sábado, 24 de diciembre de 2011

más allá de lo posible

Hay misterios cuya resolución precisa un extra de ánimo por parte del investigador, por abrumadores. ¿Cómo, sin luz ninguna y a cuarenta metros bajo tierra, pintaron los egicios antiguos los detallados murales de las cámaras mortuorias de los reyes en las piramides? ¿Cómo escribió Josefo sus vastos volúmenes de historia, ya viejito y en una era en que no se conocían las gafas? ¿Cómo voy yo a terminar este microrelato cuando las mías, mis gafas, se me han roto en pleno día de navidad y no hay nada abierto para agenciarme unas nuevas? Las pisé por accidente y se partieron por la mitad. Con una cerilla, traté de soldar la concha, pero no funcionó. Luego quise arreglarlas con celofán, pero ni por esas.
Apï zue whe dxidido ajvar el mgrolelato sim ñas jopidaz jafaz...

viernes, 23 de diciembre de 2011

Proceso

Como debo pasar las navidades solo, hace unos días he puesto un tomate sobre un papel de acuarela en blanco, en la mesita del salón, para ver como sus células comienzan a pelearse entre ellas desde adentro, y se pudre poco a poco.
A estas alturas ya no parece un tomate, sino una especie de corazón oscuro en los estados últimos de la desintegración.
No sé cuando empecé a interesarme por el proceso del deterioro: si las cosas orgánicas no se cuidan constantemente, tienden a autodestruirse.Esto no es de extrañar, pues, aunque raramente lo recordemos, el planeta es una piedra que atraviesa el espacio con una violencia terrorífica:ciento setenta y pico mil kilómetros por hora. Lo cual quiere decir que cualquier cosa viva contiene en su interior una violencia parecida.
Por eso mi tomate se pudre: aunque por fuera parezca algo redondo y sereno, saludablemente rojo, por dentro se devora a sí mismo. Lo peor es que si decido no comermelo, todo el próposito de su existencia se va al traste, y el tomate se convierte en algo futil y deprimente. Un tomate suicida.
Con el amor seguramente pasa lo mismo. Yo lo he visto pudrirse como una fruta pocha. Literalmente, su cadáver de uva pasa se asoma a los ojos de la persona olvidada como una espécie de excremento de los dioses, y no puede haber muchas cosas más miserables y tristes.
Cómo decía, o murmuraba, más bien, aquel cónsul ingés consumido, en Cuernavaca, por el acohol y un recuerdo de traiciones incomprensibles:
"yo vivo porque aún te espero, y el día que llegues ya no tendré por qué seguir viviendo".
Indudablemente, siempre ha habido guerras y crueldad en el mundo. Y el corazón no es capaz nunca de entender los propósitos de Dios.
Incluso cuando ya ha empezado a devorarse a sí mismo desde adentro,
este tomate es de una belleza sublíme.
Pero es hora de arrojarlo al cubo de la basura. Ya no sirve para nada.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

Brian Marion

Este año no parece irse sin completar una buena cosecha de almas. Dos personas cercanas a mí murieron la semana pasada y, hoy, recibo la noticia de que un viejo amigo, un artista canadiense nativo con quien bebí y discutí de arte y espiritualidad muchas veces, acaba de fallecer.
Tenía 51 años y había dedicado toda la vida a comunicar la verdad cósmica que alienta en la visión de la vida de la cultura Cree por medio de su pintura. Era díscipulo del gran maestro Norval Morrisseau, a quien tambien tuve el honor de conocer.
Durante muchos años estudié las simbología del arte nativo canadiense, y de Brian Marion, aquien su gente apodaba "pequeño colibrí", aprendí que la linea fluye directamente del universo a la mano, que en una forma están todas las formas, y que el hilo del espiritu conecta todos los cuerpos y colores.
Bueno, compañero: el arte es lo que hacemos cuando el alma quiere volar.
Como tú dijiste aquella vez: "en mitad de un lago muy sereno, hay una isla. Yo la llamo la isla de las cerezas. Y allï no se conoce la pena"
Los indios canadienses comprenden la naturaleza y sus ciclos mejor que nadie.
Feliz vuelo, Brian.
.

lunes, 12 de diciembre de 2011

El viaje al escorial

En Madrid, no tuve suerte.
El austriaco llevaba una hermosa cámara de cine antigua y no paraba de detenerse para hacer tomas de cada rincón, de cada iglesia, de cada fachada. Yo me pelaba de frío.
Madrid es una hermosa ciudad con mucha vida. Las callejas enrevesadas del barrio donde estaba nuestro hostal estaban rebosantes de gente de todo tipo. Bares y restaurantes, a tope.
Al austriaco, y a mí, nos pirrió la cerveza madrileña de caña. "mejor que la alemana"-decía- "refresca más".
Al austriaco le conozco hace mucho tiempo. Vivíamos en Canadá, y nos juntabamos para tomar café y hablar de todo. De profesión es contable. Estuvo casado alguna vez. Desde su divorcio, vive solo. Es un tipo de pelo blanco, que toma grandes cantidades de vitaminas y hace ejercicio con regularidad. Es bastante religioso. A veces, creyendo ayudarme, se pone a hablarme de la fé. Conversamos en inglés. Su inglés es pulcro, frío, y se expresa exactamente. Es un tipo elegante y de modales delicados. pero solo hace falta fijarse para darse cuenta de que hay en él algo muy duro. Tiene un cuerpo de atléta, y disciplinado para cualquier esfuerzo, incluso para la violencia si se diera el caso.
Desde que me mudé a España, me visita una vez al año. Como nació en Austria, le gusta visitar todos los monumentos relacionados con la casa de los Hapsburgo. Esta vez, sobre todo, deseaba ver el Escorial. "Allí están las tumbas de nuestros reyes"-decía. "Se trata de nuestra cultura, de lo que somos, tanto tú como yo."
Yo estaba más interesado en la madrileñas, que llenaban las calles y garitos de una sexualidad misteriosa, un poco orgullosa y lejana. Pude acercarme a algunas, brevemente, pero no tuve suerte, como ya dije antes.
En el Escorial soplaba el viento de la sierra y hacía frío. Comenté que era el único edificio de su índole que yo había visto cuya fachada está totalmente desprovista de símbolos religiosos. Es de una austeridad militar y aburrida, y no me gustó. hasta que descendimos a los panteones de los reyes. Allí, a viente metros por debajo del suelo, descubrimos un lujo de opulencia barbárica, mármoles grises, burgundis y verde oscuros, rematados con complicados retoques de oro.
En pesados sarcofagos de mármol yacían los miembros de los Hapsburgo, y el sentimeinto quer se desprendía de aquellas criptas de solemnes frialdad y silencio era de aislamiento, como si toda una línea de sangre, de monarcas a infantes, convivesen serenamente en aquel reino de la Muerte. La personalidad meláncolica, exclusivista, mística, de los hapsburgo, se percibía en el ambiente. De pronto, entendí la naturaleza de la antigua aristocracia. Creían tener precedencia ante Dios, estar más cerca de El.
Traté de pensar criticamente, como hombre democrático y moderno, y verlo todo con cierto cinísmo. Pero no pude. La grandeza de aquella familia que mantuvo un imperio a golpe de espada y de cruz me sobrepasaba. En aquel dominio de la muerte habían una calma y una belleza sigulares, que ponían a uno en contacto con algo sobrenatural.
Sobre los enormes, níveos sepulcros de los infantes, alineados a lo largo de sombríos muros, había talladas guirnaldas de mármol de tal delicadeza que podrían haber sido de seda.
Una palabra cruzaba mi cerebro anonadado por tanto esplendor en piedra, por tanto cadáver allí reposante durante cientos de años: España.
De pronto, el austriaco tropezó con una escalinata y cayó al suelo, con el
chirrido de sus cámaras de fotografía que se hacían añicos. había estado haciendo fotos sin ser visto, lo cual no estaba permitido.
-Bueno, Josef- le dije- Quizá seas tú el último austriaco que caiga muerto en este panteón, y te entierren junto a Carlos V. Todo un privilegio.
- En cualquier caso,amigo mío -me contestó- Se conoce que a nuestros monarcas les molesta la tecnología, porque me han jodido las cámaras.

lunes, 24 de octubre de 2011

Los celos

Aceleró en aquel tramo de la carretera. La luna. El mar de otoño.
El año pasado, por estas fechas, había dejado tras él, sobre el suelo de la playa, el cadáver de Julio.
Le asesinó mientras en la casa seguían festejando el día de todos los santos. Con una navaja de bolsillo. Facilmente.
El mismo consoló a la prometida de Julio. Y, poco despues, sa casaba con ella. La vida es para los ganadores.
Aparcó ante la casa.
El y su esposa entraron al baile de máscaras. Ya estaba borracho cuando vio a su mujer en brazos de un tipo elegante, que vestía una horrible careta de hueso.
Zorra.
Agarró a aquel cerdo de una mano, más fria que un pez muerto.
Entonces vió que el hombre tenía una tajada sangrante a la altura de la carótida.
Era Julio.
Bien. Que se la quedase. El ya estaba harto de ella.

sábado, 22 de octubre de 2011

El Internado

A finales de los sesenta, mis padres emigraron a Canadá. Para tener libertad de moviemiento, a mi me ingresaron en un internado regentado por curas,. era un enorme monasterio del siglo XII en mitad de la montaña asturiana.
Allí las letras definitivamente entraban con sangre. Pero a pesar de haber discutido luego con mis padres los terrores allí impuestos sobre los internos, ellos nunca aceptaron que en un colegio de pago, famoso por la buena enseñanza, ocurrieran tales cosas, y al implicación era que yo me lo imaginaba todo, o que mentía.
Sin embargo, las palizas que allí recibía a manos de los frailes no fueron ni escasas ni superficiales.
Allí conocí a C, aunque nunca fui amigo suyo.Tendría doce años, como yo, pero estaba en otra clase. Era un chaval rubio, de ojos azules y un poco tristes. Tenía la reputación de ser un buen dibujante.
Los internos formabamos bandas que , como respuesta a la diaria crueldad del profesorado, haciamos de las nuestras siempre que podíamos.
Una vez entramos a la clase de C e inspeccionamos su pupitre. Encontramos un cuaderno lleno de dibujos y notas. Los dibujos eran ilustraciones soeces de lo que él, al parecer, hacía con un fraile en particular. Las notas explicaban cómo aquel fraile le obligaba a hacerle favores sexuales a cambio de buenas notas y otros privilegios, como salidas extendidas al pueblo cercano los fines de semana.
Enviamos una nota sin firmar al rector del monasterio explicando lo que ocurría.
A partir de entonces los castigos en el monasteri fueron más frecuentes y duros. Y nada cambió.
Aquel muchacho se sucidó en el rio que pasaba junto al monasterio.
Dicho edificio, hoy día, está siendo rehabilitado y será un parador para turistas en mitad de aquellos preciosos paisajes.

