parte de la persona con quien nos hemos casado. y de pronto, unos años más tarde, nos hallamos en la más completa soledad y viviendo una pesadilla de claustrofóbia y tristeza mordaces.
Entonces ella, la esposa, entra por la puerta de la casa con un ser joven y divino, que nos mira a los ojos con los suyos, en los cuales el mar danza, verde y plenos de espuma.
-És una amiga de la universidad- dice la esposa- Acabamos de conocernos.
- Hola- me dice la chica- Encantada. me llamo Anette.
Un calor infernal sube del centro de mi cuerpo al corazón, y al cerébro. La joven tiene el aroma de una jungla llena de flores salvajes.
martes, 21 de junio de 2011
LOS MUSLOS DE ANETTE 6
Era el mediodía.
La plaza, que solo tien un arbolíto redondo en medio, rutilaba de luz.
En la terraza del café había alguien, poca gente.
Entre los edificios de pisos que rodean la plaza, que la componen, de hecho, se columbran frondas azuladas y unos lejanos montes. Hay muchos coches aparcados al sol. Otros se deslizan de cuando en cuando carretera alante.
Entonces aparecen: un hombre alto y calvo, cetrino, que viste traje gris con manchas de grasa. Dos mujeres. Una mayor y otra más joven. Tienen el pelo negro y aceitoso atado en colas de caballo, la tez oscura de la gente gitana. Llevan un organo eléctrico sobre un carro de ruedas, y un perro bastante sucio.
Rompe el silencio una música del sur. La mujer canta bien. En la canícula su voz tiene un deje triste. Trae una distancia agustiosa.
Filmo la escena desde la ventana de mi piso.
A la mesa de la cocina, Anette sigue llorando. Un guiso de carne de ternera hierve eternamente sobre la cocina de cerámica.
En diversas ventanas aparecen las cabezas curiosas de algunos vecinos.
Los gitanos terminan su actuación.
Dejo la cámara sobre la mesa. Abro la botella de aceite y me unto las manos. Empiezo a esparcer el aceite sobre los muslos desnudos de Anette.
A la hora de siempre. Aprieto la carne joven.
Ahora todo es silencio. Pero ella sigue sollozando. Sin razón aparente.
La plaza, que solo tien un arbolíto redondo en medio, rutilaba de luz.
En la terraza del café había alguien, poca gente.
Entre los edificios de pisos que rodean la plaza, que la componen, de hecho, se columbran frondas azuladas y unos lejanos montes. Hay muchos coches aparcados al sol. Otros se deslizan de cuando en cuando carretera alante.
Entonces aparecen: un hombre alto y calvo, cetrino, que viste traje gris con manchas de grasa. Dos mujeres. Una mayor y otra más joven. Tienen el pelo negro y aceitoso atado en colas de caballo, la tez oscura de la gente gitana. Llevan un organo eléctrico sobre un carro de ruedas, y un perro bastante sucio.
Rompe el silencio una música del sur. La mujer canta bien. En la canícula su voz tiene un deje triste. Trae una distancia agustiosa.
Filmo la escena desde la ventana de mi piso.
A la mesa de la cocina, Anette sigue llorando. Un guiso de carne de ternera hierve eternamente sobre la cocina de cerámica.
En diversas ventanas aparecen las cabezas curiosas de algunos vecinos.
Los gitanos terminan su actuación.
Dejo la cámara sobre la mesa. Abro la botella de aceite y me unto las manos. Empiezo a esparcer el aceite sobre los muslos desnudos de Anette.
A la hora de siempre. Aprieto la carne joven.
Ahora todo es silencio. Pero ella sigue sollozando. Sin razón aparente.
sábado, 18 de junio de 2011
LOS MUSLOS DE ANETTE
Y sin embargo, somos como somos. Lo cual minguna actitud moralizante ni punitiva puede alterar.
En eso llevan razón los lánguidos conservadores, que entre virutas de humo se quejan de los esfuerzos progresistas por hacer del mundo algo que no puede ser, y mastican el odio es sus despachos umbríos con la parsinomia con que masticaban otrora los filtros de sus cigarrillos letales a la larga.
