domingo, 1 de diciembre de 2013

el primer amor


EL PRIMER AMOR

 

 

Nevaba. Copiosamente. Y el frío era un suplicio.

 

Por los claustros del monasterio, antiquísimo, y que ahora era un internado donde cerca de ochocientas chicas sufrían la disciplina de las monjas, día y noche, el viento glacial cruzaba aullando. Yo lo oía, como a una loba, desde mi lecho, en el dormitorio del tercer piso, en la completa oscuridad llena de la mal sincopada respiración de cerca de veinticinco internas dormidas. La supervisora de nuestro dormitorio acababa de pasar con la linterna encendida, enfocándola a los ojos de las durmientes. No notó que yo estaba despierta. Pasó de largo, silenciosa.

 

Pensaba, con los ojos cerrados, en una foto que había visto en un gran libro de arte, en la biblioteca. Era del David de Donatello. Un David muy diferente al de Miguel Ángel: un David que parecía una chica, con el pelo largo sobre los hombros y las facciones exquisitas. Se parecía a ella, y ora David, ora mi hermosa amiga, entraban y salían de mi mente calenturienta, fantasmagóricos, mientras, bajo las sábanas, evitando ser percibida, me masturbaba.

 

La amaba ya, habiéndola conocido ese mismo día, con un deseo quemador, pero frío, como el hielo de la cumbre. Lloraba pensando en sus labios bellísimos, en la luz melosa que traspasaba, desde el alma, sus irises de ámbar. Y en su cabello ondulado, rubio, tan diferente al mío.

 

Lo que realmente amaba de ella, casi con envidia, casi con recelo, puesto que yo carecía de tal cualidad, era aquella libertad que en todo lo referente a ella se advertía. Era como un gato del monte, apasionada y cruel a la vez. Había nacido para liderar, y efectivamente tenía su banda de seguidoras incondicionales. Las quería y las maltrataba. Las besaba y las pegaba con la misma violencia. Ellas exhibían con orgullo las marcas malvas de sus besos o sus bofetadas.

 

Aquel día yo no había asistido a las clases de la mañana, sin importarme que después me castigasen. Caminaba por la orilla del río que cruzaba ante el monasterio, entre los árboles desnudos, sin pensar en nada, viendo como el agua rápida discurría entre pedazos de hielo. De pronto oí las voces. Un grupo de estudiantes , a la entrada del bosquecillo de abedules, apaleaba a un perro grande y de pelambre blanca, que gemía penosamente. Le daban con largas estacas, riéndose, hasta que el perro cayó sobre la nieve, agonizando. De su morro, tiñendo la nieve de rojo, brotaba sangre a raudales.

 

Yo me había ocultado tras un árbol para observar sin ser descubierta, pero una de las chicas había dado un rodeo y se había plantado detrás de mí: de pronto su fuerte mano me tapaba la boca, haciéndome daño.

 

-Hija de puta- susurró en mi oído- Ese perro que matamos es el de sor Agnes, que es una cabrona, y se lo merece. Si quieres que a ti te pase lo mismo ve y di lo que has visto.

 

Yo jadeaba de miedo. Me cogió violentamente del pelo y puso su rostro muy cerca del mío. Nuestros ojos se encontraron y por primera vez en mi vida reconocí que me perturbaba de forma placentera que me tratasen de aquella forma. Si se trataba de alguien como ella, no me importaba ser víctima. Su mirada serena, como de agua fría, se hundió en la mía desvergonzadamente y, sin venir a cuento, incongruentemente, hundió sus lengua entre mis

 

labios. De forma igualmente abrupta, me apartó de sí con un empujón y se alejó sobre la nieve. Ciertamente, poseía la gracia y ligereza de una corza. El grupo desapareció como había aparecido, dejando el cadáver del perro tirado sobre la nieve, y a mí, sorprendida y sumida en una especie de tristeza lujuriosa, tiritando de frío.

 

De las noches siguientes, no hubo una que no estuviese embrujada por el recuerdo de Emilia. Su beso, el primer beso realmente sexual que había experimentado, se repetía en mi memoria dolorosamente, y soñaba que ella estaba a mi lado, y que hundía mi lengua entre sus fuertes muslos, mojándolos de lágrimas. Ella se había convertido en el centro de mi existencia, y nada más me importaba. Incluso me agradaba imaginar que moríamos juntas, en la nieve, arriba en las montañas, en los dominios del viento, lejos de las monjas, de nuestros padres, de toda la porquería que nos rodeaba y de la cual ella parecía tan remota. Y es que, con la clarividencia de las niñas enamoradas, yo ya sabía que el objeto de mi pasión no viviría mucho tiempo. Ningún ser de tal belleza, de espíritu tan libre, permanece largo tiempo en el mundo.

