viernes, 10 de junio de 2011

La Cita

No tenía el poder de vengarse de la vida, pero podía detestarla com toda su fuerza. Una vez, hacía tiempo, había apreciado estar vivo- Ahora sabía que su existencia propia había sido una broma de mal gusto, una especie de truco que el universo le había gastado para joderle, para carcajearse a su costa. No podía ser de otra forma, si se consideraba todo lo que le había pasado ultimamente.
El destino le despojó de todo. e incluso estaba enfermo, con una enfermedad que lo mismo podía matarle de pronto que dentro de veinte años. Vivía, pues, con el alma en vilo. Lo cierto es que a nadie le importaba un a mierda y que estaba solo en el mundo. A solas con su tristeza y, sobre todo, con su miedo. Un miedo intenso, secreto y constante.
Excepto por la chica del foro.
Excelsa.
Ella le enviaba por correo fotos de todas las partes de su cuerpo. De su culo inmaculado, de sus muslos perfectos, de sus labios entrabiertos por los que asomaba un poco la deliciosa lengua.
Pero nunca le había enviado una foto de su rostro completo. Con Photoshop, él se dedicaba a tratar de componer la imagen total, juntando todas la piezas separadas. Pero solo conseguía construir imagenes casi monstruosas, como las pinturas de Francis Bacon.
Le gustaba imaginarla. Le alegraba, aunque de una forma un tanto amarga, verla en su mente, sonriendole, burlandose de él cariñosamente.
Y es que la chica tenía un gran sentido del humor. Debía ser muy culta. Las cosas que le escribía por internet le hacía reir y lo excitaban a un tiempo.
Pero él ya no podía más con su espantosa soledad, y tenía que verla, tenía que conocerla, pues su conexión con ella era lo único que el mantenía algo interesado en el mundo. A veces reconocía con espanto que si ella se esfumara de pronto, si dejara de comunicarse con él, le sob revendría un ahelo de dejar de existir, de quitarse la vida. "Ojos que veis el mar: el mar no os mira".
Y un día recibió el mensaje: " quiero conocerte. Dime dónde y cuando"
Cerca de la Plaza mayor. En aquella chocolatería popular, que se llamaba Giner y estaba decorada como hacía cincuenta años, con paredes y mesas de mármol blanco. Un lugar, se dijo, más bien fantasmal. propicio para el encuentro romántico entre dos espectros.
Aquel día se deslizó nerviosamente entre el odioso gentío. La ciudad rugía en sus oídos. El ruido era un gran murciélago que aleteaba en el interior de su cráneo. Por las callejuelas abarrotadas de tiposd agresivos, gente solitaria, parejas de enamorados y prostitutasm fué llegando a la chocolatería. Iba un poco tarde. Ella ya estaría allí adentro, esperandole.
Cuando entró al local, que olía a chocolate y freiduría de churros, a aceite y azúcar, la vió. No había nadie más en el lugar.
Había esperado otra cosa, y se había hecho a la idea de que fuera lo que fuera lo que encontrase en realidad, trataría de amar a aquella persona. Se había imaginado que sería un travesti, o un chico enfermizo que buscaba a un hombre mayor, o una mujer ya muy vieja y solitaría. Y su propia soledad era tal que con cualquiera de esos personajes se habría líado en una relación.
Pero su corazón casi se para cuando vió, sentada allí, esperandole, a la mujer más hermosa del mundo. Tenía las piernas cruzadas. Le miraba con unos ojos color miel, sonrientes. El pelo negro como un halo de noche sobre su exquisito rosto ovalado.
-¿Eres tú?- preguntó el hombre.
Y vió, con gran sorpresa, que ella se inclinaba hacia él, y le besaba, mientras que de sus bellos ojos brotaban regueros de lágrimas. Lágrimas de sangre.

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