Soñar es una cosa.
Recuerdo que mi padre odiaba a la gente obviamente lasciva. Marlon Brando era un cerdo. Siempre elegía papeles sexualmente retorcidos.
Mi padre pintaba paisajes lejanos, difusos, de la Castilla pura y fría: caminos que se perdían entre las eras amarillas, pueblos con puentes quebrajadaos, sobre espejeantes ríos que alegraban el secano- nunca pinto gente, mucho menos, mujeres desnudas.
Pero yo, en alguna ciudad ahíta de invierno, nevada, congelada, busqué mi centro en una borrachera augusta, suicida, y adoré el vientre terso y desnudo, y los muslos irrazonables, y la lengua salada, de Anette.
En la mañana inhóspita, tepetitiva, redpolente de soledad, con una resaca de muerte, pensando en la muerte, cercano a la muerte, dejé que flotara mi mirada sobre el río helado.
la decadencia, el vicio, a la mñana siguiente, siempre me hacen recordar las fantasmales iglesia blancas de Utrillo, el pintor Montmartre, los cuadros puristas, without blame (sin culpa), de mi padre.
El olvido, un mar que se acerca.
Y perdono al escritor de Lolita. Por su tristeza-Y al de La Muerte en Venecia, ñpor su sed de imposible.
Tambien los muslos de Anette se dibujan contra el horizonte de una ciudad que vomita sus propia inmundicia sobre el suelo del invierno.
Los muslos de Anette, terribles columnas hermosas contra las que se masturban llos desesperados.
En eso llevan razón los lánguidos conservadores, que entre virutas de humo se quejan de los esfuerzos progresistas por hacer del mundo algo que no puede ser, y mastican el odio es sus despachos umbríos con la parsinomia con que masticaban otrora los filtros de sus cigarrillos letales a la larga.
Soñar es una cosa.
Recuerdo que mi padre odiaba a la gente obviamente lasciva. Marlon Brando era un cerdo. Siempre elegía papeles sexualmente retorcidos.
Mi padre pintaba paisajes lejanos, difusos, de la Castilla pura y fría: caminos que se perdían entre las eras amarillas, pueblos con puentes quebrajadaos, sobre espejeantes ríos que alegraban el secano- nunca pinto gente, mucho menos, mujeres desnudas.
Pero yo, en alguna ciudad ahíta de invierno, nevada, congelada, busqué mi centro en una borrachera augusta, suicida, y adoré el vientre terso y desnudo, y los muslos irrazonables, y la lengua salada, de Anette.
En la mañana inhóspita, tepetitiva, redpolente de soledad, con una resaca de muerte, pensando en la muerte, cercano a la muerte, dejé que flotara mi mirada sobre el río helado.
la decadencia, el vicio, a la mñana siguiente, siempre me hacen recordar las fantasmales iglesia blancas de Utrillo, el pintor Montmartre, los cuadros puristas, without blame (sin culpa), de mi padre.
El olvido, un mar que se acerca.
Y perdono al escritor de Lolita. Por su tristeza-Y al de La Muerte en Venecia, ñpor su sed de imposible.
Tambien los muslos de Anette se dibujan contra el horizonte de una ciudad que vomita sus propia inmundicia sobre el suelo del invierno.
Los muslos de Anette, terribles columnas hermosas contra las que se masturban llos desesperados.
viernes, 17 de junio de 2011
TODO AL REVES
Incumbe a quien escribe procurar no dejar que lo malvado de la naturaleza humana se filtre a sus escritos y emponzoñe la personalidad de los jovenes lectores.
Grandes escritores de pasado, como Herman Melville o Mark Twain, ya combatían, con la palabra, la lacra universal del racismo. Otros, desde Shakespeare y Cervantes a Bécquer e incluso a algunos contemporáneos nuestros, usan las palabras para incitar al racismo.
Esto que sigue es del cuento La Rosa de Pasión, de Bécquer:
"...tenía hace muchos años su habitación, raquitica, tenebrosa y miserable como su dueño, un judío llamado Daniel Leví.