El polaco

Yo tenía por aquel entoces dieciseis años.
En aquella época había en Toronto, Canadá, una comunidad de emigrantes españoles considerables. Luego, con la prosperidad que empezó a gozar españa a finales de los setenta, casi todos regresaron al país de origen.
Mi padre solía llevarme con él a una pastelería pequeña donde en la calle Bloor. Aquel lugar ya hace mucho que desapareció. El dueño era un gallego que se llamaba Victor. Allí se reunían emigrantes españoles de diversas ideologías políticas, y aveces las discusiones eran violentas.
Había un argentino muy grueso, de pelo blanco y ojos azulísimos, que por alguna razóm me caía bien. Tendría unos sesenta y tantos años. Un día me senté con él y empezó a hablarme de su pasado.
Resulta que no era argentino, sino polaco. Y que había vivido en Argentina muchos años despues de la II Guerra Mundial. Su castellano era impecable. Me contó que había tenido catorce ataques al corazón en los últimos diez años. Los había sobrevivido sin secuelas aparentes.
Tambien me contó que había sido soldado, de joven. Un soldado nazi.
Cuando le pregunté acerca del holocausto, si opinaba algo, si había visto algo, se llevó su gordo indice al cuello e hizo un gesto como si su dedo fuera una cuchilla y se rebanase la garganta.
-Eso es lo que hice con los judíos, y lo que volvería a hacer de nuevo si las cosas fueran como deben.
Y por primera vez en mi vida, vi el odio verdadero en los ojos de un ser humano. Y sentí terror.
No sé, a día de hoy, que habrá sido de aquel asesino que vivía en completa libertad en medio de una sociedad que se jacta de ser justa.

El Libro

Mi abuelo, allá por las postrimerías de la guerra civil española, había sido secretario de ayuntamiento en Puebla de Almoradiel, en La Mancha. Hace ya tiempo que murió.
Nunca le oí expresar una opinión política.
Cuando yo era un niño. Pasé mucho tiempo en su casa, de la cual recuerdo que tenía patio con aljibe y que en los enormes desvanes se apilaban melones y sandías, y uvas blancas y rojas que colgaban de vigas en enormes racimos.
Se le respetaba- La gente del pueblo, cuando se cruzaba con él en las calles sin asfaltar, le hacía una reverencia. Y el, en respuesta, solía levantarse aquel fedora que raramente se quitaba de la cabeza.
Algunas veces me llevó a su despacho, que contaba con una gran mesa de caoba y aquellos tinteros de pesado vidrio que eran populares entonces. En la penumbra un poco polvorienta se vislumbraba el retrato de Franco.
Mi infancia en torno a mi abuelo fue algo placentero, casi como un ensueño.
Era sabio. Tenía estanterías llenas de libros.
Un día, hojeando algunos de aquellos libros, encontré uno que ya no olvidaría nunca. Era grande, con hojas de papel laminado que contenían fotografía tras fotografía de gente muerta. Eran fotos pequeñas de rostros de cadáveres. Tenían partes de la cara, o del cráneo, destrozadas. Y llevaban un cartel con un número alrededor del cuello. Se trataba, ahora lo sé, de un libro de registros de gente ejecutada durante y despues de la guerra.
Desde entoces, cada vez que miraba el rostro serio y afeitado de mi abuelo, me preguntaba como una cara podía parecer tan normal despues de haberse asomado al infierno.
Había vuelto a la casa de su infancia. Propiedad de un hermano de su madre, solitario y huraño, finalmente aquel hombre había muerto y ella la había heredado: una casona centenaria, sombría, con gran alero y galería de cristales.
Pero se sentía espiritualmente atribulada. Es que volvían en tropel los recuerdos. Especialmente del día en que su hermano se había ahogado en el Huerna, que discurría ante la casa.
Sobre el suelo de la playa se erguía una higera retorcida cuyas ramas golpeaban la ventanuca del cuarto donde pasaría aquella noche. El mismo donde, treinta y cinco años atrás, había nacido.
Era el día de todos los santos, tarde ya.
El golpeteo de las ramas contra los vidrios le impedía dormir. Se levantó para cerrar la contraventana. Y la paralizó el terror.
Allí, fuera, flotaba el rosto muerto, chorreando agua, de un niño que le pedía que le dejase entrar.

viernes, 21 de octubre de 2011

BIEN PAGADO

En su casa de Malibú, un palacio de vidrio y estuco casi sobre la arena de la playa, por pura chulería, no me quité el fedora antes de acomodarme . Venía a cobrar por despachar a su marido.
Encendió un pitillo. Ojos verdes e ironicos. El pelo a lo Cleopatra le caía de perlas . Yo era un gángster enano que compesaba con violencia su falta de estatura y estatuto. Era el día de todos los santos.
-No te voy a pagar- me dijo - No se si lo mataste tú. Estaba borracho y se axfisió con un cacahuete.
-Ya-contesté- pero yo se lo metí en la boca mientras dormitaba.
- No hay forma de saberlo, enanito. Haberle matado de un disparo. Mete la polla en ese vaso de wisky.
-¿Uh?
Nada tan bonito como una mujer guapa con mi polla gigantesca en su boca.
Tengo un gran corazón, así que decidí no ejecutarla.

miércoles, 12 de octubre de 2011

la luna

No podía dormir
y salí a ver la luna
y la encontré en el parque
entre las hojas muertas.
La contemplé de frente
y me miró de vuelta
con los ojos ausentes
de una bella suicida.
Sangre de luz llenaba
mis pupilas de lumbre,
agua de luz fluía
por mis venas sedientas.

Luego cambió su rostro
y era una mujer vieja
con los ojos velados
por la nieve del tiempo.
Yo sentí sus recuerdos
y, aún más, sus olvidos:
las sombras de los muertos
que arrastra por las sendas
sin final de la noche.
De pronto yo era parte
del sueño de la luna,
ya ni vivo ni muerto:
una idea, un reflejo,
el murmullo improbable
de una brisa remota,
el vuelo incierto de algo
alado entre los árboles,
quizá una piedra oscura,
sin latido, en la hierba-

Ya sin manos ni rostro,
sin ojos y sin venas,
no sentí la presencia
de mi cuerpo en la tierra:
Las llamas de la luna
que abrasan lo que besan
congelaban mi sangre,
borraban mis perfiles,
consumían mis huesos.
Y me escondí de ella
como se nos esconden
algunos personajes
en nuestros propios sueños.


El viento de otoño viene


a las orillas del Huerna


y está murmurando un nombre


entre las hojitas muertas.




Por este puente que cruzo


ya no llega quien solía,


pero aunque camino solo


siento una mano en la mía.




Alrededor de las tumbas


se está erizando la hierba


como si tuviera miedo


de la noche que se acerca.








miércoles, 28 de septiembre de 2011

El señor Bino Bino

El señor Bino Bino se presentó de pronto.
Yo estaba tumbado en el sofá, leyendo un tomo enorme de sociología, cuando percibí sus pasitos sobre la mesita del salón. Allí estaba, con su casaca roja, sus zapatos de empeine redondo con hebillas de plastico amarillo, y su sombrero de copa azul celeste que luce una pluma de pavo real del lado derecho. Era remarcable que fuera del tamaño de una peonza mediana y con la misma forma, además de que su cabeza fuera exactamente igual que un frijol con ojos, nariz respingona y boca redonda y diminuta.
No se puede decir que el señor Bino Bino sea muy guapo. En la sombra se le podría confundir con un abejorro muy grande, porque además, como todas las hadas, que lo es, el señor Bino Bino tiene dos alas como de mosquito, transparentes, y puede ejecutar cortos vuelos de aquí a allá. Hay que cerciorarse de que no se trata de él cuando largamos un manotazo para espantar a un moscardón.
Hace un tiempo que me visita esporadicamente. ¿Y qué haría yo si él? La primera vez que se me apareció me dió un susto. Pensé que se trataba de Pimentilla, un trasgo que me atormentaba cuando era yo era niño. Pero no era Pimentilla. Era el señor Bino Bino. Le pedí sus credenciales y me enseñó certificados sellados por Hastermann, el gran sapo que es rey de las hadas de los lagos. Y traía la recomendación correcta firmada por Rusalka, princesa de las xanas.
Así pues, le pregunté por qué me visitaba, y con voz cantarina me contestó que sabía que mi hijito Marcelino, que hace años vive muy lejos, en el castillo de la hermosa Morgana, se aburría sin que su papá le contase una historia todas las noches. Le respondí que aunque hablaba con mi hijito por teléfono a diario, mi imaginación no podía fabricar una historia distinta cada vez. Y él contestó que de entonces en adelante, el susurraría todas las historias del mundo a mi oído para que yo se las repitiese a mi hijo.
Así lo viene haciendo cada noche. Justo antes de que suene el teléfono, aparece como por arte de birlibirloque.
Oigo la voz del pequéño Marcelino que llega por teléfono del otro lado del mar. Ya se ha enterado de que no soy yo quien cuenta las historias, así que siempre dice:"Hola, papá, ¿puedo hablar un poco co el señor Bino Bino"

