Horas
otrora felizmente frescas y vacías
como los jardines pequeños al amanecer:
llenas hoy de sombras que se arrastran
sin encontrar ya más la forma que perdieron ,
llenas de flores mustias, de amarillentas papeletas,
documentos caducos, viejas facturas
y cartas de amor desteñidas
en carpetas azules como la juventud esfumada.
Lo futil de vivir se empieza a anunciar con lentitud
exasperante, por medio de vagas señales
del cansancio repentino de las cosas. En la luz,
en la nieve, en la lluvia
restan los objetos, perdiendo su razón de ser,
seniles, sin atreverse a recordarnos, empolvados.
Y, salvo para entristecernos y robarnos espacio,
de nada sirven.
El cuerpo requiere que lo alejemos de todo.
Que lo subamos a una cumbre,
que lo inundemos de agua vasta y fría por su boca
que podría beber todo un mar frío y salado,
un mar infinito como el sueño, como el espacio.
Nos aturde la memoria, ese
negropozo lleno de dolores que para nada sirvieron.
Respiramos hondamente
y un ave se libera de su jaula
por nuestra boca.
domingo, 27 de febrero de 2011
viernes, 25 de febrero de 2011
cuentos de bailaconlobos- 1
Alba era mi prima. había vivido siempre en un casetón de piedra empinado en lo alto de una colina. La visité allí solo una vez, y siempre recordaré el camastro de gruesa madera, estrecho y cercano a la techumbre, donde Alba dormía. La ventanas eras muy pequeñas, con marcos de gruesa madera. En aquellos días, se alumbraba la gente pobre, la gente del monte, con velas y candiles.
El padre de Alba había sido minero, pero contrajo la silicosis y lo jubilaron. Luego los mineros empezaron a cobrar buenas pensiones, pero en aquella época sus familias llevaban existencias paupérrimas.
Allí arriba el viento soplaba con fuerza, retorciendo los manzanos de la pomarada.
El invierno era duro. La nieve se apilaba entre los riscos.
Un día heladoo, el padre de Alba, mi tio Antón, cayó muerto mientras cortaba leña con un hacha. Aquel mismo día, Alba se vino a vivr con nosotros a la casa de abajo, en el pueblo, que era de mi abuela. Aquella casa era buena, de dos plantas y con cuadras. Tenía higuera, carbonera y al lado pasaba un río.
Yo escuchaba el rumor del agua desde mi cama, por la ventanuca abierta, casi todas las noches. Aquella ventana solo la cerrabamos en invierno.
Alba tenía ojos verdes. Yo creía que se le habían puesto así de vivir allí arriba, donde había tanto bosque. Los bosques suelen cambiarle a la gente el color de los ojos, lo mismo que el mar y la noche.
En una habitación que siempre permanecía con la puerta entrecerrada y en penumbra, vivía la hermana de mi abuela. Nunca salía de allí. Padecía de varias enfermedades terribles que la limitaban y no parecían matarla nunca. La veíamos por la ranura de la puerta entreabierta. Su pelo níveo, su perfil aquilino, el chal rojo y negro con bordados de hilo de oro. Y las manos transparentes, como de hielo.
Mi abuela y su hermana eran las supervivientes de nueve. Siete habían muerto cuando explotó una bomba con la que jugaban, la cual habían encontrado en un prado. En aquella época no era raro hallar artefactos de cuando la guerra tirados por ahí. Mi abuela no estaba, pero su hermana se quedó sorda y medio muerta de la explosión.
En aquella habitación oscura, incluso años despues de su fallecimiento, siempre se oiría la respiración y se olería la vejez enferma de aquella señora.
Alba y yo teníamos la misma edad, pero no nos llevabamos bien. Cada una iba por su lado, ignorando a la otra lo más posible.
Alba no se sentía feliz en el valle. Era una criatura de los altos, de las rocas. Echaba de menos andar por ahí suelta entre los árboles con las piernas llenas de arañazos y cortes. Y quedarse dormida al ulular del viento entre los riscos.
Una vez nos juntamos al lado del rio. Me dijo que si quería ser amiga suya debía cortarme una vena y darle a beber sangre. Ella haría lo propio.
Fascinada, vi la sangre de las dos flotando río abajo, por el agua verdosa.
-Esa señora que vive en la habitación oscura, ¿por qué no se muere?-dijo Alba-Lleva años y años pudriendose viva, en esa silla mecedora. Tenía que morirse para estar mejor.
Alba echaba de menos a su padre. La madre había muerto cuando tenía dos años, y no la recordaba.
Un día Alba me dijo que su padre, en las noches frías, se acostaba con ella. Así los dos se sentían calidos al amanecer, cuando todo despertaba cubierto de escarcha o de nieve. Recordaba el aliento de vino de su padre. Este la había acariado muchas veces, y otras cosas, y lo echaba de menos.
Aún la visitaba de vez en cuando.
Ella se despertaba en mitad de la noche y lo veía pegado contra la pared, tratando de no hacer ruido para no asustarla. Ahora no tenía la cara rojiza como cuando bebía vino, sino muy blanca, como a veces la luna.
Se conoce que los muertos no beben.
Tampoco lo olía cuando se sentaba al borde de la cama para acariciarla. Había perdido el olor. Era como aire, o como niebla.
El padre muerto de Alba, mi tío Antón, le pedía a su hija que se fuera con él.
Esas palabras oyó mi abuela de noche, retumbando como el trueno por la casa :"Vente conmigo, Alba: Yo todavía estoy en el monte!"
Mi abuela se soliviantaba sobremanera cuando oía a su hijo muerto decir tales cosas, y se hacía la señal de la cruz y lo corría de la casa a golpe de escoba.
Mi prima lloraba cada vez que algo de aquella índole ocurría. Ella quería irse.
Mi tio Antón empezó a hacer ruido por los rincones a cada poco. Incluso durante las comidas no nos dejaba en paz. Movía las perólas sobre la cocina de chapa. A veces abría el infiernillo y esparcía el carbón ardiendo a manotadas.
A principios del invierno en que mis padres me llevaron del pueblo a la capital, a vivir definitivamente con ellos, la anciana que vivía en la habitación umbrosa murió finalmente.
Alba se ahogo en un remanso del río. Y todos concluyeron que se había dejado morir bajo las ondas, por la cara de felicidad que mostraba el cadáver.
Arriba, en el casetón, el viento parecía que daba gritos, casi todas las noches...
El padre de Alba había sido minero, pero contrajo la silicosis y lo jubilaron. Luego los mineros empezaron a cobrar buenas pensiones, pero en aquella época sus familias llevaban existencias paupérrimas.
Allí arriba el viento soplaba con fuerza, retorciendo los manzanos de la pomarada.
El invierno era duro. La nieve se apilaba entre los riscos.
Un día heladoo, el padre de Alba, mi tio Antón, cayó muerto mientras cortaba leña con un hacha. Aquel mismo día, Alba se vino a vivr con nosotros a la casa de abajo, en el pueblo, que era de mi abuela. Aquella casa era buena, de dos plantas y con cuadras. Tenía higuera, carbonera y al lado pasaba un río.
Yo escuchaba el rumor del agua desde mi cama, por la ventanuca abierta, casi todas las noches. Aquella ventana solo la cerrabamos en invierno.
Alba tenía ojos verdes. Yo creía que se le habían puesto así de vivir allí arriba, donde había tanto bosque. Los bosques suelen cambiarle a la gente el color de los ojos, lo mismo que el mar y la noche.
En una habitación que siempre permanecía con la puerta entrecerrada y en penumbra, vivía la hermana de mi abuela. Nunca salía de allí. Padecía de varias enfermedades terribles que la limitaban y no parecían matarla nunca. La veíamos por la ranura de la puerta entreabierta. Su pelo níveo, su perfil aquilino, el chal rojo y negro con bordados de hilo de oro. Y las manos transparentes, como de hielo.
Mi abuela y su hermana eran las supervivientes de nueve. Siete habían muerto cuando explotó una bomba con la que jugaban, la cual habían encontrado en un prado. En aquella época no era raro hallar artefactos de cuando la guerra tirados por ahí. Mi abuela no estaba, pero su hermana se quedó sorda y medio muerta de la explosión.
En aquella habitación oscura, incluso años despues de su fallecimiento, siempre se oiría la respiración y se olería la vejez enferma de aquella señora.
