Alba era mi prima. había vivido siempre en un casetón de piedra empinado en lo alto de una colina. La visité allí solo una vez, y siempre recordaré el camastro de gruesa madera, estrecho y cercano a la techumbre, donde Alba dormía. La ventanas eras muy pequeñas, con marcos de gruesa madera. En aquellos días, se alumbraba la gente pobre, la gente del monte, con velas y candiles.
El padre de Alba había sido minero, pero contrajo la silicosis y lo jubilaron. Luego los mineros empezaron a cobrar buenas pensiones, pero en aquella época sus familias llevaban existencias paupérrimas.
Allí arriba el viento soplaba con fuerza, retorciendo los manzanos de la pomarada.
El invierno era duro. La nieve se apilaba entre los riscos.
Un día heladoo, el padre de Alba, mi tio Antón, cayó muerto mientras cortaba leña con un hacha. Aquel mismo día, Alba se vino a vivr con nosotros a la casa de abajo, en el pueblo, que era de mi abuela. Aquella casa era buena, de dos plantas y con cuadras. Tenía higuera, carbonera y al lado pasaba un río.
Yo escuchaba el rumor del agua desde mi cama, por la ventanuca abierta, casi todas las noches. Aquella ventana solo la cerrabamos en invierno.
Alba tenía ojos verdes. Yo creía que se le habían puesto así de vivir allí arriba, donde había tanto bosque. Los bosques suelen cambiarle a la gente el color de los ojos, lo mismo que el mar y la noche.
En una habitación que siempre permanecía con la puerta entrecerrada y en penumbra, vivía la hermana de mi abuela. Nunca salía de allí. Padecía de varias enfermedades terribles que la limitaban y no parecían matarla nunca. La veíamos por la ranura de la puerta entreabierta. Su pelo níveo, su perfil aquilino, el chal rojo y negro con bordados de hilo de oro. Y las manos transparentes, como de hielo.
Mi abuela y su hermana eran las supervivientes de nueve. Siete habían muerto cuando explotó una bomba con la que jugaban, la cual habían encontrado en un prado. En aquella época no era raro hallar artefactos de cuando la guerra tirados por ahí. Mi abuela no estaba, pero su hermana se quedó sorda y medio muerta de la explosión.
En aquella habitación oscura, incluso años despues de su fallecimiento, siempre se oiría la respiración y se olería la vejez enferma de aquella señora.
Alba y yo teníamos la misma edad, pero no nos llevabamos bien. Cada una iba por su lado, ignorando a la otra lo más posible.
Alba no se sentía feliz en el valle. Era una criatura de los altos, de las rocas. Echaba de menos andar por ahí suelta entre los árboles con las piernas llenas de arañazos y cortes. Y quedarse dormida al ulular del viento entre los riscos.
Una vez nos juntamos al lado del rio. Me dijo que si quería ser amiga suya debía cortarme una vena y darle a beber sangre. Ella haría lo propio.
Fascinada, vi la sangre de las dos flotando río abajo, por el agua verdosa.
-Esa señora que vive en la habitación oscura, ¿por qué no se muere?-dijo Alba-Lleva años y años pudriendose viva, en esa silla mecedora. Tenía que morirse para estar mejor.
Alba echaba de menos a su padre. La madre había muerto cuando tenía dos años, y no la recordaba.
Un día Alba me dijo que su padre, en las noches frías, se acostaba con ella. Así los dos se sentían calidos al amanecer, cuando todo despertaba cubierto de escarcha o de nieve. Recordaba el aliento de vino de su padre. Este la había acariado muchas veces, y otras cosas, y lo echaba de menos.
Aún la visitaba de vez en cuando.
Ella se despertaba en mitad de la noche y lo veía pegado contra la pared, tratando de no hacer ruido para no asustarla. Ahora no tenía la cara rojiza como cuando bebía vino, sino muy blanca, como a veces la luna.
Se conoce que los muertos no beben.
Tampoco lo olía cuando se sentaba al borde de la cama para acariciarla. Había perdido el olor. Era como aire, o como niebla.
El padre muerto de Alba, mi tío Antón, le pedía a su hija que se fuera con él.
Esas palabras oyó mi abuela de noche, retumbando como el trueno por la casa :"Vente conmigo, Alba: Yo todavía estoy en el monte!"
Mi abuela se soliviantaba sobremanera cuando oía a su hijo muerto decir tales cosas, y se hacía la señal de la cruz y lo corría de la casa a golpe de escoba.
Mi prima lloraba cada vez que algo de aquella índole ocurría. Ella quería irse.
Mi tio Antón empezó a hacer ruido por los rincones a cada poco. Incluso durante las comidas no nos dejaba en paz. Movía las perólas sobre la cocina de chapa. A veces abría el infiernillo y esparcía el carbón ardiendo a manotadas.
A principios del invierno en que mis padres me llevaron del pueblo a la capital, a vivir definitivamente con ellos, la anciana que vivía en la habitación umbrosa murió finalmente.
Alba se ahogo en un remanso del río. Y todos concluyeron que se había dejado morir bajo las ondas, por la cara de felicidad que mostraba el cadáver.
Arriba, en el casetón, el viento parecía que daba gritos, casi todas las noches...
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