lunes, 19 de septiembre de 2011

Bievenidos a Villalegre

Yo voy por ahí buscando el amor.
Pero no crean que me refiero al amor de una persona. No. Eso ya lo superé tiempo atrás.
Busco el amor que vibra en el aire de los lugares que hemos llegado a entender con la vista y la razón. El que emerge de la tierra y del agua como una niebla del mar. El que se halla en los caminos, en los muros, en las esquinas. El perdido allá en el momento en que la infancia tuvo fín y nos volvimos adultos.
El amor aquel de las cosas hacia nosotros cuando todo era grande de tamaño y pletórico de futuro, cuando muchos aún estaban que hoy ya no están.
Por eso cuando puedo me voy para perderme en las calles o senderos de lugares en los que viví de niño.
No soy un amante de la belleza, sino de las cosas amenas, y de lo misterioso.
Hoy hacía sol, así que me dió por volver a Villalegre. Es una comunida de la Asturias más fea, donde el paisaje fué hace tiempo mutilado por los grandes bloques de edificios para trabajadores del hierro de aquella monstruosidad que en tiempos se llamó Ensidesa.
Pero tambien quedan entre el asfalto muchos retazos de verde donde los viejos campesinos se empeñans en seguir cultivando su maiz y sus berzas.
Tambien se topa iuno con mansiones estrafalarias y a veces bellas construidas por caprichosos indianos que volvieron de america con fortunas más o menos considerables. Quiméricas estructuras de cuento gótico contra un fondo de altas chimeneas de fábricas
Muchos de los edificios en aquellos barrios aún lucen aquellas placas de la Falange sobre los portales, con el yugo y las flechas.
Los barrios trabajadores, con sus madres que empujan carrioches, con sus hombres de aspecto hosco, con sus gitanos, me gustan más que cualquier plaza de catedral, que cualquier palacio, que cualquiera de esos bonitos lugares redolentes de la hipocresía burguesa o aristocrática.
Desafortunadamentem padezco de una timidez patológica, por lo cual lo más parecido a la foto de una ser con piernas que les ofrezco es la de un precioso caballo-

viernes, 29 de julio de 2011

HOMBRES

Llego a la piscina temprano. La vasta extensión de hierba que la rodea aún está humeda de rocío .
La piscina es azul, fría, enorme.
Llevo poco: una mochila de tela con la toalla, el gorro de nadar, bañador, y una libreta por si me da por escribir tirado en el cesped.
La piscina está cerca de un hangar con pistas de despegue y aterrizaje para avionetas pequeñas. Se oye el ronroneo de algunos aparatos en el cielo. Desde allí arriba las vistas serán preciosas.
Tengo cincuenta y tres años. Toda la vida hice deporte. Estoy en buena forma. Ni un quilo de más. Debo decir que me gusta la soledad, la pureza de la soledad. Por eso acudo a la piscina tan temprano, cuando no hay nadie, o casi nadie.
El verano pasado venía con mi mujer y mi hijito de cuatro años. Ahora ya no están. A veces oigo la risa del pequeño en algún lugar cercano. Pero sé que se trata de un truco de la memoria.
Aún así, mi corazón se inunda entonces de pena, igual que la piscina rebosa de agua hasta los bordes. El agua es como las lágrimas.
Hay grandes claros en el cielo, hoy. Es un día espléndido.
Un hombre en quine no me había fijado se zambulle en el agua. Bucea unos segundos, emerge y da unas brazadas. Lleva un gorro de nadar verde ajustado al cráneo.El sol le da de lleno en los ojos, que son del color azul del agua.
Me mira desde el agua fijamente, pero sin expresión alguna. Yo le devulevo la mirada. Debe tener más o menos mi edad. Y está solo. Quizá su familia tambien está lejos. Nunca se sabe.
¿Sería lógico que nos saludasemos, siendo las únicas personas en la piscina? No lo hacemos.
guardamos una distancia calculada, dos animales que no se fían uno del otro. pero nos observamos con curiosidad, en el silencio de la mañana iluminada.
Sabemos que somos los animales más peligrosos del mundo. ¿Para qué arriesgarse? Nos dejamos estar. creo que nuestras memorias son parecidas, igual de amargas.
Vuelvo a oir una risa de niño. Vulvo la cabeza, auscultando los rincones sombríos bajo los setos.
El hombre ha leído mis pensamientos. De pronto, en sus ojos, he visto la mirada fugaz de otro niño que tambien está lejos.
Ahora nos reconocemos: hombres solos, perdidos.

jueves, 28 de julio de 2011

KALIOPE

Tenía el cabello de un rubio como de trigo a mediados de verano, y los ojos verdes. Y se llamaba Kaliope. Oriunda de Esparta.
La conocí en un bar de Oviedo. Le confesé que para mí no existe escritor más admirable que Nikos Kazantzakis, ni sonido más evocativo que el de un Bazouki al lado del mar. Ni gente más abierta y echada para alante que la gente griega. Y es cierto. Ella me besó en la frente y me dijo susurrando: "esta noche dormiré contigo"
Cuando los griegos beben siempre se presenta un punto donde la amistad se manifiesta con contacto, así que la hermosa joven, fuerte como una diosa, puso su brazo en torno a mi hombro,y , con una sonrisa en la boca, me sacó a bailar. A bailar un baile griego, de esos en que la gente se agarra de las manos y se mueve en vaivén como las olas del mar, solo que al ritmo salvaje del rock de Nina Hagen.
Nos hicieron un espacio en la pista. Otra gente se unió a nosotros. De pronto, la música cambió. Sí, ahora eran las eternas notas que exaltan el alma como el vino del Peloponeso, la gran tonada para instrumentos de cuerda de Thedeorakis, Zorba el griego. Y de pronto todos los presentes, en la oscuridad del bar, flotabamos como en las aguas de un amniótico Egeo, del mar del psíque, un mar del espíritu.
La música griega nos exalta. Tiene una mágia especial. Kaliope se quita los zapatos y baila descalza. Su belleza parece proceder de tiempos remotos. Su cabellera ondulada vuela en el aire como un fuego en la oscuridad y sus ojos son verdes, verdes como los de Athenea, con el verdor de las leyendas.
Kaliope baila en la sombra, entre las sombras, y su cuerpo adquiere la sinuosidad y el brillo de una llama, de una pira nocturna. La veo bailar, cada vez más intensamente y, de alguna forma, cada vez más lejana.
Ha prometido acostarse conmigo. Lo cual sería ciertamente un regalo del paraíso. Según danza, la falda de Kaliope se le sube por encima de los muslos, dejando ver unas piernas que son el sueño de Donatello, los muslos más bien formados del universo, la dulzura hecha carne.
Hay hermosuras que llevan al enamoramiento empedernido, al deseo del imposible, a la tristeza más sublime. Y de esa ídole era la belleza de Kaliope.
Me alejé, sin que ella se diese cuenta. Salí del bar. Me dirigí, solo, a mi casa por las calles que amanecían.
Soñé con un mar del color del lapislázuli, limitado por montañas de nieve pristína. Había un malecón de marmol blanco, con tres finísimas columnas dóricas y un caballo color nube, y una mujer que, andando descalza sobre el frío suelo, lo conducía tirando de las riendas de oro.
El sueño de Kaliope, a quien no vi nunca más, a quien preferí soñar que convertir en realidad con mis groseras manos.

sábado, 23 de julio de 2011

NIÑO

Si se acerca la pena

yo me salgo

de mi cuerpo a los días

oceánicos:

y vuelto luz y espuma

con las olitas bailo.


Allí siempre me encuentro

tus ojos aguardando:

ellos le dan al agua

sus brillos acerados,

sus alas de ventisca,

sus impetus de pájaro.


Amor, estás tan lejos

pero me estás tocando.

Corro hacia la mar triste

y corres a mi lado.

Tu risa cubre el mundo

del futuro al pasado.


Tus huella pequeñitas

la arena van hoyando.

¡ Oh capitán pirata

con tu espada de palo!