Alba y yo teníamos la misma edad, pero no nos llevabamos bien. Cada una iba por su lado, ignorando a la otra lo más posible.
Alba no se sentía feliz en el valle. Era una criatura de los altos, de las rocas. Echaba de menos andar por ahí suelta entre los árboles con las piernas llenas de arañazos y cortes. Y quedarse dormida al ulular del viento entre los riscos.
Una vez nos juntamos al lado del rio. Me dijo que si quería ser amiga suya debía cortarme una vena y darle a beber sangre. Ella haría lo propio.
Fascinada, vi la sangre de las dos flotando río abajo, por el agua verdosa.
-Esa señora que vive en la habitación oscura, ¿por qué no se muere?-dijo Alba-Lleva años y años pudriendose viva, en esa silla mecedora. Tenía que morirse para estar mejor.
Alba echaba de menos a su padre. La madre había muerto cuando tenía dos años, y no la recordaba.
Un día Alba me dijo que su padre, en las noches frías, se acostaba con ella. Así los dos se sentían calidos al amanecer, cuando todo despertaba cubierto de escarcha o de nieve. Recordaba el aliento de vino de su padre. Este la había acariado muchas veces, y otras cosas, y lo echaba de menos.
Aún la visitaba de vez en cuando.
Ella se despertaba en mitad de la noche y lo veía pegado contra la pared, tratando de no hacer ruido para no asustarla. Ahora no tenía la cara rojiza como cuando bebía vino, sino muy blanca, como a veces la luna.
Se conoce que los muertos no beben.
Tampoco lo olía cuando se sentaba al borde de la cama para acariciarla. Había perdido el olor. Era como aire, o como niebla.
El padre muerto de Alba, mi tío Antón, le pedía a su hija que se fuera con él.
Esas palabras oyó mi abuela de noche, retumbando como el trueno por la casa :"Vente conmigo, Alba: Yo todavía estoy en el monte!"
Mi abuela se soliviantaba sobremanera cuando oía a su hijo muerto decir tales cosas, y se hacía la señal de la cruz y lo corría de la casa a golpe de escoba.
Mi prima lloraba cada vez que algo de aquella índole ocurría. Ella quería irse.
Mi tio Antón empezó a hacer ruido por los rincones a cada poco. Incluso durante las comidas no nos dejaba en paz. Movía las perólas sobre la cocina de chapa. A veces abría el infiernillo y esparcía el carbón ardiendo a manotadas.
A principios del invierno en que mis padres me llevaron del pueblo a la capital, a vivir definitivamente con ellos, la anciana que vivía en la habitación umbrosa murió finalmente.
Alba se ahogo en un remanso del río. Y todos concluyeron que se había dejado morir bajo las ondas, por la cara de felicidad que mostraba el cadáver.
Arriba, en el casetón, el viento parecía que daba gritos, casi todas las noches...
domingo, 20 de febrero de 2011
vacío
Ya se me olvida
como eras.
Se me olvida
tu sonrisa.
Tu voz
se me olvida.
Tu mano
en la mía,
su calidez
se me olvida.
Toda la hondura
pues, del amor aquel,
¿de qué servía?
Y el dolor de despues,
¿para qué era?
Hace no tanto tiempo
te quería.
Hoy quiero recordarte
y una especie
de tul de nieve fría
cubre tu faz difusa
a la memoría mía.
El amor no era eterno.
Lo eterno era el olvido.
La eternidad mentía.
como eras.
Se me olvida
tu sonrisa.
Tu voz
se me olvida.
Tu mano
en la mía,
su calidez
se me olvida.
Toda la hondura
pues, del amor aquel,
¿de qué servía?
Y el dolor de despues,
¿para qué era?
Hace no tanto tiempo
te quería.
Hoy quiero recordarte
y una especie
de tul de nieve fría
cubre tu faz difusa
a la memoría mía.
El amor no era eterno.
Lo eterno era el olvido.
La eternidad mentía.
viernes, 18 de febrero de 2011
la palabra cierta
Decir la palabra justa
es quitar una sombra triste
para que tus ojos aprendan
que la verdad puede decirse.
Es retirar de un rostro el velo
para verle lo que sentía
y comprenderle la belleza
que escondía.
Antes de la palabra justa
otras acuden, confusión
de olas sin tino que te aturden
el corazón.
Pero la justa no hace falta
buscarla, ardua, entre las otras.
Ella siempre se acerca clara
y por sí sola.
Cuando la escuches no entorpece,
no te avasalla ni intimida:
pero te alegra y esclarece
la vida.
es quitar una sombra triste
para que tus ojos aprendan
que la verdad puede decirse.
Es retirar de un rostro el velo
para verle lo que sentía
y comprenderle la belleza
que escondía.
Antes de la palabra justa
otras acuden, confusión
de olas sin tino que te aturden
el corazón.
Pero la justa no hace falta
buscarla, ardua, entre las otras.
Ella siempre se acerca clara
y por sí sola.
Cuando la escuches no entorpece,
no te avasalla ni intimida:
pero te alegra y esclarece
la vida.
miércoles, 16 de febrero de 2011
BOHEMIA
Montreal, invierno, 1998, cuatro de la mañana. -19 grados centigrados. La luna llena echa reflejos sobre el hielo que cubre la ciudad, alarga una estela fantasmal sobre la superficie congelada del río San Lorenzo.
La noche la pasé bebiendo con el chileno. Al final, aquel cabrón dejó caer la cabeza peluda sobre la mesa del bar y ya no despertaba.
El camarero nos echó con aspavientos. Eramos los últimos en irnos. Yo no estaba seguro de si iba a vomitar o no. Buscaba con los ojos un sitio escondido por si acaso. Ahora el chileno caminaba apoyado en mi, babeando.
Pensé que me hartaba de llevarle a casa en aquel estado tantas noches. Pero el me llamaba "Sangre", en referencia al hecho de que su abuelo era asturiano, como yo. En realidad yo no creía que el supiese a ciencia cierta quien era su abuelo, pero bueno...
El chileno hacía bonitas esculturas cubistas de animales.
"¿Quien quiere hacer una representación cubista de un águila?" le preguntaba yo "Es como encajonar a la libertad. No tiene sentido"
"¿Y usté que sabe del arte, huevón?" contestaba" El arte doblega a la naturaleza por medio del control y el método"
"Y una mierda. Tú no eres más que un borracho y haces arte para conocer mujeres"
Yo podía ser bien hijo de puta cuando me lo proponía.
Andabamos calle arriba, por el Plateau, donde los bares habían cerrado y solo quedaba algún que otro cafetucho abierto, con algunos trasnochados.
El silencio era aterrador, con aquel frío que hacia que el aire pareciera ir a quebrase con un chasquido de hueso.
"¿Me comprás una hamburguesa, che sangre ?" Preguntó el chileno.
Hamburguesa y café, a las cuatro de la mañana, despues de haber bebido, en Montréal, es una experiencia poética.
"Oye, Chile, no soy tu mamá" le dije.
"¿Qué no me vas a comprar una hamburguesa, huevón de mierda? Mirá, ahí está Valerie."
Allí estaba Valerie, de negro, bella como una estatua de Donatello, las espectaculares piernas cruzadas, el pelo negro y liso enmarcando su rostro de ángel un tanto corrompido. Nos sentamos a su mesa.
"¿Nos darán vino?" preguntó el chileno.
" A mi me dan lo que quiera" dijo Valerie.
"Mirá que ser una chica es lo mejor del mundo, che. Te dan todo lo que pidás" balbució Chile, borracho como una cuba.
llegó el vino, con dos hamburguesas y patatas fritas. Ella había pedido un poutine, tipica mescolanza quebecqoise de patatas frita y queso que a mi me revolvía las tripas pero que a muchos les encantaba. A mi megustaba ver a Valerie comiendo aquel plato que le volvía los labios relucientes de grasa- Me miraba y se lamía los labios de vez en cuando, como si lo supiera.
"¿Y tú, qué haces tú, estos días?" me preguntó Valerie.
"Estoy pensando en ponerme a pintar" mentí.