Era este judío rencorosos y vengativo como TODOS LOS DE SU RAZA, pero más que ninguno engaÑador e hipócrita"
Viniendo de un señor tan supuestamente inteligente y sensible como Adolfo Bécquer, tal falta de humanidad y de visión me ofende y me decepciona.
Yo fúi, en mi temprana juventud, un enamorado de sus Rimas y Leyendas. Aquel sublíme poeta era, en toda la literatura española, el único, junto con Valle Inclán, el celta autor de los cuentos de Jardín Umbrío, que había hecho de lo fantástico su tema más trabajado.
Edgar Alan Poe, el padre del cuento gótico, romántico y terrorifico, tambien había introducido en sus escritos propaganda racista, e incluso perteneció a grupos del sur de Estados unidos que trabajaron para la perpetuación de la esclavitud.
Como si de una enfermedad de los autores más imaginativos se tratara, tambien Lovecraft padeció de una poco solapada inclinación a la xenofóbia.
He tenido, con el tiempo y la evidencia, que reconocer a estos escritores como mucho más mediocres de lo que a primera vista parecen, y aquejados por una vena racista que a duras penas controlan y que aparece aquí y allá en sus páginas. Por eso, ya no los léo. Ni siquiera puedo ya respetarles.
Cuando pienso en la acendencia húngara de Bécquer, incluso, y en la historia de Hungría en general, me pregunto si no llevaría ese racismo que lo empequeñece, en sus genes. ¿Habría escrito así sobre los judíos si supiera lo que se avecinaba en Europa? ¿El inminente holocausto que trería el infierno a la tierra en pleno siglo XX? Claro que un preludio de ese infierno ya había ocurrido en la España de la Inquisición, no solo con la persecución de herejes judíos y musulmanes, sino tambien con la destrucción sistemática de todo vestígio visible de su influencia en la personalidad del país.
Bien , los españoles modernos estamos bastante comodos con esos hechos y ni pensamos en ellos. No nos interesa mucho la historia, en general, como en general nos interesa muy poco nada que tenga que ver con el verdadero intelecto.
Sin embargo, la memoria sale al camino a encontrarnos.
Es el caso de un profesor de lengua española, que de pronto, allá por la década de los sesenta, en un instituto asturiano, les contó a sus alumnos que además de ser un grande de las letras españolas, Gustavo Adolfo Becquer, lo mismo que cervantes, había sido un cabrón racista, que no perdió oportunidad de vilificar a una raza o dos. Añadía que eso de que había que excusar las transgresiones racistas de ciertos genios literarios dado el contexto y la época en que escribían, era una estupidez. Porque en toda época existieron otros escritores que se mantuvieron firmes contra el racismo. Y para acabar la disertación que sería la razón de su expulsión del sistema educativo, aseguró que la mayoría de los heroes cuya magnificencia era exaltada en la aulas de toda españa eran una pandilla de asesinos que habían sido bastante cortos de entendederas, y sin escrúpulos, como serían los ejemplos de don Rodrigo Díaz de Vivar, Cristobal Colón, etc...
¿Qué fué de aquel maestro tan peculiar? Todo el mundo decía que el pobre se había vuelto loco.
Era por las cosas tan raras que decía que acabó, al parecer, ingresado a la fuerza en una institución.
Grandes escritores de pasado, como Herman Melville o Mark Twain, ya combatían, con la palabra, la lacra universal del racismo. Otros, desde Shakespeare y Cervantes a Bécquer e incluso a algunos contemporáneos nuestros, usan las palabras para incitar al racismo.
Esto que sigue es del cuento La Rosa de Pasión, de Bécquer:
"...tenía hace muchos años su habitación, raquitica, tenebrosa y miserable como su dueño, un judío llamado Daniel Leví.
Era este judío rencorosos y vengativo como TODOS LOS DE SU RAZA, pero más que ninguno engaÑador e hipócrita"
Viniendo de un señor tan supuestamente inteligente y sensible como Adolfo Bécquer, tal falta de humanidad y de visión me ofende y me decepciona.