viernes, 22 de julio de 2011

EL LIMITE

Soy un tipo normal. Por eso, debe entenderse que siempre me preocupé de guardar las normas, los requerimientos sociales. Lo que significa que nunca he dejado entrever, en mi apariencia o comportamiento, nada de la inicua condición natural al ser humano. Sabemos que ser normal quiere decir precisamente ocultar civilizadamente todas las caracteristicas tristes o vergonzosas de nuestra debil espécie.
En mi imaginación, o sea, en la vida real, soy muchas cosas: ángel, ballena, vampiro.
En mi vida cotidiana, o sea, en la irreal, soy profesor de idiomas.
Hace años que mi matrimonio se fué al carajo, y otros tantos que estoy enamorado en secreto, y perdidamente, de una de mis alumnas.
No se solivianten: no es una jovencita- es una treintañera sin talento alguno para las lenguas, pero muy hermosa. Ella no sabe que la deseo, y yo no tenía intención de decirselo.
Pero el otro día me ocurrió algo.
Una acerba tristeza, un sentimiento parecido a la desesperación, me invadió de repente, y perdí como por arte de birlibirloque mi habitual capacidad de comportarme correctamente.
Un extraño demonio burlón me hizo echar toda s mis preocupaciones por la borda, y salí de casa dispuesto a hacer algo inusitado en mí: ponerme hasta las orejas de alcohol y darme a la profunda melancolía del verdadero borracho.
Me fuía a la zona vieja. Bebí copiosamente, rapido y sin descanso, en absoluta soledad.
Soy un tipo fuerte, corpulento. Mis modales más bien modestos y timidos hacen que la gente casi no lo note. Pero cuando aquella noche me dió por desatarme a bailar frenéticamente y cantar a voz en grito por las calles del centro, moviendo las manos como un gran espantapájaros en el viento, supe que todo mi poder físico estaba a la vista. Lo supe porque la gente salía huyendo en desbandada. Huían de mi realmente. No como se apartan, con cierto asco, de los borrachos de siempre, sino como si estuvieran ante una peligrosa fuerza de la naturaleza.
Y yo me regodeaba en mi locura. Mi locura que en aquellos momentos me parecía divina: la gente huía de mi, aterrorizada, y yo rugía en mitad de la civilizaciín como un oceáno de espanto. Nunca había sido tan libre y feliz, aunque sabía que aquel desmadre solo era una manifestación de mi profunda soledad, de mi mortal tristeza. Nadie en el mundo me quería, y yo me alzaba como un monstruo despreciado, lleno de rabia y furia.
Era, en realidad, la vida misma, el payaso que describió Shakespeare: " an idiot, full of sound and fury, signifying nothing"
En algún punto de aquella noche, entre las nieblas del alcohol, vi que una bella mujer se acercaba a mi, lentamente, alguien que no me temía.
Era mi estudiante. Sonreía como si todo aquello la diviertiera sobremanera.
- Profe-me dijo- ¿Por qué quiere morirse?
- Bueno- contesté- estoy mostrándole al mundo, por vez primera, mi verdadera cara, la careta tragicómica que soy...
- ¿Usted me ama, verdad ?
- Así es.
- Y yo a usted. Menos mal que se emborrachó para poder decirmelo, sino nunca nos habríamos enterado.
Y fué aquella la primera noche en muchos años en que dormí con una hermosa mujer, aunque yo estaba demasiado ebrio para hacer nada significativo.

BUEN VINO

Quiero llorar aquí. Poner las tripas sobre la mesa. Me da la gana.
Sepan que yo les odio. Solo por estar ahí les odio, hijos de puta.
Como ustedes, yo mamé la leche del desprecio. Me enseñaron a despreciarme a mí mismo, y a los otros.A los vivos, y a los muertos.
Cuando a uno le amamantan con inquina, ya no vuelve a querer.
Yo bebo para para que el odio, sobrio y frío, no me lleve a hacerle violencia a ningún otro, aunque todos se lo merezcan.
Le pregunté al cura del pueblo: "¿Cómo puedo dejar de odiarme y de odiar?"
Y el me dijo, " lo único bueno que tenemos aquí, hijo, es el vino. Hazte un favor a tí mismo y traga vino hasta morirte"

jueves, 21 de julio de 2011

Me dicen que no hay nada tras el azul del cielo,


que despues de algún tiempo, no queda ni el recuerdo.


Sin embargo te juro que alguna vez, en sueños,


yo he visto un paraíso

miércoles, 20 de julio de 2011

I have decided---

I´ve just decided to die
I´ve decided to die for a couple of minutes-
I know I have to die sometime.
but nevertheless I think I will die now just for a couple of minutes.

Can you die when you still have a feeling for beauty?
Can you, when you are in love?
Can you when your beautiful child is turning five in a few days?

There is a shattered sun bleeding.
There is an ocean that stole the colour of your eyes
and mimicks your grace, the liar.

There is an old man who paints young girls and is hated for that.
There is Boticelli, whom nobody blames.
And Donatello, praise worthy for ever.
And Ludwig, fighting at court for custody of a child.
Half mad, half blind, writing the Ninth Symphony
as he fades into Eternity.

There is a child waiting for me
and I cannot come.
I am bound to a metal bed
and I cannot come.

I am going to drink wine and die, die for a couple of minutes.
Fuck you if you mind the bagpipes screeching...

el hijo ausente

Tu ausencia me abraza:
es un dolor de la carne.

Soledad, abrasada en fiero sol vacío.

Silencio. Lumbre de la nada
colgando de mis parpados
como lagrima de fuego.

Para la hierba aterida de hogueras
tu ausencia es un peso insufrible
que la impide respirar.

El tiempo, cómo ha marcado mi lomo
con latigazos de fuego.

Fuego- pena,sangre-pena-fuego-
dolor de ausencia, ausencia de duro fuego.

Entre mis dedos sofocados, anegados,
la falta de tu hermosa quema como una
herida-lumbre, pena de fuego, fuego.
La realidad que ya no contiene tu rostro, mis manos vacías de tí,
ávidas de tí.

Palpo cuidadosamente este perfil de tu ausencia,
cuidadosamente como si pudiera quebrarse-
Te toco casi casi te siento.

Oh rostro niño!
Oh capitán pequeño!
Cabello oloroso a era calida en el viento.

Tu ausencia a mi amor quema como un fuego.
Tu falta me hiere la mente como un ramalazo de fuego.

jueves, 14 de julio de 2011

FOLLANDO A ANETTE

Me he llevado a Anette a Madrid, a un hotel de cinco estrellas en la calle Goya.


Cuando las recepcionistas, chicas guapas con morbo de azafatas, ven entrar a un cincuentón acompañado de una chica con piernas largas y pechos comparable a los de cualquier sex symbol, se imaginan lo mejor. Dinero, Dom Perignon, buena coca y sexo sin compromiso, largas tardes soñolientas con las tetas al aire en algún lugar de la Costa Azul. Sobre todo, una vida resuelta, y aquella película, Viuda Negra, con Kathleen Turner cuando tenía las piernas más guapas del mundo y el wiski todavía no le había embotado la cara. Se ven a ellas mismas asesinando al cincuentón de mil maneras diferentes y sutíles, y jubilandose en Hawaii a los veintisiente con toda una fortuna heredada del simplón.


Por eso una sonrisa de una recepcionista de hotel de cinco estrellas de verdad, siempre es algo inquietante.


Anette es un bombón y no se deja intimidar por la rubia detrás del mostrador. Hay una tensión eléctrica entre las dos. La rubia me entrega la tarjeta- llave de la suite, mirandome a los ojos. Leo su mirada, que me dice:"ya me imagino las guarradas que vais a hacer en esa suite de lujo" y le contesto con la mía " si te apetece, mando a esta de compras un ratito y te subes a hacerme una mamada. Ya sabes que el cielo está siempre en un tercer piso"


Subimos.


Anette se quita la blusa y el sostén. Lo cierto es que hace calor. Enciende un pitillo. Por sus gestos al fumar se ve que es una chupona de lo más avezada. Entorna languidamente los ojos verdes. Llenitos de sombras raras. Se queda con la falda apretada y los zapatos de tacón medianamente altos. Le digo, susurrando, que está muy buena. Pero ella ya lo sabe. Inmediatamente se sienta en el borde de la amplia cama triple y baja la bragueta de mi pantalón de tela. Aún no me he quitado la chaqueta ni la corbata.


Tengo la polla abultada, llena de leche que quiero derramarle sobre su preciosa cara, despues de follarmela. Es el viejo ritual. Ella empieza a lamerme con lentitud.


Le digo que se ponga las gafas de sol. Me dice que no la dejan ver bien. Le contesto que no hay nada que ver así que se las ponga, porque me excita sobremanera que me la chupen con gafas de sol. Ella lo hace.


Anette es un encanto. Por nada del mundo cambiaría yo de acompañante.


Ahora mi polla vibra entre los labios de Anette como si hubiera enloquecido. Y suena el telefono.


Es la recepcionista. Su voz tiene un sonido de seda que se arrastra sobre un pasillo de mármol.


Me dice que subirá una botella de champán, cortesía de la casa.

lunes, 4 de julio de 2011

EL VENCIDO

Trata de no cabrearse.
Acaba de acusarle, otra vez, de no hacer nada. Y él sabe que lo hace para desesperarle. ¿Quién limpió los baños ayer? ¿Quién puso al niño a dormir leyendole historias?
Pero la mujer no reconoce nada. Nunca está satisfecha.
Lleva años criticándole, hasta el punto de que a él ya no le queda nada de su vieja autoestima. Se ha convertido en una especie de fantoche lleno de desprecio por si mismo. Y, finalmente, advierte que desde el principio ella quería, instintivamente, destruirle. Lo ha logrado. He ahí el verdadero proposito, la verdadera razón de ser de un matrimonio.
Ahora, en este momento en que ella no está, alterna la rabia con el llanto. Mira desde la ventana del pisito las cumbres de las cordilleras.
Un día se irá- Pero no hoy. Entonces se enterarán todos de quien era él.

martes, 28 de junio de 2011

YO, MI, ME.