"Tú. Pero si tú no tienes nada de artista"
"Ya, pero como sé que te gustan los artistas, igual me pongo a pintar. De todas formas, un trabajo notmal ya no tiene sentido. estamos llegando al fin del mundo"
"Eso no tiene ni puta gracia" dice ella, encendiendo un du Maurier, delicioso y mortifero."Que pasa, ¿ quieres follar conmigo"
Así pueden ser las mujeres en Montréal.
" Pues sí, francamente. Empezavba a creer que no me lo preguntarías nunca" dije.
"Eso si tiene algo de gracia"
Por la vidrera del café se veía la luna como una enorme cebolla pelada ahí colgada. habína puesto una música francesa, aquella canción vieja, sentimentalona, que se llama Frederic.
El chileno se había quedado dormido otra vez, vaso de vino en mano. Estaba hecho un desastre y ahora me arrepentía de no haberme deshecho de él hacía unas horas.
"Valerie" dije a la chica"Este puede quedarse aquí. Le dejarán dormir hasta el amanecer. Tú yo podemos irnos a tu casa. Podemos llevarnos el vino"
Ella dió una larga calada a su rubio cigarrillo canadiense, y el humo, morboso y achocolatado, me entró por la nariz, mareante. De pronto, levantandose y poniendose el abrigo, le dijo al chileno que se levantara. Los dos se alejaron hacia la puerta, Valerie sosteniendo a aquella catástrofe andante por los hombros, con su brazo...
Me miró de reojo, según llegaban a la puerta.
"El es el que más me necesita, dijo ella, refieriendose al chileno"
Y él, antes de desaparecer con ella, me lanzo una gran sosnrisa morada de vino rojo y balbuceó,
" Perdoná, che, Sangre, pero es que yo soy un necesitado..." y casi le oí los pensamientos "y vos un boludo"
sábado, 12 de febrero de 2011
CEFALOPODOS
CEFALOPODOS
Los científicos no lo explicaban. Quizá no podían: estaban apareciendo cadáveres de calamares
gigantes cerca de la costa.
La prensa tampoco se atrevía a especular.
El último había aparecido junto al cabo Peñas, descubierto por un bañista que casi se muere del
susto. Una vez medida, la bestia resultó tener veinte metros de longitud.
Poco despúes un viejo marinero, Leandro, que se pasaba las horas muertas en un bar del muelle,
me dijo que aquella mañana un cefalópodo gigante había sido hallado muerto en la ría de Avilés.
Me dirigí allí para ver el calamar con mis propios ojos. Eran las doce del mediodía y me
sorprendió que hubiese tan poco tráfico. Dos enormes mercantes, pintados de color naranja,
reposaban en las aguas plomizas, contra un fondo de chimeneas de fabricas y colinas difuminadas
por la niebla. Unas cuantas lanchas de madera cabeceaban en el centro de la ría. No había
actividad en ninguno de los barcos de pesca anclados frente al edificio de la Hermandad de
pescadores Virgen de las Mareas.
Comencé a tomar fotos. Imagenes sin interés para nadie, pero que demostraban mi presencia
allí. Un grupo de hobres arrastraban redes hacia un barco. Otros dos tiraban de las redes hacia el
puente del mismo. Al verme, uno de los del grupo caminó en mi dirección. Me gritó que allí no se
permitía a nadie ajeno a los trabajos del puerto. El hombre tenía una cara ancha y simpática,
risueña. Llevaba un anorak de plástico amarillo.
-Estoy sacando fotos- le dije
-¿Por qué? Este sitio ers muy feo.
- Me gusta lo feo. Pero en realidad, vine a echar un vistazo al calamar gigante.
- Eso es un cuento- dijo- No hay por aquí ningún calamar gigante, ni vivo ni muerto.
- Léa los periodicos: se encontraron unos calamares muertos que miden hasta veinte metros de largo.
-Eso se lo inventaría un periodista aburrido- dijo él.
De todas formas, el hombre dejó que le sacara unas fotos frenta a la proa de un bonito barco azul.
A pesar de las palabras del marinero, permanecí merodeando por allí. Entré en un bar donde
comían loosa pescadores- Olía a pescado frito, sidra rancia y tabáco. Solo había hombres, algunos
muy ebrios. Los que me miraron lo hicieron con sorpresa y cierto recelo, como si la presencia de
una mujer allí fuera más inusual que la de un calamar gigante.
El bigotudo que servía al mostrador me preguntó qué se me ofrecía-
-Quiero sacar fotos de este bar y de la clientela- le informé.
-Ni se te ocurra, maja-gruñó él- Estos hombre no se parten el culo currando para que aparezca una turista y los convierta en souvenirs.
- Bueno- dije- por lo menos pongame un café con leche, corto de leche.
El hallazgo de los cafalópodos muertos era noticia por aquellos días, pero no la única que parecía
extraña. Con menos insistencia, los periódicos habían informado de avistamientos de luces
inexplicables volando por el cielo de la costa en las últimas semanas. La más reciiente había sido
observada por toda la tripulación de un paquebote a varias leguas del puerto de Gijón. Era,
dijeron, verde y con forma de huevo, e iluminaba la superficie del mar en un radio de varios
cientos de metros.
Yo estaba segura de que aquellas luces tenían algo que ver con la muerte de los calamares.
- No, nadie ha visto luces raras por aquí´contestó el bigotudo desde detrás de ñla barra cuando le
pregunté- Eso son cuentos chinos, a ver si se enteran ustedes...
Me hablaba en plural, como si yo representase a todo el insípido mundo que se extendía fuera de
los limites del puerto.
Un borracho de unos cincuenta años, flaco como un galgo, se puso a mi lado. Su piel curtida era
del color del cobre, pero tenía unos ojos de un azul reluciente y alegre. Llevaba barba gris
desgreñada y le faltaban dientes. Guiñó un ojo. Dijo que se llamaba Fidelius.
-Ni caso a estos, guapa- murmuró- les han dado ordenes de no decir nada, aparte de que son
embusteros ya de por sí.
- Así que están guardando un secreto- musité.
-Sí- afirmó él mientras se quitaba con la manga un espumarajo de cerveza que le cayó sobre el
bigote.- Pero no es lo que tú imaginas. Lo esencial es lo de las luces. Habrás oído hablar de las
luces que se ven por la noche desde la costa y los barcos... No se créas que las únicas víctimas son
los calamares. Han aparecido miles de peces muertos por estas playas...
-¿Y usted qué crée?
-Creo que algo que viene de otro mundo está envenenado las aguas. La gente de por aquí pronto empezará a enfermar.
-¿Y usted como lo sabe con tanta seguridad?
- A decir verdad, señorita, y lo puedes escribir para tu periódico se quieres, yo mismo tengo uno de esos bichos.
Comprendí que el hombre estaba chifaldo.
-¿En su casa?
-No digas tonterías. Vosotros los intelectuales no decís más que sandeces. Mira, si quieres te lo
muestro. Le sacas una foto, la pones en el periodico en que trabajas y punto. Es lo suyo. Así tiene
que ser, no se puede engañar a la gente para siempre. Mira, lo tengo en el agua, a cierta distancia
de aquí, atrapado entre unos escollos. Si quieres te llevo allí en mi barco.
-¿Tiene un barco?- pregunté, algo sorprendida.
- Efectivamente: El Gran Moby. De Moby Dyck, la ballena.
El Gran Moby, orgullo de Fidelius, era una especie de chalupa de madera vieja, angosta y
despintada, que flotaba como una cáscara de plátano al socaire del malecón, sobre el agua negra.
- Tú sientate delante y yo dirigiré desde atrás.- dijo- ¿Puedes remar, no?
- No será tan dificil.
- Rema siempre a ras del agua. Su hundes mucho los remos te costará un esfuerzo grande y el
Gran Moby no avanzará demasiado rapido.
Cuando salté a bordo de la precaria barquita, esta se balanceó de forma alarmante. Quizá
aquella iba a ser mi primera y última aventura marina. Además, sospechaba que Fidelius no
estaba del todo cuerdo.
Remar requería más fuerza de lo que me imaginara, pero resultaba agradable. La chalupa
avanzaba sobre el agua plateada y lisa de la ría, hacia mar abierto.
Fidelius y yo, en la barca, componíamos una escena curiosa, sin duda. Yo con mi amplia
gabardina blanca y el cabello al viento, él todo de negro y encorvado sobre el timón, sonriendo sin
parar. Perecíamos la parodia de uno de esos cuadros clásicos de la La Muerte y la Doncella.
