jueves, 23 de junio de 2011

LOS MUSLOS DE ANETTE 8

Esta es la playa larga, desolada, en grís.
El oleaje se encabríta entre los farallones y se torna espuma blanca.
Junto a la ataláya, que está encima de una gran roca negra, el agua es verde oscura y se advierte facilmente el pelígro, la naturaleza traidora del mar.
Yo contemplo el agua, que el viento eriza. En el límite de la tierra con el mar, la irrealidad se vuelve verdad. Se pasa facilmente de un mundo a otro.
El fantasma de mi padre está de pie en el agua, no muy adentro, mirando hacia el horizonte nuboso, donde cruza un paquebote negro. Su cuerpo es atlético. Sus ojos, grises, de nadador poderoso o de navegante.
Siempre lo recuerdo, desde que murió, en esa posición, en ese mismo lugar de la playa. Pero en dichas memorias el cielo es soleado, la banderas colorean la atmósfera alegremente.
El agua retumba en mis oídos.
Uma me llama, pero su voz es ahogada por las olas que rompen en tropel. No quiero oírla.
Uma ocupa mucho espacio. Antes de cfasrnos era delicada, de voz suave. Ahora habla a gritos, ordena a voces, critíca e insulta de forma más bien grosera. Lo cierto es que ya no quiero oírla.
No sé si ustedes han visto un cuerpo desplomarse unos cien metros hacia las rocas que sobresalen de las olas saltarinas. Rocas oscuras. Y el cuerpo blanco que se queda allí, baslanceandose, como un pez panza arriba, muerto.
Cuando supe que ibamos a la playa, comencé a imaginar que Uma resbalaba en la hierba, en la cima del acantilado. Solo fantasías.
Anette se ha hecho amiga de Uma. Una amistad sospechosa, ya que Anette es más joven, más exhuberante, y a mi me consta que no es inocente, que no tiene escrúpulos. Cuando habla conmigo, su voz parece surgir de la tierra, como una planta con poderes mágicos. Como una mandrágora. Y hay en su mirada algo bien primitivo, que se me antoja juguetón y demoníaco.
Su formas tienen una gracia insoportable, que me enferman de deseo.
La playa parece cada vez más vacía y friolenta, el sonido de las olas cada vez más triste.
Anette sonríe para que le haga una foto. No invita a Uma a posar con ella. La complicidad entre la joven y yo se hace obvia y la situación es tensa.
Mi padre muerto nada hacia la lejanía. VEO SU CABEZA ENTRE LAS OLAS, YA MÁS ALLÁ DE LA ROCA DE LA ATALAYA. Me invade la soledad.
Anette ha hecho unos jeroglíficos sobre la arena humeda. Me doy cuenta entonces de que muchas cosas que los historiadores consideran mensajes antiguos con sentido religioso no son más que el resultado de la tendencia humana a diseñar formas que se acoplan entre ellas.
Los muslos de Anette, desnudos, están sucios de arena.
La veo tendida sobre una gran roca, como un animal a punto de ser sacrificado al mar.

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