Escribe acerca de sí misma. Siempre.
Lo hace muy bien. Sin embargo, no puede enhebrar una historia acerca de otra persona, o componer una escena con varios personajes. Se justifica a sí misma diciendo que es más poeta que prosista.
Pero cansa. Que si yo esto, que si yo aquello, como si fuera la persona más importante del mundo.
Leí sus cosas sin que ella se diera cuenta. Le pareció imperdonable.
De todas formas, era más de lo mismo: yo soy así, yo soy andando, todo bañado en una patina de melancolía que crée la hace parecer interesante, pero que raya en la ñoñez.
Su psicólogo debería decirle que piense en algo más allá de su persona.
Y yo estoy hasta las narices de ella. Llevo leyendo sus auto análiticas demasiado tiempo.
Así que hoy, NO.
Hoy no escribo nada. No me miro ni al espejo. Estoy harta de verla.

jueves, 23 de junio de 2011

LOS MUSLOS DE ANETTE 8

Esta es la playa larga, desolada, en grís.
El oleaje se encabríta entre los farallones y se torna espuma blanca.
Junto a la ataláya, que está encima de una gran roca negra, el agua es verde oscura y se advierte facilmente el pelígro, la naturaleza traidora del mar.
Yo contemplo el agua, que el viento eriza. En el límite de la tierra con el mar, la irrealidad se vuelve verdad. Se pasa facilmente de un mundo a otro.
El fantasma de mi padre está de pie en el agua, no muy adentro, mirando hacia el horizonte nuboso, donde cruza un paquebote negro. Su cuerpo es atlético. Sus ojos, grises, de nadador poderoso o de navegante.
Siempre lo recuerdo, desde que murió, en esa posición, en ese mismo lugar de la playa. Pero en dichas memorias el cielo es soleado, la banderas colorean la atmósfera alegremente.
El agua retumba en mis oídos.
Uma me llama, pero su voz es ahogada por las olas que rompen en tropel. No quiero oírla.
Uma ocupa mucho espacio. Antes de cfasrnos era delicada, de voz suave. Ahora habla a gritos, ordena a voces, critíca e insulta de forma más bien grosera. Lo cierto es que ya no quiero oírla.
No sé si ustedes han visto un cuerpo desplomarse unos cien metros hacia las rocas que sobresalen de las olas saltarinas. Rocas oscuras. Y el cuerpo blanco que se queda allí, baslanceandose, como un pez panza arriba, muerto.
Cuando supe que ibamos a la playa, comencé a imaginar que Uma resbalaba en la hierba, en la cima del acantilado. Solo fantasías.
Anette se ha hecho amiga de Uma. Una amistad sospechosa, ya que Anette es más joven, más exhuberante, y a mi me consta que no es inocente, que no tiene escrúpulos. Cuando habla conmigo, su voz parece surgir de la tierra, como una planta con poderes mágicos. Como una mandrágora. Y hay en su mirada algo bien primitivo, que se me antoja juguetón y demoníaco.
Su formas tienen una gracia insoportable, que me enferman de deseo.
La playa parece cada vez más vacía y friolenta, el sonido de las olas cada vez más triste.
Anette sonríe para que le haga una foto. No invita a Uma a posar con ella. La complicidad entre la joven y yo se hace obvia y la situación es tensa.
Mi padre muerto nada hacia la lejanía. VEO SU CABEZA ENTRE LAS OLAS, YA MÁS ALLÁ DE LA ROCA DE LA ATALAYA. Me invade la soledad.
Anette ha hecho unos jeroglíficos sobre la arena humeda. Me doy cuenta entonces de que muchas cosas que los historiadores consideran mensajes antiguos con sentido religioso no son más que el resultado de la tendencia humana a diseñar formas que se acoplan entre ellas.
Los muslos de Anette, desnudos, están sucios de arena.
La veo tendida sobre una gran roca, como un animal a punto de ser sacrificado al mar.

miércoles, 22 de junio de 2011

LOS MUSLOS DE ANETTE 7

Comprendo que Anette podría haber sido cualquiera. Pero se daban en ella una serie de circunstancias y cualidades que la hacían un ser específico y único. Justamente la clase de criatura que para alguien como yo significaría un escape de la realidads, una aspiración morbosa, psíquica y física el ambiguo ángel de los labios sombríos, de los ojos verdemar,los bucles de luz melosa, y los albos muslos del sueño de Donatello.
El poco amor por nosotros mismos que la madre nos enseñó a tenernos en la infancia, es destrozado por medio de críticas, comentarios burlones y degradantes, solapados insultos, por parte de la persona con quien nos hemos casado. y de pronto, unos años más tarde, nos hallamos en la más completa soledad y viviendo una pesadilla de claustrofóbia y tristeza mordaces.
Entonces ella, la esposa, entra por la puerta de la casa con un ser joven y divino, que nos mira a los ojos con los suyos, en los cuales el mar danza, verde y plenos de espuma.
-És una amiga de la universidad- dice la esposa- Acabamos de conocernos.
- Hola- me dice la chica- Encantada. me llamo Anette.
Un calor infernal sube del centro de mi cuerpo al corazón, y al cerébro. La joven tiene el aroma de una jungla llena de flores salvajes.

martes, 21 de junio de 2011

LOS MUSLOS DE ANETTE 6

Era el mediodía.
La plaza, que solo tien un arbolíto redondo en medio, rutilaba de luz.
En la terraza del café había alguien, poca gente.
Entre los edificios de pisos que rodean la plaza, que la componen, de hecho, se columbran frondas azuladas y unos lejanos montes. Hay muchos coches aparcados al sol. Otros se deslizan de cuando en cuando carretera alante.
Entonces aparecen: un hombre alto y calvo, cetrino, que viste traje gris con manchas de grasa. Dos mujeres. Una mayor y otra más joven. Tienen el pelo negro y aceitoso atado en colas de caballo, la tez oscura de la gente gitana. Llevan un organo eléctrico sobre un carro de ruedas, y un perro bastante sucio.
Rompe el silencio una música del sur. La mujer canta bien. En la canícula su voz tiene un deje triste. Trae una distancia agustiosa.
Filmo la escena desde la ventana de mi piso.
A la mesa de la cocina, Anette sigue llorando. Un guiso de carne de ternera hierve eternamente sobre la cocina de cerámica.
En diversas ventanas aparecen las cabezas curiosas de algunos vecinos.
Los gitanos terminan su actuación.
Dejo la cámara sobre la mesa. Abro la botella de aceite y me unto las manos. Empiezo a esparcer el aceite sobre los muslos desnudos de Anette.
A la hora de siempre. Aprieto la carne joven.
Ahora todo es silencio. Pero ella sigue sollozando. Sin razón aparente.

sábado, 18 de junio de 2011

LOS MUSLOS DE ANETTE

Y sin embargo, somos como somos. Lo cual minguna actitud moralizante ni punitiva puede alterar.
En eso llevan razón los lánguidos conservadores, que entre virutas de humo se quejan de los esfuerzos progresistas por hacer del mundo algo que no puede ser, y mastican el odio es sus despachos umbríos con la parsinomia con que masticaban otrora los filtros de sus cigarrillos letales a la larga.
Soñar es una cosa.
Recuerdo que mi padre odiaba a la gente obviamente lasciva. Marlon Brando era un cerdo. Siempre elegía papeles sexualmente retorcidos.
Mi padre pintaba paisajes lejanos, difusos, de la Castilla pura y fría: caminos que se perdían entre las eras amarillas, pueblos con puentes quebrajadaos, sobre espejeantes ríos que alegraban el secano- nunca pinto gente, mucho menos, mujeres desnudas.
Pero yo, en alguna ciudad ahíta de invierno, nevada, congelada, busqué mi centro en una borrachera augusta, suicida, y adoré el vientre terso y desnudo, y los muslos irrazonables, y la lengua salada, de Anette.
En la mañana inhóspita, tepetitiva, redpolente de soledad, con una resaca de muerte, pensando en la muerte, cercano a la muerte, dejé que flotara mi mirada sobre el río helado.
la decadencia, el vicio, a la mñana siguiente, siempre me hacen recordar las fantasmales iglesia blancas de Utrillo, el pintor Montmartre, los cuadros puristas, without blame (sin culpa), de mi padre.
El olvido, un mar que se acerca.
Y perdono al escritor de Lolita. Por su tristeza-Y al de La Muerte en Venecia, ñpor su sed de imposible.
Tambien los muslos de Anette se dibujan contra el horizonte de una ciudad que vomita sus propia inmundicia sobre el suelo del invierno.
Los muslos de Anette, terribles columnas hermosas contra las que se masturban llos desesperados.

viernes, 17 de junio de 2011

TODO AL REVES

Incumbe a quien escribe procurar no dejar que lo malvado de la naturaleza humana se filtre a sus escritos y emponzoñe la personalidad de los jovenes lectores.
Grandes escritores de pasado, como Herman Melville o Mark Twain, ya combatían, con la palabra, la lacra universal del racismo. Otros, desde Shakespeare y Cervantes a Bécquer e incluso a algunos contemporáneos nuestros, usan las palabras para incitar al racismo.
Esto que sigue es del cuento La Rosa de Pasión, de Bécquer:
"...tenía hace muchos años su habitación, raquitica, tenebrosa y miserable como su dueño, un judío llamado Daniel Leví.
Era este judío rencorosos y vengativo como TODOS LOS DE SU RAZA, pero más que ninguno engaÑador e hipócrita"
Viniendo de un señor tan supuestamente inteligente y sensible como Adolfo Bécquer, tal falta de humanidad y de visión me ofende y me decepciona.
Yo fúi, en mi temprana juventud, un enamorado de sus Rimas y Leyendas. Aquel sublíme poeta era, en toda la literatura española, el único, junto con Valle Inclán, el celta autor de los cuentos de Jardín Umbrío, que había hecho de lo fantástico su tema más trabajado.
Edgar Alan Poe, el padre del cuento gótico, romántico y terrorifico, tambien había introducido en sus escritos propaganda racista, e incluso perteneció a grupos del sur de Estados unidos que trabajaron para la perpetuación de la esclavitud.
Como si de una enfermedad de los autores más imaginativos se tratara, tambien Lovecraft padeció de una poco solapada inclinación a la xenofóbia.
He tenido, con el tiempo y la evidencia, que reconocer a estos escritores como mucho más mediocres de lo que a primera vista parecen, y aquejados por una vena racista que a duras penas controlan y que aparece aquí y allá en sus páginas. Por eso, ya no los léo. Ni siquiera puedo ya respetarles.
Cuando pienso en la acendencia húngara de Bécquer, incluso, y en la historia de Hungría en general, me pregunto si no llevaría ese racismo que lo empequeñece, en sus genes. ¿Habría escrito así sobre los judíos si supiera lo que se avecinaba en Europa? ¿El inminente holocausto que trería el infierno a la tierra en pleno siglo XX? Claro que un preludio de ese infierno ya había ocurrido en la España de la Inquisición, no solo con la persecución de herejes judíos y musulmanes, sino tambien con la destrucción sistemática de todo vestígio visible de su influencia en la personalidad del país.
Bien , los españoles modernos estamos bastante comodos con esos hechos y ni pensamos en ellos. No nos interesa mucho la historia, en general, como en general nos interesa muy poco nada que tenga que ver con el verdadero intelecto.
Sin embargo, la memoria sale al camino a encontrarnos.
Es el caso de un profesor de lengua española, que de pronto, allá por la década de los sesenta, en un instituto asturiano, les contó a sus alumnos que además de ser un grande de las letras españolas, Gustavo Adolfo Becquer, lo mismo que cervantes, había sido un cabrón racista, que no perdió oportunidad de vilificar a una raza o dos. Añadía que eso de que había que excusar las transgresiones racistas de ciertos genios literarios dado el contexto y la época en que escribían, era una estupidez. Porque en toda época existieron otros escritores que se mantuvieron firmes contra el racismo. Y para acabar la disertación que sería la razón de su expulsión del sistema educativo, aseguró que la mayoría de los heroes cuya magnificencia era exaltada en la aulas de toda españa eran una pandilla de asesinos que habían sido bastante cortos de entendederas, y sin escrúpulos, como serían los ejemplos de don Rodrigo Díaz de Vivar, Cristobal Colón, etc...
¿Qué fué de aquel maestro tan peculiar? Todo el mundo decía que el pobre se había vuelto loco.
Era por las cosas tan raras que decía que acabó, al parecer, ingresado a la fuerza en una institución.