Flotaba una brisa suave y húmeda procedente del este, que facilitaba nuestro avance.
Ya en mar abierta, navegamos lejos de la costa, pero sin perderla de vista. Reconocí la extensa
playa de Salinas, en la distancia, con el peñón que se levanta del agua en su extremo oeste,
coronado por una atalaya de piedra. El oleaje era fuerte y la barquita saltaba como un juguete
sobre las altas olas. Remar se hacía cada vez más arduo. Tuve miedo, en algún momenteo, de
que mi acompañante sufriera un infarto, porque resoplaba penosamente.
De pronto, contra el viento que ganaba fuerza, Fidelius gritó:
- Mira aquellos farallones. !Allí nos dirigimos¡
un conjunto de peñascos negros emergían de entre explosiones de espuma. Parecían realmente
siniestros.
- ¿ Allí quedó atrapado el bicho?- pregunté-
- Efectivamente...Y allí mismo se avistaron esas luces inexplicables, colgando de las nubes por la
noche.
Noté que el agua estaba alfombrada por una infididad de peces muertos. Con cada ola
golpeaban la quilla de la barca.
- Fijese - dijo el hombre-
Entre dos enormes piedras negras y porosas oradadas por las mareas, aparecía encajada una
forma oscura, imposible de definir a primera vista. Se trataba de un enorme cefalópodo. Los
tentáculos, larguisimos, como grandes culebras rodeadas de ojos velados por la muerts, flotaban
flacidamente en el agua. Aún no alcanzaba a distinguir la cabeza.
- ¿ Puede remar usted durante un momento, mientras saco unas fotos?- pregunté.
- ¡ Qué remedio !
Finalmente, pude ver lo que aquello era con claridad.
Comencé a tomar fotos. por el punto de mira, con visión aumentada, vi el cuerpo del calamar. Era
como un gran guiñapo cubierto de babas. Sentí repugancia. Su color, entre gris y amarillo.
Sin embargo, no experimenté terror alguno hasta que no avisté, con gran nitidez, su enorme
cabeza. No era la de un calamar ni ninguna otra bestia del mar. Era algo espantos, compuesto de
cientos de cabezas humana que asemejaban tumores sobre una especie de vasta protuberancia
amorfa. Había miles de ojos abiertos pero velados por la muerte.
Sentí que me desmayaba.
-Recompongase, señorita- oí decir a Fidelius.
- Pero, Dios mío, ¡eso es un monstruo!
- Saque las fotos y vamonos.
Regresamos al puerto. Tardé en poder hablar, pues estaba anonadada por lo que acababa de ver.
- Cielo santo, ¿qué era eso? ¿ Qué era?-exclamé.
- ¿Quien sabe?- oí decir al hombre´
-Le diré lo que yo pienso: esa criatura era parte de la tripulación de una nave intergaláctica que
se estrelló en el mar. Esa luces que la gente dice ver son las de las naves espaciales.
- Pero...¿y las cabezas humanas? Usted las ha visto, cientos de ellas...
- Solo puedo especular que esos alienígenas se alimentan de las especies con que se topan por
ahí, y que sus cuerpos se adaptan a las formas de lo que ingieren.
En el puerto nos esperaba un grupo de policías.
- Bonita excursión, ¿ verdad, señorita?-dijo uno.
- No fué del todo saludable- le contesté.
- Deme el carrete de fotos, por favor. Queda confiscado.
Se lo dí. No tenía ni pizca de gana de discutir con él. Lo guardó en un bolsillo de su chaqueta de
uniforme.
-Ahora vayase y diga lo que le apetezca, nadie la va a creer, sin fotos...
Fidelius sonrío: una mueca solicita y desagradable, de pocos dientes.
- Despues de este esfuerzo, alguien debería invitarme a una birra, ¿ qué les parece?
- Largate, borrachín- le dijo un poli.
Una semanas más tarde recibí una parcela por correo. Me sorprendió ver que eran algunas de la
fotos que había tomado aquella tarde: el puerto, la ría, barcos, la cara de Fidelius, sonriendo.
Pero ninguna del monstruo que había visto allá, en mar abierto, contra aquellos negros peñascos.
Los científicos no lo explicaban. Quizá no podían: estaban apareciendo cadáveres de calamares
gigantes cerca de la costa.
La prensa tampoco se atrevía a especular.
El último había aparecido junto al cabo Peñas, descubierto por un bañista que casi se muere del
susto. Una vez medida, la bestia resultó tener veinte metros de longitud.
Poco despúes un viejo marinero, Leandro, que se pasaba las horas muertas en un bar del muelle,
me dijo que aquella mañana un cefalópodo gigante había sido hallado muerto en la ría de Avilés.
Me dirigí allí para ver el calamar con mis propios ojos. Eran las doce del mediodía y me
sorprendió que hubiese tan poco tráfico. Dos enormes mercantes, pintados de color naranja,
reposaban en las aguas plomizas, contra un fondo de chimeneas de fabricas y colinas difuminadas
por la niebla. Unas cuantas lanchas de madera cabeceaban en el centro de la ría. No había
actividad en ninguno de los barcos de pesca anclados frente al edificio de la Hermandad de
pescadores Virgen de las Mareas.
Comencé a tomar fotos. Imagenes sin interés para nadie, pero que demostraban mi presencia
allí. Un grupo de hobres arrastraban redes hacia un barco. Otros dos tiraban de las redes hacia el
puente del mismo. Al verme, uno de los del grupo caminó en mi dirección. Me gritó que allí no se
permitía a nadie ajeno a los trabajos del puerto. El hombre tenía una cara ancha y simpática,
risueña. Llevaba un anorak de plástico amarillo.
-Estoy sacando fotos- le dije
-¿Por qué? Este sitio ers muy feo.
- Me gusta lo feo. Pero en realidad, vine a echar un vistazo al calamar gigante.
- Eso es un cuento- dijo- No hay por aquí ningún calamar gigante, ni vivo ni muerto.
- Léa los periodicos: se encontraron unos calamares muertos que miden hasta veinte metros de largo.
-Eso se lo inventaría un periodista aburrido- dijo él.
De todas formas, el hombre dejó que le sacara unas fotos frenta a la proa de un bonito barco azul.
A pesar de las palabras del marinero, permanecí merodeando por allí. Entré en un bar donde
comían loosa pescadores- Olía a pescado frito, sidra rancia y tabáco. Solo había hombres, algunos
muy ebrios. Los que me miraron lo hicieron con sorpresa y cierto recelo, como si la presencia de
una mujer allí fuera más inusual que la de un calamar gigante.
El bigotudo que servía al mostrador me preguntó qué se me ofrecía-
-Quiero sacar fotos de este bar y de la clientela- le informé.
-Ni se te ocurra, maja-gruñó él- Estos hombre no se parten el culo currando para que aparezca una turista y los convierta en souvenirs.
- Bueno- dije- por lo menos pongame un café con leche, corto de leche.
El hallazgo de los cafalópodos muertos era noticia por aquellos días, pero no la única que parecía
extraña. Con menos insistencia, los periódicos habían informado de avistamientos de luces
inexplicables volando por el cielo de la costa en las últimas semanas. La más reciiente había sido
observada por toda la tripulación de un paquebote a varias leguas del puerto de Gijón. Era,
dijeron, verde y con forma de huevo, e iluminaba la superficie del mar en un radio de varios
cientos de metros.
Yo estaba segura de que aquellas luces tenían algo que ver con la muerte de los calamares.
- No, nadie ha visto luces raras por aquí´contestó el bigotudo desde detrás de ñla barra cuando le
pregunté- Eso son cuentos chinos, a ver si se enteran ustedes...
Me hablaba en plural, como si yo representase a todo el insípido mundo que se extendía fuera de
los limites del puerto.
Un borracho de unos cincuenta años, flaco como un galgo, se puso a mi lado. Su piel curtida era
del color del cobre, pero tenía unos ojos de un azul reluciente y alegre. Llevaba barba gris
desgreñada y le faltaban dientes. Guiñó un ojo. Dijo que se llamaba Fidelius.
-Ni caso a estos, guapa- murmuró- les han dado ordenes de no decir nada, aparte de que son
embusteros ya de por sí.