 

Nunca fuí miembro de su banda de salvajes, ni participé en ninguna de las fechorías que las hacían notorias entre todas las internas. Pero ella, al tanto de mi timidez, tomó la iniciativa y me visitó de noche. Nadie nos descubrió nunca. Pero a lo largo de aquel invierno helado, en el antiguo internado situado en plena montaña asturiana, en la salvaje soledad, rodeadas de nieve, silencio y piedra, entrelazamos nuestros cuerpos y almas, y fuimos una sola persona, una y otra vez.

 

La bella Emilia, la fuerte y cruel Emilia, nunca dejó de portarse conmigo como si yo le perteneciera totalmente, y yo nunca quise que fuera de otra forma. Pero en su alma indómita había tanta nobleza como rebeldía, y no consiguió ver que en la mia, sumisa y compleja, mucho más llevada de sentimientos vulgares, emergía, junto al amor casi suicida que le profesaba, la necesidad de deshacerla, de liberarme de ella para seguir viviendo como un ser normal, pero sin perderla. Pronto los celos mortales, el resentimiento, la envidia, afloraron en el mismo amor que le profesaba. Y busqué formas de hacerle daño.

 

Busqué el instrumento de su destrucción. Y lo encontré fácilmente en su pupitre, una tarde cuando todas las internas estaban en el recreo. Se trataba de un librito en el cual Emilia había hecho innumerable dibujos, todos muy bellos, y escrito sus pensamientos en una especie de diario. Allí se mencionaba, una y otra vez, algo atroz, que yo ni había sospechado: Sor Agnes, la dueña del perro asesinado, usaba a Emilia como su esclava sexual. Había descripciones de las cosas vergonzosas que la monja perpetraba en el cuerpo de Emilia en la soledad de su celda. Había exclamaciones de horror en aquel diario, escritas por la misma Emilia, en las cuales palpitaban su sentido de culpabilidad y su odio hacia aquella monja sádica. Y estaba mi propio nombre, garabateado con violencia, rodeado de corazones sangrantes atravesados por alfileres y espinas-

 

Acudí a la rectora del internado con el libro. Que yo sepa, no se tomó medida alguna contra Sor Agnes. Pero pronto fue de conocimiento general que Emilia había mantenido relaciones sexuales con monjas a cambio de dinero y buenas notas. Un día vino a verme, suplicante, puesto que yo ya había roto con ella, no queriendo verme envuelta en su vergonzosa reputación. Recuerdo que gocé cruelmente de aquel instante. La repudié. Casi no le dirigí la palabra. Ella me miraba fijamente, con su hermoso rostro descompuesto por el dolor. Absurdamente, me pedía que nos

 

fuésemos juntas, muy lejos de allí. Todo el mundo la despreciaba, no podía soportarlo- Yo, simplemente, volví la cabeza para no verla más y, en el espejo que había frente a mí, besé mi propia imagen en los labios, dejando la nube de mi aliento sobre el cristal frío. Emilia entendió: ya no la quería, ya no la necesitaba. Y al dejarme, me miró con nostalgia, como si, a pesar de todo, todavía me amase.

 

Unos días más tarde, el cuerpo de Emilia, ahogada, era recuperado del río.

Vidal Alcolea

 

sábado, 24 de diciembre de 2011

más allá de lo posible

Hay misterios cuya resolución precisa un extra de ánimo por parte del investigador, por abrumadores. ¿Cómo, sin luz ninguna y a cuarenta metros bajo tierra, pintaron los egicios antiguos los detallados murales de las cámaras mortuorias de los reyes en las piramides? ¿Cómo escribió Josefo sus vastos volúmenes de historia, ya viejito y en una era en que no se conocían las gafas? ¿Cómo voy yo a terminar este microrelato cuando las mías, mis gafas, se me han roto en pleno día de navidad y no hay nada abierto para agenciarme unas nuevas? Las pisé por accidente y se partieron por la mitad. Con una cerilla, traté de soldar la concha, pero no funcionó. Luego quise arreglarlas con celofán, pero ni por esas.
Apï zue whe dxidido ajvar el mgrolelato sim ñas jopidaz jafaz...

viernes, 23 de diciembre de 2011

Proceso

Como debo pasar las navidades solo, hace unos días he puesto un tomate sobre un papel de acuarela en blanco, en la mesita del salón, para ver como sus células comienzan a pelearse entre ellas desde adentro, y se pudre poco a poco.
A estas alturas ya no parece un tomate, sino una especie de corazón oscuro en los estados últimos de la desintegración.
No sé cuando empecé a interesarme por el proceso del deterioro: si las cosas orgánicas no se cuidan constantemente, tienden a autodestruirse.Esto no es de extrañar, pues, aunque raramente lo recordemos, el planeta es una piedra que atraviesa el espacio con una violencia terrorífica:ciento setenta y pico mil kilómetros por hora. Lo cual quiere decir que cualquier cosa viva contiene en su interior una violencia parecida.
Por eso mi tomate se pudre: aunque por fuera parezca algo redondo y sereno, saludablemente rojo, por dentro se devora a sí mismo. Lo peor es que si decido no comermelo, todo el próposito de su existencia se va al traste, y el tomate se convierte en algo futil y deprimente. Un tomate suicida.
Con el amor seguramente pasa lo mismo. Yo lo he visto pudrirse como una fruta pocha. Literalmente, su cadáver de uva pasa se asoma a los ojos de la persona olvidada como una espécie de excremento de los dioses, y no puede haber muchas cosas más miserables y tristes.
Cómo decía, o murmuraba, más bien, aquel cónsul ingés consumido, en Cuernavaca, por el acohol y un recuerdo de traiciones incomprensibles:
"yo vivo porque aún te espero, y el día que llegues ya no tendré por qué seguir viviendo".
Indudablemente, siempre ha habido guerras y crueldad en el mundo. Y el corazón no es capaz nunca de entender los propósitos de Dios.
Incluso cuando ya ha empezado a devorarse a sí mismo desde adentro,
este tomate es de una belleza sublíme.
Pero es hora de arrojarlo al cubo de la basura. Ya no sirve para nada.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

