CEFALOPODOS
Los científicos no lo explicaban. Quizá no podían: estaban apareciendo cadáveres de calamares
gigantes cerca de la costa.
La prensa tampoco se atrevía a especular.
El último había aparecido junto al cabo Peñas, descubierto por un bañista que casi se muere del
susto. Una vez medida, la bestia resultó tener veinte metros de longitud.
Poco despúes un viejo marinero, Leandro, que se pasaba las horas muertas en un bar del muelle,
me dijo que aquella mañana un cefalópodo gigante había sido hallado muerto en la ría de Avilés.
Me dirigí allí para ver el calamar con mis propios ojos. Eran las doce del mediodía y me
sorprendió que hubiese tan poco tráfico. Dos enormes mercantes, pintados de color naranja,
reposaban en las aguas plomizas, contra un fondo de chimeneas de fabricas y colinas difuminadas
por la niebla. Unas cuantas lanchas de madera cabeceaban en el centro de la ría. No había
actividad en ninguno de los barcos de pesca anclados frente al edificio de la Hermandad de
pescadores Virgen de las Mareas.
Comencé a tomar fotos. Imagenes sin interés para nadie, pero que demostraban mi presencia
allí. Un grupo de hobres arrastraban redes hacia un barco. Otros dos tiraban de las redes hacia el
puente del mismo. Al verme, uno de los del grupo caminó en mi dirección. Me gritó que allí no se
permitía a nadie ajeno a los trabajos del puerto. El hombre tenía una cara ancha y simpática,
risueña. Llevaba un anorak de plástico amarillo.
-Estoy sacando fotos- le dije
-¿Por qué? Este sitio ers muy feo.
- Me gusta lo feo. Pero en realidad, vine a echar un vistazo al calamar gigante.
- Eso es un cuento- dijo- No hay por aquí ningún calamar gigante, ni vivo ni muerto.
- Léa los periodicos: se encontraron unos calamares muertos que miden hasta veinte metros de largo.
-Eso se lo inventaría un periodista aburrido- dijo él.
De todas formas, el hombre dejó que le sacara unas fotos frenta a la proa de un bonito barco azul.
A pesar de las palabras del marinero, permanecí merodeando por allí. Entré en un bar donde
comían loosa pescadores- Olía a pescado frito, sidra rancia y tabáco. Solo había hombres, algunos
muy ebrios. Los que me miraron lo hicieron con sorpresa y cierto recelo, como si la presencia de
una mujer allí fuera más inusual que la de un calamar gigante.
El bigotudo que servía al mostrador me preguntó qué se me ofrecía-
-Quiero sacar fotos de este bar y de la clientela- le informé.
-Ni se te ocurra, maja-gruñó él- Estos hombre no se parten el culo currando para que aparezca una turista y los convierta en souvenirs.
- Bueno- dije- por lo menos pongame un café con leche, corto de leche.
El hallazgo de los cafalópodos muertos era noticia por aquellos días, pero no la única que parecía
extraña. Con menos insistencia, los periódicos habían informado de avistamientos de luces
inexplicables volando por el cielo de la costa en las últimas semanas. La más reciiente había sido
observada por toda la tripulación de un paquebote a varias leguas del puerto de Gijón. Era,
dijeron, verde y con forma de huevo, e iluminaba la superficie del mar en un radio de varios
cientos de metros.
Yo estaba segura de que aquellas luces tenían algo que ver con la muerte de los calamares.
- No, nadie ha visto luces raras por aquí´contestó el bigotudo desde detrás de ñla barra cuando le
pregunté- Eso son cuentos chinos, a ver si se enteran ustedes...
Me hablaba en plural, como si yo representase a todo el insípido mundo que se extendía fuera de
los limites del puerto.
Un borracho de unos cincuenta años, flaco como un galgo, se puso a mi lado. Su piel curtida era
del color del cobre, pero tenía unos ojos de un azul reluciente y alegre. Llevaba barba gris
desgreñada y le faltaban dientes. Guiñó un ojo. Dijo que se llamaba Fidelius.
-Ni caso a estos, guapa- murmuró- les han dado ordenes de no decir nada, aparte de que son
embusteros ya de por sí.
- Así que están guardando un secreto- musité.
-Sí- afirmó él mientras se quitaba con la manga un espumarajo de cerveza que le cayó sobre el
bigote.- Pero no es lo que tú imaginas. Lo esencial es lo de las luces. Habrás oído hablar de las
luces que se ven por la noche desde la costa y los barcos... No se créas que las únicas víctimas son
los calamares. Han aparecido miles de peces muertos por estas playas...
-¿Y usted qué crée?
-Creo que algo que viene de otro mundo está envenenado las aguas. La gente de por aquí pronto empezará a enfermar.
-¿Y usted como lo sabe con tanta seguridad?
- A decir verdad, señorita, y lo puedes escribir para tu periódico se quieres, yo mismo tengo uno de esos bichos.
Comprendí que el hombre estaba chifaldo.
-¿En su casa?
-No digas tonterías. Vosotros los intelectuales no decís más que sandeces. Mira, si quieres te lo
muestro. Le sacas una foto, la pones en el periodico en que trabajas y punto. Es lo suyo. Así tiene
que ser, no se puede engañar a la gente para siempre. Mira, lo tengo en el agua, a cierta distancia
de aquí, atrapado entre unos escollos. Si quieres te llevo allí en mi barco.