miércoles, 15 de junio de 2011

LOS MUSLOS DE ANETTE

En la vejez uno se adapta al hecho de que la gente lo trate bien y con cierta condescendencia.
Habrán visto la película de Murnau, Nosferatu. Aquel espectro no es muy deiferente a mí, con mi rostro apergaminado y color cal. Y yo tambien soy flaco. En la canícula, apenas se me ve de tan flaco. Y si miran por el escaparate de un lugar oscuro y ocurre que yo estoy dentro, mi rostro les asustará, saliendo como algo blanco y decrépito de entre las sombras.
Vivo en una ciudad tambien decrépita, con estrechas calles de muros desconchados, en donde gatos a veces sarnosos se agazapan por los rincones verdes de musgo. Pero una ciudad decrépita es romántica. Un hombre decrépito, solamente una ruina.
El mundo ha cambiado. Todo es triste. La gente es abusiva. La comida es vomitiva. Todo es demasiado caro. Estamos en manos de los negociantes, y se nota, La sombra de la mezquindaz y la ignorancia ha caído sobre el mundo. Yo me siento en el banco del parque y si hay brisa me parece que soy parte de la hierba que se mece.Me pongo las manos en las rodillas. La gente al pasar me mira con compasión. Quizá con rencor- pero a eso de las cinco, con el fresco de la tarde, se acerca Anette. Ella es la pureza y la exhuberancia. Se sienta a mi lado, y yo soy la corrupción. Es esbelta. Me sonríe con su rostro de ángel.
Anette tendrá 25 años. No he conocido nunca a nadie tan absolutamente hermosa. lleva una falda bastante corta, y sus muslos son el sueño de Donatello. Me he dormido evocandolos, moviendose sinuosamente en una sombra sedosa.
La relación es peculiar.
-¿Cómo se siente hoy, viejo de mierda?- me pregunta
- Como un cajón lleno de recuerdos tristes y de telas de araña.- respondo- Sin embargo, tu presencia me ha dado una erección perfectamente saludable, e innegable.
- Es usted un vampiro. Solo que prefiere que yo se la chupe, ¿No es verdad?-dice
- Así es, mi querida joven.- le contesto- Aún más, me agradaría llevarla conmigo a mi cripta y allí practicar algunas cosas socialmente muy cuestionables.
-¡Qué cerdo!- exclama Anette.
Nunca nos tocamos. Apenas nos miramos.
Ella es la exhubernacia. Sus pechos son como la primavera, pingües, aromáticos, Sus muslos, sus muslos...del tono de la miel.
Y yo soy el vacío.
Ella siente deseos de revivirme, de llenarme. Yo, de acojerla en mi mente cavernosa.
Como Nosferatu. Justamente como el Nosferatu de Marnau.
Mis dedos helados, llenos de reúma, recorren, en mi imaginación, la carne prieta de la muchacha y la penetran- La noto trembalr, como si esto estuviera ocurriendo realmente.
pero ella ya se ha levantado. Se aleja, sin mirar hacia atrás..

viernes, 10 de junio de 2011

La Cita

No tenía el poder de vengarse de la vida, pero podía detestarla com toda su fuerza. Una vez, hacía tiempo, había apreciado estar vivo- Ahora sabía que su existencia propia había sido una broma de mal gusto, una especie de truco que el universo le había gastado para joderle, para carcajearse a su costa. No podía ser de otra forma, si se consideraba todo lo que le había pasado ultimamente.
El destino le despojó de todo. e incluso estaba enfermo, con una enfermedad que lo mismo podía matarle de pronto que dentro de veinte años. Vivía, pues, con el alma en vilo. Lo cierto es que a nadie le importaba un a mierda y que estaba solo en el mundo. A solas con su tristeza y, sobre todo, con su miedo. Un miedo intenso, secreto y constante.
Excepto por la chica del foro.
Excelsa.
Ella le enviaba por correo fotos de todas las partes de su cuerpo. De su culo inmaculado, de sus muslos perfectos, de sus labios entrabiertos por los que asomaba un poco la deliciosa lengua.
Pero nunca le había enviado una foto de su rostro completo. Con Photoshop, él se dedicaba a tratar de componer la imagen total, juntando todas la piezas separadas. Pero solo conseguía construir imagenes casi monstruosas, como las pinturas de Francis Bacon.
Le gustaba imaginarla. Le alegraba, aunque de una forma un tanto amarga, verla en su mente, sonriendole, burlandose de él cariñosamente.
Y es que la chica tenía un gran sentido del humor. Debía ser muy culta. Las cosas que le escribía por internet le hacía reir y lo excitaban a un tiempo.
Pero él ya no podía más con su espantosa soledad, y tenía que verla, tenía que conocerla, pues su conexión con ella era lo único que el mantenía algo interesado en el mundo. A veces reconocía con espanto que si ella se esfumara de pronto, si dejara de comunicarse con él, le sob revendría un ahelo de dejar de existir, de quitarse la vida. "Ojos que veis el mar: el mar no os mira".
Y un día recibió el mensaje: " quiero conocerte. Dime dónde y cuando"
Cerca de la Plaza mayor. En aquella chocolatería popular, que se llamaba Giner y estaba decorada como hacía cincuenta años, con paredes y mesas de mármol blanco. Un lugar, se dijo, más bien fantasmal. propicio para el encuentro romántico entre dos espectros.
Aquel día se deslizó nerviosamente entre el odioso gentío. La ciudad rugía en sus oídos. El ruido era un gran murciélago que aleteaba en el interior de su cráneo. Por las callejuelas abarrotadas de tiposd agresivos, gente solitaria, parejas de enamorados y prostitutasm fué llegando a la chocolatería. Iba un poco tarde. Ella ya estaría allí adentro, esperandole.
Cuando entró al local, que olía a chocolate y freiduría de churros, a aceite y azúcar, la vió. No había nadie más en el lugar.
Había esperado otra cosa, y se había hecho a la idea de que fuera lo que fuera lo que encontrase en realidad, trataría de amar a aquella persona. Se había imaginado que sería un travesti, o un chico enfermizo que buscaba a un hombre mayor, o una mujer ya muy vieja y solitaría. Y su propia soledad era tal que con cualquiera de esos personajes se habría líado en una relación.
Pero su corazón casi se para cuando vió, sentada allí, esperandole, a la mujer más hermosa del mundo. Tenía las piernas cruzadas. Le miraba con unos ojos color miel, sonrientes. El pelo negro como un halo de noche sobre su exquisito rosto ovalado.
-¿Eres tú?- preguntó el hombre.
Y vió, con gran sorpresa, que ella se inclinaba hacia él, y le besaba, mientras que de sus bellos ojos brotaban regueros de lágrimas. Lágrimas de sangre.

0

es igual

el amor, el hueso

el estruendo, el silencio

la luna en los charcos

odiada de los perros

igual tu rabia y tu sexo

tus labios violentos

y tu corazón reseco


Iguales la nada y el universo,

la ausencia y el beso.

sábado, 28 de mayo de 2011

La carreta.