Brian Marion

Este año no parece irse sin completar una buena cosecha de almas. Dos personas cercanas a mí murieron la semana pasada y, hoy, recibo la noticia de que un viejo amigo, un artista canadiense nativo con quien bebí y discutí de arte y espiritualidad muchas veces, acaba de fallecer.
Tenía 51 años y había dedicado toda la vida a comunicar la verdad cósmica que alienta en la visión de la vida de la cultura Cree por medio de su pintura. Era díscipulo del gran maestro Norval Morrisseau, a quien tambien tuve el honor de conocer.
Durante muchos años estudié las simbología del arte nativo canadiense, y de Brian Marion, aquien su gente apodaba "pequeño colibrí", aprendí que la linea fluye directamente del universo a la mano, que en una forma están todas las formas, y que el hilo del espiritu conecta todos los cuerpos y colores.
Bueno, compañero: el arte es lo que hacemos cuando el alma quiere volar.
Como tú dijiste aquella vez: "en mitad de un lago muy sereno, hay una isla. Yo la llamo la isla de las cerezas. Y allï no se conoce la pena"
Los indios canadienses comprenden la naturaleza y sus ciclos mejor que nadie.
Feliz vuelo, Brian.
.

lunes, 12 de diciembre de 2011

El viaje al escorial

En Madrid, no tuve suerte.
El austriaco llevaba una hermosa cámara de cine antigua y no paraba de detenerse para hacer tomas de cada rincón, de cada iglesia, de cada fachada. Yo me pelaba de frío.
Madrid es una hermosa ciudad con mucha vida. Las callejas enrevesadas del barrio donde estaba nuestro hostal estaban rebosantes de gente de todo tipo. Bares y restaurantes, a tope.
Al austriaco, y a mí, nos pirrió la cerveza madrileña de caña. "mejor que la alemana"-decía- "refresca más".
Al austriaco le conozco hace mucho tiempo. Vivíamos en Canadá, y nos juntabamos para tomar café y hablar de todo. De profesión es contable. Estuvo casado alguna vez. Desde su divorcio, vive solo. Es un tipo de pelo blanco, que toma grandes cantidades de vitaminas y hace ejercicio con regularidad. Es bastante religioso. A veces, creyendo ayudarme, se pone a hablarme de la fé. Conversamos en inglés. Su inglés es pulcro, frío, y se expresa exactamente. Es un tipo elegante y de modales delicados. pero solo hace falta fijarse para darse cuenta de que hay en él algo muy duro. Tiene un cuerpo de atléta, y disciplinado para cualquier esfuerzo, incluso para la violencia si se diera el caso.
Desde que me mudé a España, me visita una vez al año. Como nació en Austria, le gusta visitar todos los monumentos relacionados con la casa de los Hapsburgo. Esta vez, sobre todo, deseaba ver el Escorial. "Allí están las tumbas de nuestros reyes"-decía. "Se trata de nuestra cultura, de lo que somos, tanto tú como yo."
Yo estaba más interesado en la madrileñas, que llenaban las calles y garitos de una sexualidad misteriosa, un poco orgullosa y lejana. Pude acercarme a algunas, brevemente, pero no tuve suerte, como ya dije antes.
En el Escorial soplaba el viento de la sierra y hacía frío. Comenté que era el único edificio de su índole que yo había visto cuya fachada está totalmente desprovista de símbolos religiosos. Es de una austeridad militar y aburrida, y no me gustó. hasta que descendimos a los panteones de los reyes. Allí, a viente metros por debajo del suelo, descubrimos un lujo de opulencia barbárica, mármoles grises, burgundis y verde oscuros, rematados con complicados retoques de oro.
En pesados sarcofagos de mármol yacían los miembros de los Hapsburgo, y el sentimeinto quer se desprendía de aquellas criptas de solemnes frialdad y silencio era de aislamiento, como si toda una línea de sangre, de monarcas a infantes, convivesen serenamente en aquel reino de la Muerte. La personalidad meláncolica, exclusivista, mística, de los hapsburgo, se percibía en el ambiente. De pronto, entendí la naturaleza de la antigua aristocracia. Creían tener precedencia ante Dios, estar más cerca de El.
Traté de pensar criticamente, como hombre democrático y moderno, y verlo todo con cierto cinísmo. Pero no pude. La grandeza de aquella familia que mantuvo un imperio a golpe de espada y de cruz me sobrepasaba. En aquel dominio de la muerte habían una calma y una belleza sigulares, que ponían a uno en contacto con algo sobrenatural.
Sobre los enormes, níveos sepulcros de los infantes, alineados a lo largo de sombríos muros, había talladas guirnaldas de mármol de tal delicadeza que podrían haber sido de seda.
Una palabra cruzaba mi cerebro anonadado por tanto esplendor en piedra, por tanto cadáver allí reposante durante cientos de años: España.
De pronto, el austriaco tropezó con una escalinata y cayó al suelo, con el
chirrido de sus cámaras de fotografía que se hacían añicos. había estado haciendo fotos sin ser visto, lo cual no estaba permitido.
-Bueno, Josef- le dije- Quizá seas tú el último austriaco que caiga muerto en este panteón, y te entierren junto a Carlos V. Todo un privilegio.
- En cualquier caso,amigo mío -me contestó- Se conoce que a nuestros monarcas les molesta la tecnología, porque me han jodido las cámaras.