- Así que están guardando un secreto- musité.
-Sí- afirmó él mientras se quitaba con la manga un espumarajo de cerveza que le cayó sobre el
bigote.- Pero no es lo que tú imaginas. Lo esencial es lo de las luces. Habrás oído hablar de las
luces que se ven por la noche desde la costa y los barcos... No se créas que las únicas víctimas son
los calamares. Han aparecido miles de peces muertos por estas playas...
-¿Y usted qué crée?
-Creo que algo que viene de otro mundo está envenenado las aguas. La gente de por aquí pronto empezará a enfermar.
-¿Y usted como lo sabe con tanta seguridad?
- A decir verdad, señorita, y lo puedes escribir para tu periódico se quieres, yo mismo tengo uno de esos bichos.
Comprendí que el hombre estaba chifaldo.
-¿En su casa?
-No digas tonterías. Vosotros los intelectuales no decís más que sandeces. Mira, si quieres te lo
muestro. Le sacas una foto, la pones en el periodico en que trabajas y punto. Es lo suyo. Así tiene
que ser, no se puede engañar a la gente para siempre. Mira, lo tengo en el agua, a cierta distancia
de aquí, atrapado entre unos escollos. Si quieres te llevo allí en mi barco.
-¿Tiene un barco?- pregunté, algo sorprendida.
- Efectivamente: El Gran Moby. De Moby Dyck, la ballena.
El Gran Moby, orgullo de Fidelius, era una especie de chalupa de madera vieja, angosta y
despintada, que flotaba como una cáscara de plátano al socaire del malecón, sobre el agua negra.
- Tú sientate delante y yo dirigiré desde atrás.- dijo- ¿Puedes remar, no?
- No será tan dificil.
- Rema siempre a ras del agua. Su hundes mucho los remos te costará un esfuerzo grande y el
Gran Moby no avanzará demasiado rapido.
Cuando salté a bordo de la precaria barquita, esta se balanceó de forma alarmante. Quizá
aquella iba a ser mi primera y última aventura marina. Además, sospechaba que Fidelius no
estaba del todo cuerdo.
Remar requería más fuerza de lo que me imaginara, pero resultaba agradable. La chalupa
avanzaba sobre el agua plateada y lisa de la ría, hacia mar abierto.
Fidelius y yo, en la barca, componíamos una escena curiosa, sin duda. Yo con mi amplia
gabardina blanca y el cabello al viento, él todo de negro y encorvado sobre el timón, sonriendo sin
parar. Perecíamos la parodia de uno de esos cuadros clásicos de la La Muerte y la Doncella.
Flotaba una brisa suave y húmeda procedente del este, que facilitaba nuestro avance.
Ya en mar abierta, navegamos lejos de la costa, pero sin perderla de vista. Reconocí la extensa
playa de Salinas, en la distancia, con el peñón que se levanta del agua en su extremo oeste,
coronado por una atalaya de piedra. El oleaje era fuerte y la barquita saltaba como un juguete
sobre las altas olas. Remar se hacía cada vez más arduo. Tuve miedo, en algún momenteo, de
que mi acompañante sufriera un infarto, porque resoplaba penosamente.
De pronto, contra el viento que ganaba fuerza, Fidelius gritó:
- Mira aquellos farallones. !Allí nos dirigimos¡
un conjunto de peñascos negros emergían de entre explosiones de espuma. Parecían realmente
siniestros.
- ¿ Allí quedó atrapado el bicho?- pregunté-
- Efectivamente...Y allí mismo se avistaron esas luces inexplicables, colgando de las nubes por la
noche.
Noté que el agua estaba alfombrada por una infididad de peces muertos. Con cada ola
golpeaban la quilla de la barca.
- Fijese - dijo el hombre-
Entre dos enormes piedras negras y porosas oradadas por las mareas, aparecía encajada una
forma oscura, imposible de definir a primera vista. Se trataba de un enorme cefalópodo. Los
tentáculos, larguisimos, como grandes culebras rodeadas de ojos velados por la muerts, flotaban
flacidamente en el agua. Aún no alcanzaba a distinguir la cabeza.
- ¿ Puede remar usted durante un momento, mientras saco unas fotos?- pregunté.
- ¡ Qué remedio !
Finalmente, pude ver lo que aquello era con claridad.
Comencé a tomar fotos. por el punto de mira, con visión aumentada, vi el cuerpo del calamar. Era
como un gran guiñapo cubierto de babas. Sentí repugancia. Su color, entre gris y amarillo.
Sin embargo, no experimenté terror alguno hasta que no avisté, con gran nitidez, su enorme
cabeza. No era la de un calamar ni ninguna otra bestia del mar. Era algo espantos, compuesto de
cientos de cabezas humana que asemejaban tumores sobre una especie de vasta protuberancia
amorfa. Había miles de ojos abiertos pero velados por la muerte.
Sentí que me desmayaba.
-Recompongase, señorita- oí decir a Fidelius.
- Pero, Dios mío, ¡eso es un monstruo!
- Saque las fotos y vamonos.
Regresamos al puerto. Tardé en poder hablar, pues estaba anonadada por lo que acababa de ver.
- Cielo santo, ¿qué era eso? ¿ Qué era?-exclamé.
- ¿Quien sabe?- oí decir al hombre´
-Le diré lo que yo pienso: esa criatura era parte de la tripulación de una nave intergaláctica que
se estrelló en el mar. Esa luces que la gente dice ver son las de las naves espaciales.
- Pero...¿y las cabezas humanas? Usted las ha visto, cientos de ellas...
- Solo puedo especular que esos alienígenas se alimentan de las especies con que se topan por
ahí, y que sus cuerpos se adaptan a las formas de lo que ingieren.
En el puerto nos esperaba un grupo de policías.
- Bonita excursión, ¿ verdad, señorita?-dijo uno.
- No fué del todo saludable- le contesté.
- Deme el carrete de fotos, por favor. Queda confiscado.
Se lo dí. No tenía ni pizca de gana de discutir con él. Lo guardó en un bolsillo de su chaqueta de
uniforme.
-Ahora vayase y diga lo que le apetezca, nadie la va a creer, sin fotos...
Fidelius sonrío: una mueca solicita y desagradable, de pocos dientes.
- Despues de este esfuerzo, alguien debería invitarme a una birra, ¿ qué les parece?
- Largate, borrachín- le dijo un poli.
Una semanas más tarde recibí una parcela por correo. Me sorprendió ver que eran algunas de la
fotos que había tomado aquella tarde: el puerto, la ría, barcos, la cara de Fidelius, sonriendo.
Pero ninguna del monstruo que había visto allá, en mar abierto, contra aquellos negros peñascos.
viernes, 11 de febrero de 2011
PRIMERA MUERTE
La playa de Salinas es larga. Como todas las playas extensas, es melancólica tambien. Solo hace falta que el cielo se nuble un poco para que se parezca mucho a una luenga acuarela de tonos tristes.
La mar allí puede volverse de un verde pálido, friolento, lacrímoso, y aparentar que llora.
En la punta oeste de la playa se alzan altos acantilados. Por la parte este, dunas blancas de las cuales surgen hierbas altas de color ocre que el viento tuerce y retuerce.
El verano es alegre en Salinas. La arena, bajo el sol, es dorada; el mar se pone ultramarino, cobalto y turquesa, y en la distancia puede adquirir un precioso tinte de lapislázuli.
Las gaviotas montan una algarbía que se mezcla a la de las saltarinas olas, y los gritos de los niños que juegan llenan el aire de júbilo.
Hay algo en la costa del norte que uno, por más lejos que esté, por más tiempo que pase sin volver a ella, nunca olvida. Se trata del aroma de los eucalíptos, por el cual empieza uno a sentir que se acerca al mar.
Las brisas saladas llevan sobre la vegas verdes ese extraño, dulce aroma, que es como un nepente para el alma, y que se queda en la memoria para siempre.
Cuando pienso en mi padre, puedo emplazarle en muchos lugares, pero siempre me vuelve la memoria de aquellos días en la playa de Salinas.
Era un nadador excelente. Se alejaba de la costa más que cualquiera. Le gustaba el agua.
Era uno de esos hombres que buscan la libertad en el agua.
El agua, rodeandonos con sus abrazos frescos, que parecen querer arrastararnos hacia un horizonte deonde ya nada es solido, puede alejarnos del mundo.