Yo fúi, en mi temprana juventud, un enamorado de sus Rimas y Leyendas. Aquel sublíme poeta era, en toda la literatura española, el único, junto con Valle Inclán, el celta autor de los cuentos de Jardín Umbrío, que había hecho de lo fantástico su tema más trabajado.
Edgar Alan Poe, el padre del cuento gótico, romántico y terrorifico, tambien había introducido en sus escritos propaganda racista, e incluso perteneció a grupos del sur de Estados unidos que trabajaron para la perpetuación de la esclavitud.
Como si de una enfermedad de los autores más imaginativos se tratara, tambien Lovecraft padeció de una poco solapada inclinación a la xenofóbia.
He tenido, con el tiempo y la evidencia, que reconocer a estos escritores como mucho más mediocres de lo que a primera vista parecen, y aquejados por una vena racista que a duras penas controlan y que aparece aquí y allá en sus páginas. Por eso, ya no los léo. Ni siquiera puedo ya respetarles.
Cuando pienso en la acendencia húngara de Bécquer, incluso, y en la historia de Hungría en general, me pregunto si no llevaría ese racismo que lo empequeñece, en sus genes. ¿Habría escrito así sobre los judíos si supiera lo que se avecinaba en Europa? ¿El inminente holocausto que trería el infierno a la tierra en pleno siglo XX? Claro que un preludio de ese infierno ya había ocurrido en la España de la Inquisición, no solo con la persecución de herejes judíos y musulmanes, sino tambien con la destrucción sistemática de todo vestígio visible de su influencia en la personalidad del país.
Bien , los españoles modernos estamos bastante comodos con esos hechos y ni pensamos en ellos. No nos interesa mucho la historia, en general, como en general nos interesa muy poco nada que tenga que ver con el verdadero intelecto.
Sin embargo, la memoria sale al camino a encontrarnos.
Es el caso de un profesor de lengua española, que de pronto, allá por la década de los sesenta, en un instituto asturiano, les contó a sus alumnos que además de ser un grande de las letras españolas, Gustavo Adolfo Becquer, lo mismo que cervantes, había sido un cabrón racista, que no perdió oportunidad de vilificar a una raza o dos. Añadía que eso de que había que excusar las transgresiones racistas de ciertos genios literarios dado el contexto y la época en que escribían, era una estupidez. Porque en toda época existieron otros escritores que se mantuvieron firmes contra el racismo. Y para acabar la disertación que sería la razón de su expulsión del sistema educativo, aseguró que la mayoría de los heroes cuya magnificencia era exaltada en la aulas de toda españa eran una pandilla de asesinos que habían sido bastante cortos de entendederas, y sin escrúpulos, como serían los ejemplos de don Rodrigo Díaz de Vivar, Cristobal Colón, etc...
¿Qué fué de aquel maestro tan peculiar? Todo el mundo decía que el pobre se había vuelto loco.
Era por las cosas tan raras que decía que acabó, al parecer, ingresado a la fuerza en una institución.
miércoles, 15 de junio de 2011
LOS MUSLOS DE ANETTE
En la vejez uno se adapta al hecho de que la gente lo trate bien y con cierta condescendencia.
Habrán visto la película de Murnau, Nosferatu. Aquel espectro no es muy deiferente a mí, con mi rostro apergaminado y color cal. Y yo tambien soy flaco. En la canícula, apenas se me ve de tan flaco. Y si miran por el escaparate de un lugar oscuro y ocurre que yo estoy dentro, mi rostro les asustará, saliendo como algo blanco y decrépito de entre las sombras.
Vivo en una ciudad tambien decrépita, con estrechas calles de muros desconchados, en donde gatos a veces sarnosos se agazapan por los rincones verdes de musgo. Pero una ciudad decrépita es romántica. Un hombre decrépito, solamente una ruina.
El mundo ha cambiado. Todo es triste. La gente es abusiva. La comida es vomitiva. Todo es demasiado caro. Estamos en manos de los negociantes, y se nota, La sombra de la mezquindaz y la ignorancia ha caído sobre el mundo. Yo me siento en el banco del parque y si hay brisa me parece que soy parte de la hierba que se mece.Me pongo las manos en las rodillas. La gente al pasar me mira con compasión. Quizá con rencor- pero a eso de las cinco, con el fresco de la tarde, se acerca Anette. Ella es la pureza y la exhuberancia. Se sienta a mi lado, y yo soy la corrupción. Es esbelta. Me sonríe con su rostro de ángel.