lunes, 24 de octubre de 2011

Los celos

Aceleró en aquel tramo de la carretera. La luna. El mar de otoño.
El año pasado, por estas fechas, había dejado tras él, sobre el suelo de la playa, el cadáver de Julio.
Le asesinó mientras en la casa seguían festejando el día de todos los santos. Con una navaja de bolsillo. Facilmente.
El mismo consoló a la prometida de Julio. Y, poco despues, sa casaba con ella. La vida es para los ganadores.
Aparcó ante la casa.
El y su esposa entraron al baile de máscaras. Ya estaba borracho cuando vio a su mujer en brazos de un tipo elegante, que vestía una horrible careta de hueso.
Zorra.
Agarró a aquel cerdo de una mano, más fria que un pez muerto.
Entonces vió que el hombre tenía una tajada sangrante a la altura de la carótida.
Era Julio.
Bien. Que se la quedase. El ya estaba harto de ella.

sábado, 22 de octubre de 2011

El Internado

A finales de los sesenta, mis padres emigraron a Canadá. Para tener libertad de moviemiento, a mi me ingresaron en un internado regentado por curas,. era un enorme monasterio del siglo XII en mitad de la montaña asturiana.
Allí las letras definitivamente entraban con sangre. Pero a pesar de haber discutido luego con mis padres los terrores allí impuestos sobre los internos, ellos nunca aceptaron que en un colegio de pago, famoso por la buena enseñanza, ocurrieran tales cosas, y al implicación era que yo me lo imaginaba todo, o que mentía.
Sin embargo, las palizas que allí recibía a manos de los frailes no fueron ni escasas ni superficiales.
Allí conocí a C, aunque nunca fui amigo suyo.Tendría doce años, como yo, pero estaba en otra clase. Era un chaval rubio, de ojos azules y un poco tristes. Tenía la reputación de ser un buen dibujante.
Los internos formabamos bandas que , como respuesta a la diaria crueldad del profesorado, haciamos de las nuestras siempre que podíamos.
Una vez entramos a la clase de C e inspeccionamos su pupitre. Encontramos un cuaderno lleno de dibujos y notas. Los dibujos eran ilustraciones soeces de lo que él, al parecer, hacía con un fraile en particular. Las notas explicaban cómo aquel fraile le obligaba a hacerle favores sexuales a cambio de buenas notas y otros privilegios, como salidas extendidas al pueblo cercano los fines de semana.
Enviamos una nota sin firmar al rector del monasterio explicando lo que ocurría.
A partir de entonces los castigos en el monasteri fueron más frecuentes y duros. Y nada cambió.
Aquel muchacho se sucidó en el rio que pasaba junto al monasterio.
Dicho edificio, hoy día, está siendo rehabilitado y será un parador para turistas en mitad de aquellos preciosos paisajes.

