viernes, 11 de febrero de 2011

PRIMERA MUERTE

La playa de Salinas es larga. Como todas las playas extensas, es melancólica tambien. Solo hace falta que el cielo se nuble un poco para que se parezca mucho a una luenga acuarela de tonos tristes.
La mar allí puede volverse de un verde pálido, friolento, lacrímoso, y aparentar que llora.
En la punta oeste de la playa se alzan altos acantilados. Por la parte este, dunas blancas de las cuales surgen hierbas altas de color ocre que el viento tuerce y retuerce.
El verano es alegre en Salinas. La arena, bajo el sol, es dorada; el mar se pone ultramarino, cobalto y turquesa, y en la distancia puede adquirir un precioso tinte de lapislázuli.
Las gaviotas montan una algarbía que se mezcla a la de las saltarinas olas, y los gritos de los niños que juegan llenan el aire de júbilo.
Hay algo en la costa del norte que uno, por más lejos que esté, por más tiempo que pase sin volver a ella, nunca olvida. Se trata del aroma de los eucalíptos, por el cual empieza uno a sentir que se acerca al mar.
Las brisas saladas llevan sobre la vegas verdes ese extraño, dulce aroma, que es como un nepente para el alma, y que se queda en la memoria para siempre.

Cuando pienso en mi padre, puedo emplazarle en muchos lugares, pero siempre me vuelve la memoria de aquellos días en la playa de Salinas.
Era un nadador excelente. Se alejaba de la costa más que cualquiera. Le gustaba el agua.
Era uno de esos hombres que buscan la libertad en el agua.
El agua, rodeandonos con sus abrazos frescos, que parecen querer arrastararnos hacia un horizonte deonde ya nada es solido, puede alejarnos del mundo.
He vuelto allí para recordar aquellos días infantíles. Pero he vuelto en invierno.
Como la proa de un barco fantasma, la gran atalaya, a la que se accede sobre un puente colgante , parecía navegar en una marejada de ondulantes aguas grises. Excepto algunas personas que paseaban a sus perros por la arena, había un sesación de ausencia, de vacío
Era la misma playa, pero sin el viejo encanto, solo con la tristeza, vista no por los ojos de un niño sino de un hombre.
Recordé de pronto aquella tarde lejana.
Me recorrió un largo escalofrío, repentinamente. Aquella tarde yo había presenciado mi primera muerte, la primera muerte que me tocara ver en esta vida hecha de muertes. Y lo que ví marcaría mi transición de la niñez al mundo de los hombres.
La magia de la niñez puede transformar los peligros y miedos reales en algo vago y fantástico, pero un hombre no logra ya nunca escapar al sentimiento de que todo mal es oprimentemente real, y que su imaginación, aunque quisiera, no puede alterar nada ni un ápice.
Yo tenía doce años. Estaba apoyado sobre el tronco de un árbol caído en la arena. Eran las cinco y pico de la tarde y la luz se había vuelto extraña, oblicua.
Ya no hacía calor, sino que venía del mar un aliento friolento.
La playa se había quedado medio vacía. Solo algunos bañistas empedernidos se veían a lo lejos, como puntitos negros en el agua malva. Yo observaba a mi padre, que, no muy lejos, pero, como siempre, dejandome disfrutar de mi propia soledad, fumaba un cigarrillo, de pie donde morían las olas, mirando mar adentro, El viento le agitaba la camisa blanca, que estaba mojada.
De pronto oí el grito, un grito de terror. El nombre de una mujer: Moira.
Recuerdo que pensé, confusamente, que Moira era nombre de barca, lo mismo que Esmeralda, que a veces era el color del mar. Pensé tambien en una canción que mi padre a veces cantaba: "Más la mar es traidora:
se llevó mis tesoro, se llevó mis tres rosas..."
Un hombre corría al lado del rompeolas, mirando hacia el agua, despavorido, gritando aquel nombre : Moira.
Moira la de los ojos verdes, la del cabello cubierto de algas- Moira la muerta, de piel ya blanca, blanca como la gélida panza de un gran pez..
Playa dorada. Hipnótica cantinela de las olas estallando en espuma. El viento frio que erizaba imperceptiblemetne la arena.
Mi padre desparece en el mar. Durante unos largos minutos de profundo miedo, como si hubiera sido abandonado dentro de una enorme tumba, el corazón galopa dentro de mi pecho. Este el miedo, el miedo de verdad.
Un sudor frío me cubre cubre la piel.
En mi mente, veo a mi padre: su cuerpo largo, musculoso, bucea en una oscuridad verdosa. Pero sé que ya es tarde. La mujer está muerta. Su novio ya se ha arrodillado en la arena, frente a las holas, y ha hundido su rostro entre las manos, intuyendo que no se puede hacer nada.
Como un triste, como un patético Poseidón que hubiera perdido todos sus poderes, mi padre ahora surge de entre las olas. Lleva en sus brazos un cuerpo hermoso, joven y muy blanco, demasíado blanco, con la piel aún mojada de la larga y mortal caricia del mar.
La tumban en la arena, entre un pequeño grupo de mirones. Tiene el cabello rojizo empapado y pegado al rosto y los hombros. Los abiertos ojos azules, que me recuerdan a los de un pez, no ven nada. La espuma no cesa de salir por su boca abierta y chorrear cuello abajo.
Ha llegado la ambulancia. Intentan la rspiración artificial. Le inyectan algo directamente al corazón.
El bello cadáver empieza a vovlerse azul. azul como el mar mismo. Le pertenece al mar.
Mi padre rodea mis hombros de niño con su brazo nervudo y velloso. Le miro a los ojos. Tiene los ojos grises y fríos, los ojos, pienso yo, de un gran nadador.
El ha visto a la muerta debajo del agua. Ha estado solo con ella debajo del agua. De alguna forma, en mi mente, eso los une para siempre.
Mi padre murió hace unos años, por estas fechas. Siempre que pienso en él, pienso tambien en Moira,
La primera muerta que ví.

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