martes, 21 de junio de 2011

LOS MUSLOS DE ANETTE 6

Era el mediodía.
La plaza, que solo tien un arbolíto redondo en medio, rutilaba de luz.
En la terraza del café había alguien, poca gente.
Entre los edificios de pisos que rodean la plaza, que la componen, de hecho, se columbran frondas azuladas y unos lejanos montes. Hay muchos coches aparcados al sol. Otros se deslizan de cuando en cuando carretera alante.
Entonces aparecen: un hombre alto y calvo, cetrino, que viste traje gris con manchas de grasa. Dos mujeres. Una mayor y otra más joven. Tienen el pelo negro y aceitoso atado en colas de caballo, la tez oscura de la gente gitana. Llevan un organo eléctrico sobre un carro de ruedas, y un perro bastante sucio.
Rompe el silencio una música del sur. La mujer canta bien. En la canícula su voz tiene un deje triste. Trae una distancia agustiosa.
Filmo la escena desde la ventana de mi piso.
A la mesa de la cocina, Anette sigue llorando. Un guiso de carne de ternera hierve eternamente sobre la cocina de cerámica.
En diversas ventanas aparecen las cabezas curiosas de algunos vecinos.
Los gitanos terminan su actuación.
Dejo la cámara sobre la mesa. Abro la botella de aceite y me unto las manos. Empiezo a esparcer el aceite sobre los muslos desnudos de Anette.
A la hora de siempre. Aprieto la carne joven.
Ahora todo es silencio. Pero ella sigue sollozando. Sin razón aparente.

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