He vuelto allí para recordar aquellos días infantíles. Pero he vuelto en invierno.
Como la proa de un barco fantasma, la gran atalaya, a la que se accede sobre un puente colgante , parecía navegar en una marejada de ondulantes aguas grises. Excepto algunas personas que paseaban a sus perros por la arena, había un sesación de ausencia, de vacío
Era la misma playa, pero sin el viejo encanto, solo con la tristeza, vista no por los ojos de un niño sino de un hombre.
Recordé de pronto aquella tarde lejana.
Me recorrió un largo escalofrío, repentinamente. Aquella tarde yo había presenciado mi primera muerte, la primera muerte que me tocara ver en esta vida hecha de muertes. Y lo que ví marcaría mi transición de la niñez al mundo de los hombres.
La magia de la niñez puede transformar los peligros y miedos reales en algo vago y fantástico, pero un hombre no logra ya nunca escapar al sentimiento de que todo mal es oprimentemente real, y que su imaginación, aunque quisiera, no puede alterar nada ni un ápice.
Yo tenía doce años. Estaba apoyado sobre el tronco de un árbol caído en la arena. Eran las cinco y pico de la tarde y la luz se había vuelto extraña, oblicua.
Ya no hacía calor, sino que venía del mar un aliento friolento.
La playa se había quedado medio vacía. Solo algunos bañistas empedernidos se veían a lo lejos, como puntitos negros en el agua malva. Yo observaba a mi padre, que, no muy lejos, pero, como siempre, dejandome disfrutar de mi propia soledad, fumaba un cigarrillo, de pie donde morían las olas, mirando mar adentro, El viento le agitaba la camisa blanca, que estaba mojada.
De pronto oí el grito, un grito de terror. El nombre de una mujer: Moira.
Recuerdo que pensé, confusamente, que Moira era nombre de barca, lo mismo que Esmeralda, que a veces era el color del mar. Pensé tambien en una canción que mi padre a veces cantaba: "Más la mar es traidora:
se llevó mis tesoro, se llevó mis tres rosas..."
Un hombre corría al lado del rompeolas, mirando hacia el agua, despavorido, gritando aquel nombre : Moira.
Moira la de los ojos verdes, la del cabello cubierto de algas- Moira la muerta, de piel ya blanca, blanca como la gélida panza de un gran pez..
Playa dorada. Hipnótica cantinela de las olas estallando en espuma. El viento frio que erizaba imperceptiblemetne la arena.
Mi padre desparece en el mar. Durante unos largos minutos de profundo miedo, como si hubiera sido abandonado dentro de una enorme tumba, el corazón galopa dentro de mi pecho. Este el miedo, el miedo de verdad.
Un sudor frío me cubre cubre la piel.
En mi mente, veo a mi padre: su cuerpo largo, musculoso, bucea en una oscuridad verdosa. Pero sé que ya es tarde. La mujer está muerta. Su novio ya se ha arrodillado en la arena, frente a las holas, y ha hundido su rostro entre las manos, intuyendo que no se puede hacer nada.
Como un triste, como un patético Poseidón que hubiera perdido todos sus poderes, mi padre ahora surge de entre las olas. Lleva en sus brazos un cuerpo hermoso, joven y muy blanco, demasíado blanco, con la piel aún mojada de la larga y mortal caricia del mar.
La tumban en la arena, entre un pequeño grupo de mirones. Tiene el cabello rojizo empapado y pegado al rosto y los hombros. Los abiertos ojos azules, que me recuerdan a los de un pez, no ven nada. La espuma no cesa de salir por su boca abierta y chorrear cuello abajo.
Ha llegado la ambulancia. Intentan la rspiración artificial. Le inyectan algo directamente al corazón.
El bello cadáver empieza a vovlerse azul. azul como el mar mismo. Le pertenece al mar.
Mi padre rodea mis hombros de niño con su brazo nervudo y velloso. Le miro a los ojos. Tiene los ojos grises y fríos, los ojos, pienso yo, de un gran nadador.
El ha visto a la muerta debajo del agua. Ha estado solo con ella debajo del agua. De alguna forma, en mi mente, eso los une para siempre.
Mi padre murió hace unos años, por estas fechas. Siempre que pienso en él, pienso tambien en Moira,
La primera muerta que ví.
La mar allí puede volverse de un verde pálido, friolento, lacrímoso, y aparentar que llora.
En la punta oeste de la playa se alzan altos acantilados. Por la parte este, dunas blancas de las cuales surgen hierbas altas de color ocre que el viento tuerce y retuerce.
El verano es alegre en Salinas. La arena, bajo el sol, es dorada; el mar se pone ultramarino, cobalto y turquesa, y en la distancia puede adquirir un precioso tinte de lapislázuli.
Las gaviotas montan una algarbía que se mezcla a la de las saltarinas olas, y los gritos de los niños que juegan llenan el aire de júbilo.
Hay algo en la costa del norte que uno, por más lejos que esté, por más tiempo que pase sin volver a ella, nunca olvida. Se trata del aroma de los eucalíptos, por el cual empieza uno a sentir que se acerca al mar.
Las brisas saladas llevan sobre la vegas verdes ese extraño, dulce aroma, que es como un nepente para el alma, y que se queda en la memoria para siempre.
Cuando pienso en mi padre, puedo emplazarle en muchos lugares, pero siempre me vuelve la memoria de aquellos días en la playa de Salinas.
Era un nadador excelente. Se alejaba de la costa más que cualquiera. Le gustaba el agua.
Era uno de esos hombres que buscan la libertad en el agua.
El agua, rodeandonos con sus abrazos frescos, que parecen querer arrastararnos hacia un horizonte deonde ya nada es solido, puede alejarnos del mundo.
He vuelto allí para recordar aquellos días infantíles. Pero he vuelto en invierno.
Como la proa de un barco fantasma, la gran atalaya, a la que se accede sobre un puente colgante , parecía navegar en una marejada de ondulantes aguas grises. Excepto algunas personas que paseaban a sus perros por la arena, había un sesación de ausencia, de vacío
Era la misma playa, pero sin el viejo encanto, solo con la tristeza, vista no por los ojos de un niño sino de un hombre.
Recordé de pronto aquella tarde lejana.
Me recorrió un largo escalofrío, repentinamente. Aquella tarde yo había presenciado mi primera muerte, la primera muerte que me tocara ver en esta vida hecha de muertes. Y lo que ví marcaría mi transición de la niñez al mundo de los hombres.
La magia de la niñez puede transformar los peligros y miedos reales en algo vago y fantástico, pero un hombre no logra ya nunca escapar al sentimiento de que todo mal es oprimentemente real, y que su imaginación, aunque quisiera, no puede alterar nada ni un ápice.
Yo tenía doce años. Estaba apoyado sobre el tronco de un árbol caído en la arena. Eran las cinco y pico de la tarde y la luz se había vuelto extraña, oblicua.
Ya no hacía calor, sino que venía del mar un aliento friolento.
La playa se había quedado medio vacía. Solo algunos bañistas empedernidos se veían a lo lejos, como puntitos negros en el agua malva. Yo observaba a mi padre, que, no muy lejos, pero, como siempre, dejandome disfrutar de mi propia soledad, fumaba un cigarrillo, de pie donde morían las olas, mirando mar adentro, El viento le agitaba la camisa blanca, que estaba mojada.
De pronto oí el grito, un grito de terror. El nombre de una mujer: Moira.
Recuerdo que pensé, confusamente, que Moira era nombre de barca, lo mismo que Esmeralda, que a veces era el color del mar. Pensé tambien en una canción que mi padre a veces cantaba: "Más la mar es traidora:
se llevó mis tesoro, se llevó mis tres rosas..."
Un hombre corría al lado del rompeolas, mirando hacia el agua, despavorido, gritando aquel nombre : Moira.
Moira la de los ojos verdes, la del cabello cubierto de algas- Moira la muerta, de piel ya blanca, blanca como la gélida panza de un gran pez..
Playa dorada. Hipnótica cantinela de las olas estallando en espuma. El viento frio que erizaba imperceptiblemetne la arena.
Mi padre desparece en el mar. Durante unos largos minutos de profundo miedo, como si hubiera sido abandonado dentro de una enorme tumba, el corazón galopa dentro de mi pecho. Este el miedo, el miedo de verdad.