Anette tendrá 25 años. No he conocido nunca a nadie tan absolutamente hermosa. lleva una falda bastante corta, y sus muslos son el sueño de Donatello. Me he dormido evocandolos, moviendose sinuosamente en una sombra sedosa.
La relación es peculiar.
-¿Cómo se siente hoy, viejo de mierda?- me pregunta
- Como un cajón lleno de recuerdos tristes y de telas de araña.- respondo- Sin embargo, tu presencia me ha dado una erección perfectamente saludable, e innegable.
- Es usted un vampiro. Solo que prefiere que yo se la chupe, ¿No es verdad?-dice
- Así es, mi querida joven.- le contesto- Aún más, me agradaría llevarla conmigo a mi cripta y allí practicar algunas cosas socialmente muy cuestionables.
-¡Qué cerdo!- exclama Anette.
Nunca nos tocamos. Apenas nos miramos.
Ella es la exhubernacia. Sus pechos son como la primavera, pingües, aromáticos, Sus muslos, sus muslos...del tono de la miel.
Y yo soy el vacío.
Ella siente deseos de revivirme, de llenarme. Yo, de acojerla en mi mente cavernosa.
Como Nosferatu. Justamente como el Nosferatu de Marnau.
Mis dedos helados, llenos de reúma, recorren, en mi imaginación, la carne prieta de la muchacha y la penetran- La noto trembalr, como si esto estuviera ocurriendo realmente.
pero ella ya se ha levantado. Se aleja, sin mirar hacia atrás..
Habrán visto la película de Murnau, Nosferatu. Aquel espectro no es muy deiferente a mí, con mi rostro apergaminado y color cal. Y yo tambien soy flaco. En la canícula, apenas se me ve de tan flaco. Y si miran por el escaparate de un lugar oscuro y ocurre que yo estoy dentro, mi rostro les asustará, saliendo como algo blanco y decrépito de entre las sombras.
Vivo en una ciudad tambien decrépita, con estrechas calles de muros desconchados, en donde gatos a veces sarnosos se agazapan por los rincones verdes de musgo. Pero una ciudad decrépita es romántica. Un hombre decrépito, solamente una ruina.
El mundo ha cambiado. Todo es triste. La gente es abusiva. La comida es vomitiva. Todo es demasiado caro. Estamos en manos de los negociantes, y se nota, La sombra de la mezquindaz y la ignorancia ha caído sobre el mundo. Yo me siento en el banco del parque y si hay brisa me parece que soy parte de la hierba que se mece.Me pongo las manos en las rodillas. La gente al pasar me mira con compasión. Quizá con rencor- pero a eso de las cinco, con el fresco de la tarde, se acerca Anette. Ella es la pureza y la exhuberancia. Se sienta a mi lado, y yo soy la corrupción. Es esbelta. Me sonríe con su rostro de ángel.
Anette tendrá 25 años. No he conocido nunca a nadie tan absolutamente hermosa. lleva una falda bastante corta, y sus muslos son el sueño de Donatello. Me he dormido evocandolos, moviendose sinuosamente en una sombra sedosa.
La relación es peculiar.
-¿Cómo se siente hoy, viejo de mierda?- me pregunta
- Como un cajón lleno de recuerdos tristes y de telas de araña.- respondo- Sin embargo, tu presencia me ha dado una erección perfectamente saludable, e innegable.
- Es usted un vampiro. Solo que prefiere que yo se la chupe, ¿No es verdad?-dice
- Así es, mi querida joven.- le contesto- Aún más, me agradaría llevarla conmigo a mi cripta y allí practicar algunas cosas socialmente muy cuestionables.
-¡Qué cerdo!- exclama Anette.
Nunca nos tocamos. Apenas nos miramos.