El polaco

Yo tenía por aquel entoces dieciseis años.
En aquella época había en Toronto, Canadá, una comunidad de emigrantes españoles considerables. Luego, con la prosperidad que empezó a gozar españa a finales de los setenta, casi todos regresaron al país de origen.
Mi padre solía llevarme con él a una pastelería pequeña donde en la calle Bloor. Aquel lugar ya hace mucho que desapareció. El dueño era un gallego que se llamaba Victor. Allí se reunían emigrantes españoles de diversas ideologías políticas, y aveces las discusiones eran violentas.
Había un argentino muy grueso, de pelo blanco y ojos azulísimos, que por alguna razóm me caía bien. Tendría unos sesenta y tantos años. Un día me senté con él y empezó a hablarme de su pasado.
Resulta que no era argentino, sino polaco. Y que había vivido en Argentina muchos años despues de la II Guerra Mundial. Su castellano era impecable. Me contó que había tenido catorce ataques al corazón en los últimos diez años. Los había sobrevivido sin secuelas aparentes.
Tambien me contó que había sido soldado, de joven. Un soldado nazi.
Cuando le pregunté acerca del holocausto, si opinaba algo, si había visto algo, se llevó su gordo indice al cuello e hizo un gesto como si su dedo fuera una cuchilla y se rebanase la garganta.
-Eso es lo que hice con los judíos, y lo que volvería a hacer de nuevo si las cosas fueran como deben.
Y por primera vez en mi vida, vi el odio verdadero en los ojos de un ser humano. Y sentí terror.
No sé, a día de hoy, que habrá sido de aquel asesino que vivía en completa libertad en medio de una sociedad que se jacta de ser justa.

El Libro

Mi abuelo, allá por las postrimerías de la guerra civil española, había sido secretario de ayuntamiento en Puebla de Almoradiel, en La Mancha. Hace ya tiempo que murió.
Nunca le oí expresar una opinión política.
Cuando yo era un niño. Pasé mucho tiempo en su casa, de la cual recuerdo que tenía patio con aljibe y que en los enormes desvanes se apilaban melones y sandías, y uvas blancas y rojas que colgaban de vigas en enormes racimos.
Se le respetaba- La gente del pueblo, cuando se cruzaba con él en las calles sin asfaltar, le hacía una reverencia. Y el, en respuesta, solía levantarse aquel fedora que raramente se quitaba de la cabeza.
Algunas veces me llevó a su despacho, que contaba con una gran mesa de caoba y aquellos tinteros de pesado vidrio que eran populares entonces. En la penumbra un poco polvorienta se vislumbraba el retrato de Franco.
Mi infancia en torno a mi abuelo fue algo placentero, casi como un ensueño.
Era sabio. Tenía estanterías llenas de libros.
Un día, hojeando algunos de aquellos libros, encontré uno que ya no olvidaría nunca. Era grande, con hojas de papel laminado que contenían fotografía tras fotografía de gente muerta. Eran fotos pequeñas de rostros de cadáveres. Tenían partes de la cara, o del cráneo, destrozadas. Y llevaban un cartel con un número alrededor del cuello. Se trataba, ahora lo sé, de un libro de registros de gente ejecutada durante y despues de la guerra.
Desde entoces, cada vez que miraba el rostro serio y afeitado de mi abuelo, me preguntaba como una cara podía parecer tan normal despues de haberse asomado al infierno.
Había vuelto a la casa de su infancia. Propiedad de un hermano de su madre, solitario y huraño, finalmente aquel hombre había muerto y ella la había heredado: una casona centenaria, sombría, con gran alero y galería de cristales.
Pero se sentía espiritualmente atribulada. Es que volvían en tropel los recuerdos. Especialmente del día en que su hermano se había ahogado en el Huerna, que discurría ante la casa.
Sobre el suelo de la playa se erguía una higera retorcida cuyas ramas golpeaban la ventanuca del cuarto donde pasaría aquella noche. El mismo donde, treinta y cinco años atrás, había nacido.
Era el día de todos los santos, tarde ya.
El golpeteo de las ramas contra los vidrios le impedía dormir. Se levantó para cerrar la contraventana. Y la paralizó el terror.
Allí, fuera, flotaba el rosto muerto, chorreando agua, de un niño que le pedía que le dejase entrar.

viernes, 21 de octubre de 2011

BIEN PAGADO

En su casa de Malibú, un palacio de vidrio y estuco casi sobre la arena de la playa, por pura chulería, no me quité el fedora antes de acomodarme . Venía a cobrar por despachar a su marido.
Encendió un pitillo. Ojos verdes e ironicos. El pelo a lo Cleopatra le caía de perlas . Yo era un gángster enano que compesaba con violencia su falta de estatura y estatuto. Era el día de todos los santos.
-No te voy a pagar- me dijo - No se si lo mataste tú. Estaba borracho y se axfisió con un cacahuete.
-Ya-contesté- pero yo se lo metí en la boca mientras dormitaba.
- No hay forma de saberlo, enanito. Haberle matado de un disparo. Mete la polla en ese vaso de wisky.
-¿Uh?
Nada tan bonito como una mujer guapa con mi polla gigantesca en su boca.
Tengo un gran corazón, así que decidí no ejecutarla.

miércoles, 12 de octubre de 2011

la luna

No podía dormir
y salí a ver la luna
y la encontré en el parque
entre las hojas muertas.
La contemplé de frente
y me miró de vuelta
con los ojos ausentes
de una bella suicida.
Sangre de luz llenaba
mis pupilas de lumbre,
agua de luz fluía
por mis venas sedientas.