Un sudor frío me cubre cubre la piel.
En mi mente, veo a mi padre: su cuerpo largo, musculoso, bucea en una oscuridad verdosa. Pero sé que ya es tarde. La mujer está muerta. Su novio ya se ha arrodillado en la arena, frente a las holas, y ha hundido su rostro entre las manos, intuyendo que no se puede hacer nada.
Como un triste, como un patético Poseidón que hubiera perdido todos sus poderes, mi padre ahora surge de entre las olas. Lleva en sus brazos un cuerpo hermoso, joven y muy blanco, demasíado blanco, con la piel aún mojada de la larga y mortal caricia del mar.
La tumban en la arena, entre un pequeño grupo de mirones. Tiene el cabello rojizo empapado y pegado al rosto y los hombros. Los abiertos ojos azules, que me recuerdan a los de un pez, no ven nada. La espuma no cesa de salir por su boca abierta y chorrear cuello abajo.
Ha llegado la ambulancia. Intentan la rspiración artificial. Le inyectan algo directamente al corazón.
El bello cadáver empieza a vovlerse azul. azul como el mar mismo. Le pertenece al mar.
Mi padre rodea mis hombros de niño con su brazo nervudo y velloso. Le miro a los ojos. Tiene los ojos grises y fríos, los ojos, pienso yo, de un gran nadador.
El ha visto a la muerta debajo del agua. Ha estado solo con ella debajo del agua. De alguna forma, en mi mente, eso los une para siempre.
Mi padre murió hace unos años, por estas fechas. Siempre que pienso en él, pienso tambien en Moira,
La primera muerta que ví.
domingo, 6 de febrero de 2011
ahora
te amaría más bien ligeramente.
Con levedad. Rozandote apenas.
Con un contacto raudo como de ave,
o de nieve que te besa el rostro
y se evapora.
Como el viajero ama un paisaje
que vió, pero no para quedarse.
Te querría con un amor de fiesta,
que cuando acaba no te hiere,
que no cuesta olvidar, y sin embargo
no se olvida: un amor de juguete,
igual que aquel caballo colorado
de goma, la muñeca
que hablaba, aquel triciclo blanco.
te amaría, ahora que es tarde,
con un amor que no
te robase la sonrisa,
que no te pusiera
pálida
de pena.
Con levedad. Rozandote apenas.
Con un contacto raudo como de ave,
o de nieve que te besa el rostro
y se evapora.
Como el viajero ama un paisaje
que vió, pero no para quedarse.
Te querría con un amor de fiesta,
que cuando acaba no te hiere,
que no cuesta olvidar, y sin embargo
no se olvida: un amor de juguete,
igual que aquel caballo colorado
de goma, la muñeca
que hablaba, aquel triciclo blanco.
te amaría, ahora que es tarde,
con un amor que no
te robase la sonrisa,
que no te pusiera
pálida
de pena.
INQUILINO
Cuando llego a casa del trabajo, ya es noche cerrada. No ocurre como en verano, que los días se alargan y uno tiene deseos de salir a la calle otra vez y sentarse en la terraza de cualquier café, En los días invernales el frio es aterrador en Toronto, y oscurece a las cuatro y pico de la tarde.
Habito un estudio alquilado en la parte superior de una casa típica de esta ciudad, de dos plantas. El propietario vive en la primera planta con su familia. Es un inmigrante de las Azores que vapuléa a su mujer todos los sabados por la noche, cuando vuelve del bar. Tempranito la mañana del domingo salen los dos del brazo hacia la iglesia a escuchar misa, como si nada hubiera sucedido la noche anterior. Pero la mujer siempre lleva moratones en la cara. Nunca tuve agallas para ayudar a la mujer, aunque sentí que debía hacerlo. El portugués es un verdadero bruto, y si ella lo aguanta, ¿por qué iba a arriesgarme yo?
Esta noche abrí la puerta de entrada y pasé al vestíbulo oscuro. Sentí un ramalazo de miedo. En la vivienda del primer piso no había luz. Allí, desde hacía dos días, ya no vivía nadie. Y, en breve, yo tampoco estaría allí: la casa se había puesto en venta y yo seguía siendo su habitante porque la familia del portugués, unos hermanos que vivían en Detroit, me había dado permiso para quedarme hasta que hallase otro piso que alquilar.
Subí las escaleras de madera que crujieron bajo mi peso. Me apretaba el pecho una rara angustia, y aunque sabía que el portugués y su mujer no estaban allí, me perecía sentirlos-
Encendí las luces de mi estudio y abrí el agua caliente en la bañera.Cada dos días me teclaba a mi mismo con un baño de agua muy caliente, que me reconfortaba y me preparaba para dormir bien. Me metí a la bañera y comencé a pensar en lo que había pasado. Podía verlo en mi imaginación, aunque cuando ocurrió, yo no me hallaba en la casa: el matrimonio había empezado a reñir. Al parecer, esta vez el marido no había bebido y era la mujer quien había comenzado la pelea. El comenzó a atizarle con el puño como de costumbre. Un `puñetazo astilló la nariz de la mujer. Parece que el hueso de la nariz le laceró el cerebro, y se desplomó muerta- El hombre, casi inmediatamente despúes, se voló la cabeza con una escopeta de caza. Aquel terrible día, cuando yo regresé de trabajar, la primera planta de la casa estaba llena de sangre. Al día siguiente, sin embargo, ya todo se había limpiado y nadie hubiera dicho que había ocurrido allí semejante tragedia.
En la bañera, medio adormecido, veía en mi mente la cara hinchada por la rabia del portugués.
Y de pronto oí un ruido. Dí un salto y salí de la bañera. Aunque estaba desnudo y chorreando agua, me acerqué despacio a las escaleras. oía voces en lo profundo de la casa, quizá en la cocina.
Bajé las escaleras sigilosamente y miré al fondo del pasillo: efectívamente, la luz de la cocina estaba encnedida, y allí estaban el portugués y su mujer, hablando agitadamente. Un dolor vago en la cabeza me impedía ahora pensar con claridad. Se suponía que aquellos dos personajes ya estaban muertos. No supe que hacer. Pero, de pronto, el hombre alzó el puños y lo dejó caer sobre el cogote de su esposa, que se desplomó en suelo. Ví como el energumeno cojía un cuchillo de cocina y se disponía a matar a su mujer. Entonces reaccioné de forma que me dejó perplejo a mí mismo: eché a correr hacia la cocina a gran velocidad, me arrojé sobre el hombre y le arrebaté el cuchillo. Los tres nos quedamos allí sin decirnos nada, temblando. El portugués le dijo a su señora: "No ha pasado nada. Vamonos a dormir" Y yo volví a mi estudio. No oí otro ruido en toda la noche.
Al día siguiete, que era domingo, escuchí ruidos en el piso de abajo. La pareja se preparaba para ir a misa de mañana. Me asomé a la escalera y vi como salían por la puerta de punta en blanco.
Más tarde ese mismo día, vino a verme el hermano del portugués.
- Hemos pensado que quizá quiera usted seguir alquilando la casa por algunos meses- me dijo-
- ¿Yo ? ¿Solo en esta casa vacía? pregunté, con sorna.
_Bueno, mire, es que en realidad, aunque pasó lo que pasó, no estamos muy seguros de que mi hermano y su mujer se hayan ido todavía.
Habito un estudio alquilado en la parte superior de una casa típica de esta ciudad, de dos plantas. El propietario vive en la primera planta con su familia. Es un inmigrante de las Azores que vapuléa a su mujer todos los sabados por la noche, cuando vuelve del bar. Tempranito la mañana del domingo salen los dos del brazo hacia la iglesia a escuchar misa, como si nada hubiera sucedido la noche anterior. Pero la mujer siempre lleva moratones en la cara. Nunca tuve agallas para ayudar a la mujer, aunque sentí que debía hacerlo. El portugués es un verdadero bruto, y si ella lo aguanta, ¿por qué iba a arriesgarme yo?
Esta noche abrí la puerta de entrada y pasé al vestíbulo oscuro. Sentí un ramalazo de miedo. En la vivienda del primer piso no había luz. Allí, desde hacía dos días, ya no vivía nadie. Y, en breve, yo tampoco estaría allí: la casa se había puesto en venta y yo seguía siendo su habitante porque la familia del portugués, unos hermanos que vivían en Detroit, me había dado permiso para quedarme hasta que hallase otro piso que alquilar.
