domingo, 6 de febrero de 2011

INQUILINO

Cuando llego a casa del trabajo, ya es noche cerrada. No ocurre como en verano, que los días se alargan y uno tiene deseos de salir a la calle otra vez y sentarse en la terraza de cualquier café, En los días invernales el frio es aterrador en Toronto, y oscurece a las cuatro y pico de la tarde.
Habito un estudio alquilado en la parte superior de una casa típica de esta ciudad, de dos plantas. El propietario vive en la primera planta con su familia. Es un inmigrante de las Azores que vapuléa a su mujer todos los sabados por la noche, cuando vuelve del bar. Tempranito la mañana del domingo salen los dos del brazo hacia la iglesia a escuchar misa, como si nada hubiera sucedido la noche anterior. Pero la mujer siempre lleva moratones en la cara. Nunca tuve agallas para ayudar a la mujer, aunque sentí que debía hacerlo. El portugués es un verdadero bruto, y si ella lo aguanta, ¿por qué iba a arriesgarme yo?
Esta noche abrí la puerta de entrada y pasé al vestíbulo oscuro. Sentí un ramalazo de miedo. En la vivienda del primer piso no había luz. Allí, desde hacía dos días, ya no vivía nadie. Y, en breve, yo tampoco estaría allí: la casa se había puesto en venta y yo seguía siendo su habitante porque la familia del portugués, unos hermanos que vivían en Detroit, me había dado permiso para quedarme hasta que hallase otro piso que alquilar.
Subí las escaleras de madera que crujieron bajo mi peso. Me apretaba el pecho una rara angustia, y aunque sabía que el portugués y su mujer no estaban allí, me perecía sentirlos-
Encendí las luces de mi estudio y abrí el agua caliente en la bañera.Cada dos días me teclaba a mi mismo con un baño de agua muy caliente, que me reconfortaba y me preparaba para dormir bien. Me metí a la bañera y comencé a pensar en lo que había pasado. Podía verlo en mi imaginación, aunque cuando ocurrió, yo no me hallaba en la casa: el matrimonio había empezado a reñir. Al parecer, esta vez el marido no había bebido y era la mujer quien había comenzado la pelea. El comenzó a atizarle con el puño como de costumbre. Un `puñetazo astilló la nariz de la mujer. Parece que el hueso de la nariz le laceró el cerebro, y se desplomó muerta- El hombre, casi inmediatamente despúes, se voló la cabeza con una escopeta de caza. Aquel terrible día, cuando yo regresé de trabajar, la primera planta de la casa estaba llena de sangre. Al día siguiente, sin embargo, ya todo se había limpiado y nadie hubiera dicho que había ocurrido allí semejante tragedia.
En la bañera, medio adormecido, veía en mi mente la cara hinchada por la rabia del portugués.
Y de pronto oí un ruido. Dí un salto y salí de la bañera. Aunque estaba desnudo y chorreando agua, me acerqué despacio a las escaleras. oía voces en lo profundo de la casa, quizá en la cocina.
Bajé las escaleras sigilosamente y miré al fondo del pasillo: efectívamente, la luz de la cocina estaba encnedida, y allí estaban el portugués y su mujer, hablando agitadamente. Un dolor vago en la cabeza me impedía ahora pensar con claridad. Se suponía que aquellos dos personajes ya estaban muertos. No supe que hacer. Pero, de pronto, el hombre alzó el puños y lo dejó caer sobre el cogote de su esposa, que se desplomó en suelo. Ví como el energumeno cojía un cuchillo de cocina y se disponía a matar a su mujer. Entonces reaccioné de forma que me dejó perplejo a mí mismo: eché a correr hacia la cocina a gran velocidad, me arrojé sobre el hombre y le arrebaté el cuchillo. Los tres nos quedamos allí sin decirnos nada, temblando. El portugués le dijo a su señora: "No ha pasado nada. Vamonos a dormir" Y yo volví a mi estudio. No oí otro ruido en toda la noche.
Al día siguiete, que era domingo, escuchí ruidos en el piso de abajo. La pareja se preparaba para ir a misa de mañana. Me asomé a la escalera y vi como salían por la puerta de punta en blanco.
Más tarde ese mismo día, vino a verme el hermano del portugués.
- Hemos pensado que quizá quiera usted seguir alquilando la casa por algunos meses- me dijo-
- ¿Yo ? ¿Solo en esta casa vacía? pregunté, con sorna.
_Bueno, mire, es que en realidad, aunque pasó lo que pasó, no estamos muy seguros de que mi hermano y su mujer se hayan ido todavía.

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