Feliciano untó el arrope sobre la rebanada de pan de leña. Tenía los ojos azules, pequeños, sonrientes, y siempre estaba un poquitín borracho. El vino de La Mancha, bebido lento, alarga la vida.
Estabamos sentados contra la pared encalada de la casa. Era la tarde y la gente dormía. El pueblo ewstaba aletargado, bajo el sol y el polvo. Una luz blanca y sin limites fluía por la calle
principal, y apenas se veía de tanta claridad.
Oímos el ruido de la ruedas forradas de hierro de la carreta que se acercaba. Feliciano miró hacia la izquierda y yo tambien. Era como un barco a la deriva, aquella carreta, de blanco velámen. Y no había nadie en el pesacnte, sino que avanzaba tirada por un caballo sin riendas, o quizá fuera una mula vieja, no me acuerdo.
Había, no sé si lo dije, un silencio de camposanto. El cielo giraba con las sombras de algunos pájaros negros, y venía de lejos el olor de las eras calientes, de los hornos del pan y del vino de las bodegas.
El arrope dulzón se me pegaba a la lengua y sabía a sangre con azúcar. Frliciano fumaba un pitillos fino y acre. Al ver la carreta me dijo, en voz baja., "esos serán los Montero. Es la carreta de uno de ellos. A saber por qué anda sola por ahí.
Fué decir eso Feliciano cuando, como en mitad de un lienzo pintado de amarillo pálido, explotó un abrupto y horrible brochazo de claro rojo. El toldo níveo de la carreta, que se movía en vaivén empujado por quienes luchaban allí encerrados, enrojeció de sangre, y era una visión que daba miedo. detrás de la carreta, como siguiendo a un amo invisible, iba el perro de los Montero. Cuando la sangré empapó el toldo, dió no un ladrido, sino un gemido cansado y tétrico.
Luego encontraron la carreta parada entre uns chopos, según la calle, ya fuera del pueblo, se convertía en camino que se alejaba entre las tierras quemadas, hacia el norte. Adentro, los cuerpos hechos tiras de los hermanos monteros, desangrados por docenas de agujeros en la carne. tenían en las manos aquellas terribles facas que cuando les sacaban la hoja chirriaban como hienas. Yo ví la hoja curva de un a de ellas, manchads de sangre caliente.
Los muertos se habían peleado por una mujer.
Fué mi abuelo, vestido con su traje de corte, el sombrero sobre los ojos y el pitillos en la boca, quien dirigó los trabajos de la guarda civil una vez descubierto el acto de violencia. Era el secretario del ayuntamiento.
Feliciano, que se hacía cargo de casi todo en nuestra casa, agitaba la mano y decía."amos, chico. que estas cosas no son para que las mire un niño"

miércoles, 13 de abril de 2011

LOVE STORY

Ustedes recordarán aquella canción que tenía el estribillo:¨...vamos a contar mentiras, tralalá, vamos a contar mentiras". Yo me cansé de eso hace tiempo, y ahora siempre cuento la verdad y voy al grano, a por lo que quiero. No me interesan las zigzagueantes maneras de actuar de la gente. Estoy más solo que la una. Y me aprecio a mi mismo tan poco que cada cuatro o cinco semanas me las arreglo para que alguienm se cabree conmigo y me parta la boca. o al revés, que yo se la parta a él. No me molesta la violencia, es un estado de gracia, como un trance religioso. De hecho, hace tiempo que decidí que morir de un tiro, preferiblemente en una ciudad blanca, junto al mar, como un albatros enorme, es preferible a languidecer en un hospital rodeado de familiares lloriqueantes. Hoy chateé con mi amiga Ire en Facebook . Es una relación platónica por la cual estoy agradecido, ya que normalmente soy el tipo más solitario del mundo. Pero me dejó con una melancolía voraz comiendome el estómago. Me fuí a la ruta del vino. Ya se sabe que bebo Albariño frío. Esta vez pedí una botella entera. Iba a emborracharme de lo lindo, contra corriente, contra todas aquellos maniquíes y divas de pacotilla que alzaban el meñique con la copa. Eh, yo he estado en el Polo Norte, en Alaska, he comido con criminales y me las he visto con osos en los bosques de Alberta. Los pijos que visten los niquis rosados que sus hembras les compran para la primavera me la traen floja. soy melodramático y como ya dejé entrever, no me importaría morirme en el acto. Lo cierto es que el recuerdo de Laura me come el alma y apenas puedo vivir. Para colmo estban tocando, en aguna parte, aquella vieja canción que hicimos nuestra, yu que a ella la hacía llorar de deseo y nostalgia. Yo vislumbré la mirada gatuna de la rubia entre el gentío. Me estaba mirando con tenacidad, casi con odio. Mi aire de total indiferencia hacia el mundo la estaba quemando por dentro. No me aguantaba, hubiera querido matarme. Ciertamente, yo era ,con toda precisión, lo más contrario a su vida decorada, confortable y prefabricada, como una estantería de Ikea. Su expresión al mirarme era de tal repuganancia que yo, mitad borracho, quería ir y decirle que me amase, que me amase para siempre, que daría mi vida por su amor. Pero me miraba. Y sé que si una mujer te mira con odio, y te sigue mirando con odio, y no aparta la mirada, es porque te quiere destruir con su arma más letal: el amor. Así que me levanté para hablarle. Iba a decir alguna idiotez a lo Humphrey Bogart en una de detectives cuando un dedazo fuera de lo común me picó al pecho como a una puerta. No soy nada racista. De hecho quienes se portaron conmigo como hijos de puta siempre fueron blancos. Pero aquel africano medía como dos pies de altura y estaba equipado con un físico de cuidado. Supuse que, afortunado de mi, era la pareja de la rubia. -Oye, chico, ¿Tratas de levantar a mi mujer?-me pregunta, el dedazo todavía sobre mi pecho. - Efectivamente, amigo- le digo, con fría sinceridad- Me gustaría darte una paliza y llevarmela. No pasa nada. Tengo casa grande con piscina interior. Puedes pasar a buscarla en dos o tres días. Me volví hacia ella: - ¿Qué bebes, monada? Al moreno le dije que él no estaba invitado así que se diera el piro. El primer tortazo me pilló por sorpresa, pero me puso contento. Sabemos que la gente grande no es necesariamente superior en una pelea a la gente nervuda. Y, amigos, yo soy todo nervio, de la punta de la polla hasta los puños. La gente se apató aterrorizada. La rubia se ponía cahonda viendonos pelear, porque detestaba al moreno casi más que a mi. Por lo menos, era obvio que yo no creía en ponerle a nadie un anillo en el dedo ni tatuarle mis iniciales en el culo, que viene a ser la misma cosa. No gané la pelea. Regresé a casa con la cara hecha un salami y tres dientes de menos. Me importa tres cojones. Me gusta el dolor. Y en el bolsillo de la chaqueta, por arte de birli birloque, he encontrado una papeleta con un número de teléfono: el de la rubia. Definitavamente, es este mundo perro, si se quiere algo, hay que partirse la cara por ello.

domingo, 10 de abril de 2011

surge

Es hora de observar como cuando vulelves la esquina


la realidad cambia y eres otro,


repentinamente maravillado por tu transformación.


Los recuerdos se han borrado y queda una mar pura,


sin secuelas de muerte, sin avidez de olvido.


Solo una transparencia vestal , como la de la luz que preludia la primavera.


¿Ha renacido el mundo ? ¿No hay miedo, guerras, hambre?


Tú has vuleto aquella esquina y ya no eres el mismo.


No te recuerdas y por delante tienes otra historia,


un tiempo resurgente, nuevo, límpido, como ojos recien llegados.


Es hora pues de perder la tristeza, hundir el pensamiento en el agua rutilante


que por el viento fluye, de refrescar la lengua es este amor que llega con la nieve, en esta


infancia que se deja ver en todo, alegría tangible.


Cuerpo resuelto, fresco, nervudo como las brechas de la roca


por donde desciende el agua purificada de los neveros,


recien hecho, hierba alzada de pronto plena de aroma y rocío, savia.


Se han sumido en la inexistencia los rostros que te agobiaban,


las voces de los muertos, la culpabilidad.


El velero raudo de la nueva vida,


de la existencia transformada en placer y libertad te avanza


a un mundo repleto de misterios


sobre las altas ondas azul turquesa.

lunes, 4 de abril de 2011

SENDERO

Todo lo que me quedaba de España, a los quince años, era un libro viejo, con duras portadas rojo oscuro, páginas laminadas y fotos en blanco y negro, con alguna en color entre medias, pero de colores desvaídos, humildes, casi tristes, como los que se ven en el campo a principios de primavera. Fotos todas ellas antiguas y por lo tanto difuminadas, justamente como vemos los paisajes de otrora en la memoria, cuando cerramos los ojos. La melancolía de las imágenes se correspondía perfectamente a la de los textos, todos ellos extractos de trabajos mayores, y que trataban del paisaje. Allí, Azorin, con palabras desnudas, depuradas, evocaba la soledad soñolienta de las eras en estío. Unamuno destilaba en su prosa seca el oro que la tarde esparce sobre Salamanca, la catedral, el puente, el Tormes con sus álamos largos, de forma de llama, luminosos y rumorosos. La Soria alta de Bequer, de la nieve y el fuego en el hogar de la casa donde alguien espera que los espectros llamen a la puerta una noche helada de invierno. Y la Castilla de Machado, marcada por el paso de pastores y guerreros, con sus senderos luengos, que deben acabar en el infinito. A los quince años, en un país extranjero, yo cuidaba aquel libro como si de mi propio corazón se tratase. Y cuando lo abría, por cualquier página, me veía en la España de la memoria. como si no me hubiera ido. Y cerrando los ojos, volaba sobre los campos, las sierras y las ciudades, sobre los verjeles andaluces, las estepas de Castilla, los jardines umbríos de Galicia y Asturias. A veces salgo al sendero, otéo el campo y, a lo lejos, veo la forma de un niño, parado en medio del camino de San Antón, que sube al norte. Le saludo con la mano. Empieza a nevar ligeramente. el niño desaparece. Tengo en mi mano crispada y fría el libro de siempre. Se titula, simplemete, "Sendero".

la vuelta

Mira como todo vuelve acabado el invierno: lo que parecía olvidado, solecito al sendero. Y tú, amor pequeñito, ojos de cielo ya llegas de tan hondo, de tan lejos. Llegas llenando el mundo de sentimiento, de movimiento y lumbre lo frío y yerto. Ya vienes con las brisas y el aguacero y con las flores rosas de los cerezos.

lunes, 21 de marzo de 2011

partida

Aquí ya no hay belleza.

Todo se lo llevó la mar con ella,
perfil, corazón y piedra.

Tres montañas nevadas a lo lejos
alzan sus crestas frías.

Mar vasto, azul cobalto, en medio,
entre el pálido mármol y el caballo que había.

Aquí no está el trigal de tu cabello
ni el lapislázuli de tu mirada esquiva.

Aquí ya no hay belleza,
Se la llevó la mar a su tristeza
de memoria infinita.