Ella es la exhubernacia. Sus pechos son como la primavera, pingües, aromáticos, Sus muslos, sus muslos...del tono de la miel.
Y yo soy el vacío.
Ella siente deseos de revivirme, de llenarme. Yo, de acojerla en mi mente cavernosa.
Como Nosferatu. Justamente como el Nosferatu de Marnau.
Mis dedos helados, llenos de reúma, recorren, en mi imaginación, la carne prieta de la muchacha y la penetran- La noto trembalr, como si esto estuviera ocurriendo realmente.
pero ella ya se ha levantado. Se aleja, sin mirar hacia atrás..
viernes, 10 de junio de 2011
La Cita
No tenía el poder de vengarse de la vida, pero podía detestarla com toda su fuerza. Una vez, hacía tiempo, había apreciado estar vivo- Ahora sabía que su existencia propia había sido una broma de mal gusto, una especie de truco que el universo le había gastado para joderle, para carcajearse a su costa. No podía ser de otra forma, si se consideraba todo lo que le había pasado ultimamente.
El destino le despojó de todo. e incluso estaba enfermo, con una enfermedad que lo mismo podía matarle de pronto que dentro de veinte años. Vivía, pues, con el alma en vilo. Lo cierto es que a nadie le importaba un a mierda y que estaba solo en el mundo. A solas con su tristeza y, sobre todo, con su miedo. Un miedo intenso, secreto y constante.
Excepto por la chica del foro.
Excelsa.
Ella le enviaba por correo fotos de todas las partes de su cuerpo. De su culo inmaculado, de sus muslos perfectos, de sus labios entrabiertos por los que asomaba un poco la deliciosa lengua.
Pero nunca le había enviado una foto de su rostro completo. Con Photoshop, él se dedicaba a tratar de componer la imagen total, juntando todas la piezas separadas. Pero solo conseguía construir imagenes casi monstruosas, como las pinturas de Francis Bacon.
Le gustaba imaginarla. Le alegraba, aunque de una forma un tanto amarga, verla en su mente, sonriendole, burlandose de él cariñosamente.
Y es que la chica tenía un gran sentido del humor. Debía ser muy culta. Las cosas que le escribía por internet le hacía reir y lo excitaban a un tiempo.
Pero él ya no podía más con su espantosa soledad, y tenía que verla, tenía que conocerla, pues su conexión con ella era lo único que el mantenía algo interesado en el mundo. A veces reconocía con espanto que si ella se esfumara de pronto, si dejara de comunicarse con él, le sob revendría un ahelo de dejar de existir, de quitarse la vida. "Ojos que veis el mar: el mar no os mira".
Y un día recibió el mensaje: " quiero conocerte. Dime dónde y cuando"
Cerca de la Plaza mayor. En aquella chocolatería popular, que se llamaba Giner y estaba decorada como hacía cincuenta años, con paredes y mesas de mármol blanco. Un lugar, se dijo, más bien fantasmal. propicio para el encuentro romántico entre dos espectros.
Aquel día se deslizó nerviosamente entre el odioso gentío. La ciudad rugía en sus oídos. El ruido era un gran murciélago que aleteaba en el interior de su cráneo. Por las callejuelas abarrotadas de tiposd agresivos, gente solitaria, parejas de enamorados y prostitutasm fué llegando a la chocolatería. Iba un poco tarde. Ella ya estaría allí adentro, esperandole.
Cuando entró al local, que olía a chocolate y freiduría de churros, a aceite y azúcar, la vió. No había nadie más en el lugar.
Había esperado otra cosa, y se había hecho a la idea de que fuera lo que fuera lo que encontrase en realidad, trataría de amar a aquella persona. Se había imaginado que sería un travesti, o un chico enfermizo que buscaba a un hombre mayor, o una mujer ya muy vieja y solitaría. Y su propia soledad era tal que con cualquiera de esos personajes se habría líado en una relación.
Pero su corazón casi se para cuando vió, sentada allí, esperandole, a la mujer más hermosa del mundo. Tenía las piernas cruzadas. Le miraba con unos ojos color miel, sonrientes. El pelo negro como un halo de noche sobre su exquisito rosto ovalado.
