Y sin embargo, somos como somos. Lo cual minguna actitud moralizante ni punitiva puede alterar.
En eso llevan razón los lánguidos conservadores, que entre virutas de humo se quejan de los esfuerzos progresistas por hacer del mundo algo que no puede ser, y mastican el odio es sus despachos umbríos con la parsinomia con que masticaban otrora los filtros de sus cigarrillos letales a la larga.
Soñar es una cosa.
Recuerdo que mi padre odiaba a la gente obviamente lasciva. Marlon Brando era un cerdo. Siempre elegía papeles sexualmente retorcidos.
Mi padre pintaba paisajes lejanos, difusos, de la Castilla pura y fría: caminos que se perdían entre las eras amarillas, pueblos con puentes quebrajadaos, sobre espejeantes ríos que alegraban el secano- nunca pinto gente, mucho menos, mujeres desnudas.
Pero yo, en alguna ciudad ahíta de invierno, nevada, congelada, busqué mi centro en una borrachera augusta, suicida, y adoré el vientre terso y desnudo, y los muslos irrazonables, y la lengua salada, de Anette.
En la mañana inhóspita, tepetitiva, redpolente de soledad, con una resaca de muerte, pensando en la muerte, cercano a la muerte, dejé que flotara mi mirada sobre el río helado.
la decadencia, el vicio, a la mñana siguiente, siempre me hacen recordar las fantasmales iglesia blancas de Utrillo, el pintor Montmartre, los cuadros puristas, without blame (sin culpa), de mi padre.
El olvido, un mar que se acerca.
Y perdono al escritor de Lolita. Por su tristeza-Y al de La Muerte en Venecia, ñpor su sed de imposible.
Tambien los muslos de Anette se dibujan contra el horizonte de una ciudad que vomita sus propia inmundicia sobre el suelo del invierno.
Los muslos de Anette, terribles columnas hermosas contra las que se masturban llos desesperados.
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