Luego cambió su rostro
y era una mujer vieja
con los ojos velados
por la nieve del tiempo.
Yo sentí sus recuerdos
y, aún más, sus olvidos:
las sombras de los muertos
que arrastra por las sendas
sin final de la noche.
De pronto yo era parte
del sueño de la luna,
ya ni vivo ni muerto:
una idea, un reflejo,
el murmullo improbable
de una brisa remota,
el vuelo incierto de algo
alado entre los árboles,
quizá una piedra oscura,
sin latido, en la hierba-

Ya sin manos ni rostro,
sin ojos y sin venas,
no sentí la presencia
de mi cuerpo en la tierra:
Las llamas de la luna
que abrasan lo que besan
congelaban mi sangre,
borraban mis perfiles,
consumían mis huesos.
Y me escondí de ella
como se nos esconden
algunos personajes
en nuestros propios sueños.


El viento de otoño viene


a las orillas del Huerna


y está murmurando un nombre


entre las hojitas muertas.




Por este puente que cruzo


ya no llega quien solía,


pero aunque camino solo


siento una mano en la mía.




Alrededor de las tumbas


se está erizando la hierba


como si tuviera miedo


de la noche que se acerca.








miércoles, 28 de septiembre de 2011

El señor Bino Bino

El señor Bino Bino se presentó de pronto.
Yo estaba tumbado en el sofá, leyendo un tomo enorme de sociología, cuando percibí sus pasitos sobre la mesita del salón. Allí estaba, con su casaca roja, sus zapatos de empeine redondo con hebillas de plastico amarillo, y su sombrero de copa azul celeste que luce una pluma de pavo real del lado derecho. Era remarcable que fuera del tamaño de una peonza mediana y con la misma forma, además de que su cabeza fuera exactamente igual que un frijol con ojos, nariz respingona y boca redonda y diminuta.
No se puede decir que el señor Bino Bino sea muy guapo. En la sombra se le podría confundir con un abejorro muy grande, porque además, como todas las hadas, que lo es, el señor Bino Bino tiene dos alas como de mosquito, transparentes, y puede ejecutar cortos vuelos de aquí a allá. Hay que cerciorarse de que no se trata de él cuando largamos un manotazo para espantar a un moscardón.
Hace un tiempo que me visita esporadicamente. ¿Y qué haría yo si él? La primera vez que se me apareció me dió un susto. Pensé que se trataba de Pimentilla, un trasgo que me atormentaba cuando era yo era niño. Pero no era Pimentilla. Era el señor Bino Bino. Le pedí sus credenciales y me enseñó certificados sellados por Hastermann, el gran sapo que es rey de las hadas de los lagos. Y traía la recomendación correcta firmada por Rusalka, princesa de las xanas.
Así pues, le pregunté por qué me visitaba, y con voz cantarina me contestó que sabía que mi hijito Marcelino, que hace años vive muy lejos, en el castillo de la hermosa Morgana, se aburría sin que su papá le contase una historia todas las noches. Le respondí que aunque hablaba con mi hijito por teléfono a diario, mi imaginación no podía fabricar una historia distinta cada vez. Y él contestó que de entonces en adelante, el susurraría todas las historias del mundo a mi oído para que yo se las repitiese a mi hijo.
Así lo viene haciendo cada noche. Justo antes de que suene el teléfono, aparece como por arte de birlibirloque.
Oigo la voz del pequéño Marcelino que llega por teléfono del otro lado del mar. Ya se ha enterado de que no soy yo quien cuenta las historias, así que siempre dice:"Hola, papá, ¿puedo hablar un poco co el señor Bino Bino"

lunes, 19 de septiembre de 2011

Bievenidos a Villalegre

Yo voy por ahí buscando el amor.
Pero no crean que me refiero al amor de una persona. No. Eso ya lo superé tiempo atrás.
Busco el amor que vibra en el aire de los lugares que hemos llegado a entender con la vista y la razón. El que emerge de la tierra y del agua como una niebla del mar. El que se halla en los caminos, en los muros, en las esquinas. El perdido allá en el momento en que la infancia tuvo fín y nos volvimos adultos.
El amor aquel de las cosas hacia nosotros cuando todo era grande de tamaño y pletórico de futuro, cuando muchos aún estaban que hoy ya no están.
Por eso cuando puedo me voy para perderme en las calles o senderos de lugares en los que viví de niño.
No soy un amante de la belleza, sino de las cosas amenas, y de lo misterioso.
Hoy hacía sol, así que me dió por volver a Villalegre. Es una comunida de la Asturias más fea, donde el paisaje fué hace tiempo mutilado por los grandes bloques de edificios para trabajadores del hierro de aquella monstruosidad que en tiempos se llamó Ensidesa.
Pero tambien quedan entre el asfalto muchos retazos de verde donde los viejos campesinos se empeñans en seguir cultivando su maiz y sus berzas.
Tambien se topa iuno con mansiones estrafalarias y a veces bellas construidas por caprichosos indianos que volvieron de america con fortunas más o menos considerables. Quiméricas estructuras de cuento gótico contra un fondo de altas chimeneas de fábricas
Muchos de los edificios en aquellos barrios aún lucen aquellas placas de la Falange sobre los portales, con el yugo y las flechas.
Los barrios trabajadores, con sus madres que empujan carrioches, con sus hombres de aspecto hosco, con sus gitanos, me gustan más que cualquier plaza de catedral, que cualquier palacio, que cualquiera de esos bonitos lugares redolentes de la hipocresía burguesa o aristocrática.
Desafortunadamentem padezco de una timidez patológica, por lo cual lo más parecido a la foto de una ser con piernas que les ofrezco es la de un precioso caballo-

