Horas
otrora felizmente frescas y vacías
como los jardines pequeños al amanecer:
llenas hoy de sombras que se arrastran
sin encontrar ya más la forma que perdieron ,
llenas de flores mustias, de amarillentas papeletas,
documentos caducos, viejas facturas
y cartas de amor desteñidas
en carpetas azules como la juventud esfumada.
Lo futil de vivir se empieza a anunciar con lentitud
exasperante, por medio de vagas señales
del cansancio repentino de las cosas. En la luz,
en la nieve, en la lluvia
restan los objetos, perdiendo su razón de ser,
seniles, sin atreverse a recordarnos, empolvados.
Y, salvo para entristecernos y robarnos espacio,
de nada sirven.
El cuerpo requiere que lo alejemos de todo.
Que lo subamos a una cumbre,
que lo inundemos de agua vasta y fría por su boca
que podría beber todo un mar frío y salado,
un mar infinito como el sueño, como el espacio.
Nos aturde la memoria, ese
negropozo lleno de dolores que para nada sirvieron.
Respiramos hondamente
y un ave se libera de su jaula
por nuestra boca.
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