-¿Eres tú?- preguntó el hombre.
Y vió, con gran sorpresa, que ella se inclinaba hacia él, y le besaba, mientras que de sus bellos ojos brotaban regueros de lágrimas. Lágrimas de sangre.
El destino le despojó de todo. e incluso estaba enfermo, con una enfermedad que lo mismo podía matarle de pronto que dentro de veinte años. Vivía, pues, con el alma en vilo. Lo cierto es que a nadie le importaba un a mierda y que estaba solo en el mundo. A solas con su tristeza y, sobre todo, con su miedo. Un miedo intenso, secreto y constante.
Excepto por la chica del foro.
Excelsa.
Ella le enviaba por correo fotos de todas las partes de su cuerpo. De su culo inmaculado, de sus muslos perfectos, de sus labios entrabiertos por los que asomaba un poco la deliciosa lengua.
Pero nunca le había enviado una foto de su rostro completo. Con Photoshop, él se dedicaba a tratar de componer la imagen total, juntando todas la piezas separadas. Pero solo conseguía construir imagenes casi monstruosas, como las pinturas de Francis Bacon.
Le gustaba imaginarla. Le alegraba, aunque de una forma un tanto amarga, verla en su mente, sonriendole, burlandose de él cariñosamente.
Y es que la chica tenía un gran sentido del humor. Debía ser muy culta. Las cosas que le escribía por internet le hacía reir y lo excitaban a un tiempo.
Pero él ya no podía más con su espantosa soledad, y tenía que verla, tenía que conocerla, pues su conexión con ella era lo único que el mantenía algo interesado en el mundo. A veces reconocía con espanto que si ella se esfumara de pronto, si dejara de comunicarse con él, le sob revendría un ahelo de dejar de existir, de quitarse la vida. "Ojos que veis el mar: el mar no os mira".
Y un día recibió el mensaje: " quiero conocerte. Dime dónde y cuando"
Cerca de la Plaza mayor. En aquella chocolatería popular, que se llamaba Giner y estaba decorada como hacía cincuenta años, con paredes y mesas de mármol blanco. Un lugar, se dijo, más bien fantasmal. propicio para el encuentro romántico entre dos espectros.
Aquel día se deslizó nerviosamente entre el odioso gentío. La ciudad rugía en sus oídos. El ruido era un gran murciélago que aleteaba en el interior de su cráneo. Por las callejuelas abarrotadas de tiposd agresivos, gente solitaria, parejas de enamorados y prostitutasm fué llegando a la chocolatería. Iba un poco tarde. Ella ya estaría allí adentro, esperandole.
Cuando entró al local, que olía a chocolate y freiduría de churros, a aceite y azúcar, la vió. No había nadie más en el lugar.
Había esperado otra cosa, y se había hecho a la idea de que fuera lo que fuera lo que encontrase en realidad, trataría de amar a aquella persona. Se había imaginado que sería un travesti, o un chico enfermizo que buscaba a un hombre mayor, o una mujer ya muy vieja y solitaría. Y su propia soledad era tal que con cualquiera de esos personajes se habría líado en una relación.
Pero su corazón casi se para cuando vió, sentada allí, esperandole, a la mujer más hermosa del mundo. Tenía las piernas cruzadas. Le miraba con unos ojos color miel, sonrientes. El pelo negro como un halo de noche sobre su exquisito rosto ovalado.
-¿Eres tú?- preguntó el hombre.
Y vió, con gran sorpresa, que ella se inclinaba hacia él, y le besaba, mientras que de sus bellos ojos brotaban regueros de lágrimas. Lágrimas de sangre.
0
es igual
el amor, el hueso
el estruendo, el silencio
la luna en los charcos
odiada de los perros
igual tu rabia y tu sexo
tus labios violentos
y tu corazón reseco
Iguales la nada y el universo,
la ausencia y el beso.
el amor, el hueso
el estruendo, el silencio
la luna en los charcos
odiada de los perros
igual tu rabia y tu sexo
tus labios violentos
y tu corazón reseco
Iguales la nada y el universo,
la ausencia y el beso.
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