Subí las escaleras de madera que crujieron bajo mi peso. Me apretaba el pecho una rara angustia, y aunque sabía que el portugués y su mujer no estaban allí, me perecía sentirlos-
Encendí las luces de mi estudio y abrí el agua caliente en la bañera.Cada dos días me teclaba a mi mismo con un baño de agua muy caliente, que me reconfortaba y me preparaba para dormir bien. Me metí a la bañera y comencé a pensar en lo que había pasado. Podía verlo en mi imaginación, aunque cuando ocurrió, yo no me hallaba en la casa: el matrimonio había empezado a reñir. Al parecer, esta vez el marido no había bebido y era la mujer quien había comenzado la pelea. El comenzó a atizarle con el puño como de costumbre. Un `puñetazo astilló la nariz de la mujer. Parece que el hueso de la nariz le laceró el cerebro, y se desplomó muerta- El hombre, casi inmediatamente despúes, se voló la cabeza con una escopeta de caza. Aquel terrible día, cuando yo regresé de trabajar, la primera planta de la casa estaba llena de sangre. Al día siguiente, sin embargo, ya todo se había limpiado y nadie hubiera dicho que había ocurrido allí semejante tragedia.
En la bañera, medio adormecido, veía en mi mente la cara hinchada por la rabia del portugués.
Y de pronto oí un ruido. Dí un salto y salí de la bañera. Aunque estaba desnudo y chorreando agua, me acerqué despacio a las escaleras. oía voces en lo profundo de la casa, quizá en la cocina.
Bajé las escaleras sigilosamente y miré al fondo del pasillo: efectívamente, la luz de la cocina estaba encnedida, y allí estaban el portugués y su mujer, hablando agitadamente. Un dolor vago en la cabeza me impedía ahora pensar con claridad. Se suponía que aquellos dos personajes ya estaban muertos. No supe que hacer. Pero, de pronto, el hombre alzó el puños y lo dejó caer sobre el cogote de su esposa, que se desplomó en suelo. Ví como el energumeno cojía un cuchillo de cocina y se disponía a matar a su mujer. Entonces reaccioné de forma que me dejó perplejo a mí mismo: eché a correr hacia la cocina a gran velocidad, me arrojé sobre el hombre y le arrebaté el cuchillo. Los tres nos quedamos allí sin decirnos nada, temblando. El portugués le dijo a su señora: "No ha pasado nada. Vamonos a dormir" Y yo volví a mi estudio. No oí otro ruido en toda la noche.
Al día siguiete, que era domingo, escuchí ruidos en el piso de abajo. La pareja se preparaba para ir a misa de mañana. Me asomé a la escalera y vi como salían por la puerta de punta en blanco.
Más tarde ese mismo día, vino a verme el hermano del portugués.
- Hemos pensado que quizá quiera usted seguir alquilando la casa por algunos meses- me dijo-
- ¿Yo ? ¿Solo en esta casa vacía? pregunté, con sorna.
_Bueno, mire, es que en realidad, aunque pasó lo que pasó, no estamos muy seguros de que mi hermano y su mujer se hayan ido todavía.
miércoles, 2 de febrero de 2011
insatisfacción
Volver a la patria es morir. Eso escribió James Joyce. Y, cuando la opción de regresar a España se presentó en mi vida, la consideré muy en serio.
En realidad, yo no tenía ya vínculos con mi país de origen. Mis padres habían emigrado apenas cumplí los once años. Toda mi vida había transcurrido en un país de lengua inglesa. Y sin embargo no había desaparecido aquella vieja nostalgia por mi tierra, como si me la hubiesen robado, privandome de un destino que quizá hubiese sido mejor de haber permanecido allí.
En resumen: a lo largo de los años había soñado con regresar.
Y llegó un momento en que mi vida cambió. Fué un cambio sutil, pero radical. Un día, más bien una noche, con nieve azotando las calles en espirales gélidas, solo, completamete solo en aquella calle sin gente, y en la vida misma, tuve una clara visión del mar de Asturias, y pensé que era hora de alejarme de quien había sido y acercarme a aquel azul que se precisaba en mis sueños, en recuerdos rumorosos.
La nieve me helaba el rostro, congelaba mi cabello. Pensé: todo había pasado ya. Mi padre había muerto, mi matrimonio se había deshecho. Yo era un hombre que se enfrentaba de pronto al peso de medio siglo desperdeiciado o malogrado, según se mirase.
¿Y si volviera a mi país?
Supe inmediatamente que aquello sería futil. España no era ya mi país. No tenía historia allí.
En Norteamerica, la gente busca a otros de su propia especie. Los europeos acaban bebiendo juntos, perdonandose unos a otros sus constantes insultos, sus melancolías y estupideces. Alan, aquel inglés con quien escuchaba ópera en su jardín mientras nos emborrachabamos con jerez dulce, me lo había dicho:"nunca cometas el error, común entre los expatriados, de creer que un hombre es ciudadano del país donde es enterrado. Nada hay más falso. Se es ciudadano del país donde bebes con tus amigos, y punto. Si vuelves a España tú, o yo a Inglaterra, ni las paredes nos reconocerán. Ya hemos superado toda aquella mierda y ahora somos parte de la nieve en los bosques vacíos de gente, parte de esta tierra donde no hay nada de historia, solo el viento ululando a traves de pinares infinitos."
Pero volví. Volví a España-
Uno lleva los lugares por los que pasa, en los que vive, dentro de la cabeza. Y el lugar dentro de mi cabeza, al final, era demasiado grande para que cupiese en España.
Y una libertad que se ahoga día tras día dentro de mi pecho amenaza con estrecharme el corazón, con hacerme ciudadano de una tumba.
Hora de escapar...¿hacia dónde?
En realidad, yo no tenía ya vínculos con mi país de origen. Mis padres habían emigrado apenas cumplí los once años. Toda mi vida había transcurrido en un país de lengua inglesa. Y sin embargo no había desaparecido aquella vieja nostalgia por mi tierra, como si me la hubiesen robado, privandome de un destino que quizá hubiese sido mejor de haber permanecido allí.
En resumen: a lo largo de los años había soñado con regresar.
Y llegó un momento en que mi vida cambió. Fué un cambio sutil, pero radical. Un día, más bien una noche, con nieve azotando las calles en espirales gélidas, solo, completamete solo en aquella calle sin gente, y en la vida misma, tuve una clara visión del mar de Asturias, y pensé que era hora de alejarme de quien había sido y acercarme a aquel azul que se precisaba en mis sueños, en recuerdos rumorosos.
La nieve me helaba el rostro, congelaba mi cabello. Pensé: todo había pasado ya. Mi padre había muerto, mi matrimonio se había deshecho. Yo era un hombre que se enfrentaba de pronto al peso de medio siglo desperdeiciado o malogrado, según se mirase.
¿Y si volviera a mi país?
Supe inmediatamente que aquello sería futil. España no era ya mi país. No tenía historia allí.
En Norteamerica, la gente busca a otros de su propia especie. Los europeos acaban bebiendo juntos, perdonandose unos a otros sus constantes insultos, sus melancolías y estupideces. Alan, aquel inglés con quien escuchaba ópera en su jardín mientras nos emborrachabamos con jerez dulce, me lo había dicho:"nunca cometas el error, común entre los expatriados, de creer que un hombre es ciudadano del país donde es enterrado. Nada hay más falso. Se es ciudadano del país donde bebes con tus amigos, y punto. Si vuelves a España tú, o yo a Inglaterra, ni las paredes nos reconocerán. Ya hemos superado toda aquella mierda y ahora somos parte de la nieve en los bosques vacíos de gente, parte de esta tierra donde no hay nada de historia, solo el viento ululando a traves de pinares infinitos."
Pero volví. Volví a España-
Uno lleva los lugares por los que pasa, en los que vive, dentro de la cabeza. Y el lugar dentro de mi cabeza, al final, era demasiado grande para que cupiese en España.
Y una libertad que se ahoga día tras día dentro de mi pecho amenaza con estrecharme el corazón, con hacerme ciudadano de una tumba.
Hora de escapar...¿hacia dónde?
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