-¿Tiene un barco?- pregunté, algo sorprendida.
- Efectivamente: El Gran Moby. De Moby Dyck, la ballena.
El Gran Moby, orgullo de Fidelius, era una especie de chalupa de madera vieja, angosta y
despintada, que flotaba como una cáscara de plátano al socaire del malecón, sobre el agua negra.
- Tú sientate delante y yo dirigiré desde atrás.- dijo- ¿Puedes remar, no?
- No será tan dificil.
- Rema siempre a ras del agua. Su hundes mucho los remos te costará un esfuerzo grande y el
Gran Moby no avanzará demasiado rapido.
Cuando salté a bordo de la precaria barquita, esta se balanceó de forma alarmante. Quizá
aquella iba a ser mi primera y última aventura marina. Además, sospechaba que Fidelius no
estaba del todo cuerdo.
Remar requería más fuerza de lo que me imaginara, pero resultaba agradable. La chalupa
avanzaba sobre el agua plateada y lisa de la ría, hacia mar abierto.
Fidelius y yo, en la barca, componíamos una escena curiosa, sin duda. Yo con mi amplia
gabardina blanca y el cabello al viento, él todo de negro y encorvado sobre el timón, sonriendo sin
parar. Perecíamos la parodia de uno de esos cuadros clásicos de la La Muerte y la Doncella.
Flotaba una brisa suave y húmeda procedente del este, que facilitaba nuestro avance.
Ya en mar abierta, navegamos lejos de la costa, pero sin perderla de vista. Reconocí la extensa
playa de Salinas, en la distancia, con el peñón que se levanta del agua en su extremo oeste,
coronado por una atalaya de piedra. El oleaje era fuerte y la barquita saltaba como un juguete
sobre las altas olas. Remar se hacía cada vez más arduo. Tuve miedo, en algún momenteo, de
que mi acompañante sufriera un infarto, porque resoplaba penosamente.
De pronto, contra el viento que ganaba fuerza, Fidelius gritó:
- Mira aquellos farallones. !Allí nos dirigimos¡
un conjunto de peñascos negros emergían de entre explosiones de espuma. Parecían realmente
siniestros.
- ¿ Allí quedó atrapado el bicho?- pregunté-
- Efectivamente...Y allí mismo se avistaron esas luces inexplicables, colgando de las nubes por la
noche.
Noté que el agua estaba alfombrada por una infididad de peces muertos. Con cada ola
golpeaban la quilla de la barca.
- Fijese - dijo el hombre-
Entre dos enormes piedras negras y porosas oradadas por las mareas, aparecía encajada una
forma oscura, imposible de definir a primera vista. Se trataba de un enorme cefalópodo. Los
tentáculos, larguisimos, como grandes culebras rodeadas de ojos velados por la muerts, flotaban
flacidamente en el agua. Aún no alcanzaba a distinguir la cabeza.
- ¿ Puede remar usted durante un momento, mientras saco unas fotos?- pregunté.
- ¡ Qué remedio !
Finalmente, pude ver lo que aquello era con claridad.
Comencé a tomar fotos. por el punto de mira, con visión aumentada, vi el cuerpo del calamar. Era
como un gran guiñapo cubierto de babas. Sentí repugancia. Su color, entre gris y amarillo.
Sin embargo, no experimenté terror alguno hasta que no avisté, con gran nitidez, su enorme
cabeza. No era la de un calamar ni ninguna otra bestia del mar. Era algo espantos, compuesto de
cientos de cabezas humana que asemejaban tumores sobre una especie de vasta protuberancia
amorfa. Había miles de ojos abiertos pero velados por la muerte.
Sentí que me desmayaba.
-Recompongase, señorita- oí decir a Fidelius.
- Pero, Dios mío, ¡eso es un monstruo!
- Saque las fotos y vamonos.
Regresamos al puerto. Tardé en poder hablar, pues estaba anonadada por lo que acababa de ver.
- Cielo santo, ¿qué era eso? ¿ Qué era?-exclamé.
- ¿Quien sabe?- oí decir al hombre´
-Le diré lo que yo pienso: esa criatura era parte de la tripulación de una nave intergaláctica que
se estrelló en el mar. Esa luces que la gente dice ver son las de las naves espaciales.
- Pero...¿y las cabezas humanas? Usted las ha visto, cientos de ellas...
- Solo puedo especular que esos alienígenas se alimentan de las especies con que se topan por
ahí, y que sus cuerpos se adaptan a las formas de lo que ingieren.
En el puerto nos esperaba un grupo de policías.
- Bonita excursión, ¿ verdad, señorita?-dijo uno.
- No fué del todo saludable- le contesté.
- Deme el carrete de fotos, por favor. Queda confiscado.
Se lo dí. No tenía ni pizca de gana de discutir con él. Lo guardó en un bolsillo de su chaqueta de
uniforme.
-Ahora vayase y diga lo que le apetezca, nadie la va a creer, sin fotos...
Fidelius sonrío: una mueca solicita y desagradable, de pocos dientes.
- Despues de este esfuerzo, alguien debería invitarme a una birra, ¿ qué les parece?
- Largate, borrachín- le dijo un poli.
Una semanas más tarde recibí una parcela por correo. Me sorprendió ver que eran algunas de la
fotos que había tomado aquella tarde: el puerto, la ría, barcos, la cara de Fidelius, sonriendo.
Pero ninguna del monstruo que había visto allá, en mar abierto, contra aquellos negros peñascos.
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