viernes, 29 de julio de 2011

HOMBRES

Llego a la piscina temprano. La vasta extensión de hierba que la rodea aún está humeda de rocío .
La piscina es azul, fría, enorme.
Llevo poco: una mochila de tela con la toalla, el gorro de nadar, bañador, y una libreta por si me da por escribir tirado en el cesped.
La piscina está cerca de un hangar con pistas de despegue y aterrizaje para avionetas pequeñas. Se oye el ronroneo de algunos aparatos en el cielo. Desde allí arriba las vistas serán preciosas.
Tengo cincuenta y tres años. Toda la vida hice deporte. Estoy en buena forma. Ni un quilo de más. Debo decir que me gusta la soledad, la pureza de la soledad. Por eso acudo a la piscina tan temprano, cuando no hay nadie, o casi nadie.
El verano pasado venía con mi mujer y mi hijito de cuatro años. Ahora ya no están. A veces oigo la risa del pequeño en algún lugar cercano. Pero sé que se trata de un truco de la memoria.
Aún así, mi corazón se inunda entonces de pena, igual que la piscina rebosa de agua hasta los bordes. El agua es como las lágrimas.
Hay grandes claros en el cielo, hoy. Es un día espléndido.
Un hombre en quine no me había fijado se zambulle en el agua. Bucea unos segundos, emerge y da unas brazadas. Lleva un gorro de nadar verde ajustado al cráneo.El sol le da de lleno en los ojos, que son del color azul del agua.
Me mira desde el agua fijamente, pero sin expresión alguna. Yo le devulevo la mirada. Debe tener más o menos mi edad. Y está solo. Quizá su familia tambien está lejos. Nunca se sabe.
¿Sería lógico que nos saludasemos, siendo las únicas personas en la piscina? No lo hacemos.
guardamos una distancia calculada, dos animales que no se fían uno del otro. pero nos observamos con curiosidad, en el silencio de la mañana iluminada.
Sabemos que somos los animales más peligrosos del mundo. ¿Para qué arriesgarse? Nos dejamos estar. creo que nuestras memorias son parecidas, igual de amargas.
Vuelvo a oir una risa de niño. Vulvo la cabeza, auscultando los rincones sombríos bajo los setos.
El hombre ha leído mis pensamientos. De pronto, en sus ojos, he visto la mirada fugaz de otro niño que tambien está lejos.
Ahora nos reconocemos: hombres solos, perdidos.

jueves, 28 de julio de 2011

KALIOPE

Tenía el cabello de un rubio como de trigo a mediados de verano, y los ojos verdes. Y se llamaba Kaliope. Oriunda de Esparta.
La conocí en un bar de Oviedo. Le confesé que para mí no existe escritor más admirable que Nikos Kazantzakis, ni sonido más evocativo que el de un Bazouki al lado del mar. Ni gente más abierta y echada para alante que la gente griega. Y es cierto. Ella me besó en la frente y me dijo susurrando: "esta noche dormiré contigo"
Cuando los griegos beben siempre se presenta un punto donde la amistad se manifiesta con contacto, así que la hermosa joven, fuerte como una diosa, puso su brazo en torno a mi hombro,y , con una sonrisa en la boca, me sacó a bailar. A bailar un baile griego, de esos en que la gente se agarra de las manos y se mueve en vaivén como las olas del mar, solo que al ritmo salvaje del rock de Nina Hagen.
Nos hicieron un espacio en la pista. Otra gente se unió a nosotros. De pronto, la música cambió. Sí, ahora eran las eternas notas que exaltan el alma como el vino del Peloponeso, la gran tonada para instrumentos de cuerda de Thedeorakis, Zorba el griego. Y de pronto todos los presentes, en la oscuridad del bar, flotabamos como en las aguas de un amniótico Egeo, del mar del psíque, un mar del espíritu.
La música griega nos exalta. Tiene una mágia especial. Kaliope se quita los zapatos y baila descalza. Su belleza parece proceder de tiempos remotos. Su cabellera ondulada vuela en el aire como un fuego en la oscuridad y sus ojos son verdes, verdes como los de Athenea, con el verdor de las leyendas.
Kaliope baila en la sombra, entre las sombras, y su cuerpo adquiere la sinuosidad y el brillo de una llama, de una pira nocturna. La veo bailar, cada vez más intensamente y, de alguna forma, cada vez más lejana.
Ha prometido acostarse conmigo. Lo cual sería ciertamente un regalo del paraíso. Según danza, la falda de Kaliope se le sube por encima de los muslos, dejando ver unas piernas que son el sueño de Donatello, los muslos más bien formados del universo, la dulzura hecha carne.
Hay hermosuras que llevan al enamoramiento empedernido, al deseo del imposible, a la tristeza más sublime. Y de esa ídole era la belleza de Kaliope.
Me alejé, sin que ella se diese cuenta. Salí del bar. Me dirigí, solo, a mi casa por las calles que amanecían.
Soñé con un mar del color del lapislázuli, limitado por montañas de nieve pristína. Había un malecón de marmol blanco, con tres finísimas columnas dóricas y un caballo color nube, y una mujer que, andando descalza sobre el frío suelo, lo conducía tirando de las riendas de oro.
El sueño de Kaliope, a quien no vi nunca más, a quien preferí soñar que convertir en realidad con mis groseras manos.

sábado, 23 de julio de 2011

NIÑO

Si se acerca la pena

yo me salgo

de mi cuerpo a los días

oceánicos:

y vuelto luz y espuma

con las olitas bailo.


Allí siempre me encuentro

tus ojos aguardando:

ellos le dan al agua

sus brillos acerados,

sus alas de ventisca,

sus impetus de pájaro.


Amor, estás tan lejos

pero me estás tocando.

Corro hacia la mar triste

y corres a mi lado.

Tu risa cubre el mundo

del futuro al pasado.


Tus huella pequeñitas

la arena van hoyando.

¡ Oh capitán pirata

con tu espada de palo!

viernes, 22 de julio de 2011

EL LIMITE

Soy un tipo normal. Por eso, debe entenderse que siempre me preocupé de guardar las normas, los requerimientos sociales. Lo que significa que nunca he dejado entrever, en mi apariencia o comportamiento, nada de la inicua condición natural al ser humano. Sabemos que ser normal quiere decir precisamente ocultar civilizadamente todas las caracteristicas tristes o vergonzosas de nuestra debil espécie.
En mi imaginación, o sea, en la vida real, soy muchas cosas: ángel, ballena, vampiro.
En mi vida cotidiana, o sea, en la irreal, soy profesor de idiomas.
Hace años que mi matrimonio se fué al carajo, y otros tantos que estoy enamorado en secreto, y perdidamente, de una de mis alumnas.
No se solivianten: no es una jovencita- es una treintañera sin talento alguno para las lenguas, pero muy hermosa. Ella no sabe que la deseo, y yo no tenía intención de decirselo.
Pero el otro día me ocurrió algo.
Una acerba tristeza, un sentimiento parecido a la desesperación, me invadió de repente, y perdí como por arte de birlibirloque mi habitual capacidad de comportarme correctamente.
Un extraño demonio burlón me hizo echar toda s mis preocupaciones por la borda, y salí de casa dispuesto a hacer algo inusitado en mí: ponerme hasta las orejas de alcohol y darme a la profunda melancolía del verdadero borracho.
Me fuía a la zona vieja. Bebí copiosamente, rapido y sin descanso, en absoluta soledad.
Soy un tipo fuerte, corpulento. Mis modales más bien modestos y timidos hacen que la gente casi no lo note. Pero cuando aquella noche me dió por desatarme a bailar frenéticamente y cantar a voz en grito por las calles del centro, moviendo las manos como un gran espantapájaros en el viento, supe que todo mi poder físico estaba a la vista. Lo supe porque la gente salía huyendo en desbandada. Huían de mi realmente. No como se apartan, con cierto asco, de los borrachos de siempre, sino como si estuvieran ante una peligrosa fuerza de la naturaleza.
Y yo me regodeaba en mi locura. Mi locura que en aquellos momentos me parecía divina: la gente huía de mi, aterrorizada, y yo rugía en mitad de la civilizaciín como un oceáno de espanto. Nunca había sido tan libre y feliz, aunque sabía que aquel desmadre solo era una manifestación de mi profunda soledad, de mi mortal tristeza. Nadie en el mundo me quería, y yo me alzaba como un monstruo despreciado, lleno de rabia y furia.
Era, en realidad, la vida misma, el payaso que describió Shakespeare: " an idiot, full of sound and fury, signifying nothing"
En algún punto de aquella noche, entre las nieblas del alcohol, vi que una bella mujer se acercaba a mi, lentamente, alguien que no me temía.
Era mi estudiante. Sonreía como si todo aquello la diviertiera sobremanera.
- Profe-me dijo- ¿Por qué quiere morirse?
- Bueno- contesté- estoy mostrándole al mundo, por vez primera, mi verdadera cara, la careta tragicómica que soy...
- ¿Usted me ama, verdad ?
- Así es.
- Y yo a usted. Menos mal que se emborrachó para poder decirmelo, sino nunca nos habríamos enterado.
Y fué aquella la primera noche en muchos años en que dormí con una hermosa mujer, aunque yo estaba demasiado ebrio para hacer nada significativo.