Y parto ahora, hacia tí, hacia Ithaka,
sobre las olas agresivas y vacías.

Aquí no hay nada. Y cuando se quiere
lo amado ya desvanecido,
si hay que morir se muere,
por salir al camino.

domingo, 13 de marzo de 2011

agua (marcel)

Por las choperas ocres
la lluvia baja,
sobre las hojas mustias
deditos de agua.

En el viento del llano
como retoza
la lluvia, agüita fresca
para tu boca.

Niño, como en el cielo
de mi nostalgia,:
beso de ángel la lluvia
sobre tu cara.

La lluvia es una hada
suave y pequeña
que en tus ojos de agua
va y se despeina.


Cuando todo está lejos,
no desesperes,
que te traerá la lluvia
lo que quisieres.

lunes, 7 de marzo de 2011

emigrados

Lo que ví.

.

No nos engañemos-
Nadie sabe tanto
como quien ya está bien harto
del hijoeputa invierno.

Como tú y yo.
Ea. Hermanaos a las esquinas
con las orejas heladas
y la barriga partida
de inquina
y añoranza.

Tú mostrando
una foto de tu hija,
como un cabrón loco de atar.

¿Quien te iba a entender,
tu rabia vasta
como un mar?

Que ella me quiere poco.

¿Y cómo se quiere, che,
a un hijo de puta loco?

Que no me dejan ver más
a la hija pequeña, che!

Y pa que te quiere ver,
si estás todo el tiempo ebrio.

Andá a cagala, gallego,
¿vos qué carajo sabés
de sentimientos?

Pasá la botella, viejo,
así me callo, que acá
nadie me escucha el tangeo.

Aunque haiga un metro de nieve
yo siempre pienso que estoy
allá por Montevideo.

De carnaval

En el folclore celta se asume que existe otro mundo más real que el que vemos con los ojos.
Nuestra realidad como entes con alma y afectados por la memoria es más perceptible en aquel mundo del psyque que en este otro de imágenes y sensaciones.
Por eso las canciones que celebran lo más bello que nos ocurre en la vida siempre se refieren a algún lugar que es un reflejo de otro lugar.
El idilio de la bella irlandesa que luego fenece y es cantada por su desolado amante, ocurre en las laderas de Slieve Namon, un monte que existe, que puede ser visitado por cualquiera, pero que en realidad es un lugar sagrado. El Slieve namon de la canción es como el mar junto al cual vivía Annabel Lee, en el hechizante poema de Poe; el mar del alma, donde el cielo es negro y preñado de simbolos de fuego que presagian los desenlances nefastos.
Porque el verdadero amor de los humanos está condenado a ser un estigma y una tragedia, por imposible.
Se busca a la compañera del paraíso, se busca al amante demoniaco, se busca, siempre, el mito, que es una representaciónn vaga de una verdad perdida, de otro mundo aún presente en nuestra llamada memoria historica.
Claro que los vampíros, las hermosas doncellas muertas de los cuentos góticos, los extraños caballeros de las leyendas, que raptan a las virgenes para llevarlas al mar de los galeones de oro y esmaraldas, al infierno del crepúsculo, no son sino las formas con las que el psyque nos devuelvelas semblanzas del amor perdido, perdido eternamente, a través de los tiempos.
Ayer fue Antroxu en Asturias, el extraño carnaval que mezcla el deseo con la ambigüedad y el terror-
Como siempre, en completa soledad, de negro absoluto, con el largo abrigo de cachemira y un antifaz rojo, me deslicé entre el gentío por las calles de Gijón.
Máscaras de todo tipo, plumas, abanicos negros, dorados, multicolores, por encima de los cuales me buscaban , equivocamente, fugaces miradas.
La belleza estaba presente, la sugestión, la tristeza. Todo lo humano, lo de siempre.
A las cuatro de la mañana la música y el vino se habían instalado en mi cabeza, y el mundo ya era una pantomima inquietante, como si se acercara el fin del mundo y todos hubieran tirado la precaución al olvido.
Estaba de pie junto a la barra de un bar. Una chica hermosa, de edad indefinible, se acercó a mí. Iba vestida de bruja, con un gran escote que mostraba la juventud tersa y deseable de sus senos. Pierna largas, perfectas, visibles por la larga ranura de la falda. Vï los ojos detrás del antifaz, verdes, juguetones, ébrios. La boca, pintada de granate. Una cara inocente, de Boticelli. Sus bucles eran dorados y tenían olor a niebla.
-Estoy cansada-me dijo- Bebí demasiado. ¿ Me dejas reclinar la cabeza en tu hombro?
-Solo si es para siempre-contesté, con mi ironía que casi nunca es comprendida-
- Será para siempre- dijo ella.
Y apoyó su cabeza en mi hombro, un segundo. Despues se rió de forma exquisita y, danzando,
se perdío entre el gentío.
Y aún siento el peso de su cabeza sobre mi hombro. No faltó a su promesa. Fué para siempre.
Porque Gijón, Antroxu, y ella, ya han pasado a ser parte del mundo inmemorial que llevo, tristemente, dentro de mí.

jueves, 3 de marzo de 2011

EL TRUEQUE

EL TRUEQUE

- Todo a cambio de saciar su sed de sangre y poder.
Dijole Anaconda a Don Viracocha, que además de haberla creado era dios del Amazonas.
Ya nadie le temía, ni siquiera las anguilas. Temían a aquella culebrona vieja. ¡ Qué envidia le daba!
-¿Y qué es todo, dime ? preguntó el dios, mosqueado,
- Morir en paz y no aterrorizar a nadie - dijo la serpiente, bostezando.
- Bien- contestó el dios- A cambio me darás tu camisa.
Se hizo el trato. Anaconda murió y descansó. Don Viracocha se puso su camisa y empezó a subir y bajar por el río, metiendo miedo a todos.
El ACABADO

" Todo a cambio de sangre y poder" Terminaba aquella voluminosa biografía.
Cerró el libro.
El hombre de quien hablaba la obra pareciole lejano, irreal, imposible. Casi se reía pensandolo.
Los hechos eran ciertos, eso sí, pero...como observados al revés.
Recordó los días jovenes, cuando se juró a sí mismo mejorar el país, liberarlo.
¡ Hacía tanto!.
Cerró la ventana a la calle, donde ahora todos le odiaban. Y, en la soledad penumbrosa de palacio, el viejo dictador lloró amargamente.
Se preguntaba qué carajo había ido mal.
En las estancia inferiores del palacio, irrumpían ya los revolucionarios, que venían a matarle.

domingo, 27 de febrero de 2011

horas

Horas
otrora felizmente frescas y vacías
como los jardines pequeños al amanecer:
llenas hoy de sombras que se arrastran
sin encontrar ya más la forma que perdieron ,
llenas de flores mustias, de amarillentas papeletas,
documentos caducos, viejas facturas
y cartas de amor desteñidas
en carpetas azules como la juventud esfumada.

Lo futil de vivir se empieza a anunciar con lentitud
exasperante, por medio de vagas señales
del cansancio repentino de las cosas. En la luz,
en la nieve, en la lluvia
restan los objetos, perdiendo su razón de ser,
seniles, sin atreverse a recordarnos, empolvados.
Y, salvo para entristecernos y robarnos espacio,
de nada sirven.
El cuerpo requiere que lo alejemos de todo.

Que lo subamos a una cumbre,
que lo inundemos de agua vasta y fría por su boca
que podría beber todo un mar frío y salado,
un mar infinito como el sueño, como el espacio.

Nos aturde la memoria, ese
negropozo lleno de dolores que para nada sirvieron.

Respiramos hondamente
y un ave se libera de su jaula
por nuestra boca.

viernes, 25 de febrero de 2011

cuentos de bailaconlobos- 1

Alba era mi prima. había vivido siempre en un casetón de piedra empinado en lo alto de una colina. La visité allí solo una vez, y siempre recordaré el camastro de gruesa madera, estrecho y cercano a la techumbre, donde Alba dormía. La ventanas eras muy pequeñas, con marcos de gruesa madera. En aquellos días, se alumbraba la gente pobre, la gente del monte, con velas y candiles.
El padre de Alba había sido minero, pero contrajo la silicosis y lo jubilaron. Luego los mineros empezaron a cobrar buenas pensiones, pero en aquella época sus familias llevaban existencias paupérrimas.
Allí arriba el viento soplaba con fuerza, retorciendo los manzanos de la pomarada.
El invierno era duro. La nieve se apilaba entre los riscos.
Un día heladoo, el padre de Alba, mi tio Antón, cayó muerto mientras cortaba leña con un hacha. Aquel mismo día, Alba se vino a vivr con nosotros a la casa de abajo, en el pueblo, que era de mi abuela. Aquella casa era buena, de dos plantas y con cuadras. Tenía higuera, carbonera y al lado pasaba un río.
Yo escuchaba el rumor del agua desde mi cama, por la ventanuca abierta, casi todas las noches. Aquella ventana solo la cerrabamos en invierno.
Alba tenía ojos verdes. Yo creía que se le habían puesto así de vivir allí arriba, donde había tanto bosque. Los bosques suelen cambiarle a la gente el color de los ojos, lo mismo que el mar y la noche.
En una habitación que siempre permanecía con la puerta entrecerrada y en penumbra, vivía la hermana de mi abuela. Nunca salía de allí. Padecía de varias enfermedades terribles que la limitaban y no parecían matarla nunca. La veíamos por la ranura de la puerta entreabierta. Su pelo níveo, su perfil aquilino, el chal rojo y negro con bordados de hilo de oro. Y las manos transparentes, como de hielo.
Mi abuela y su hermana eran las supervivientes de nueve. Siete habían muerto cuando explotó una bomba con la que jugaban, la cual habían encontrado en un prado. En aquella época no era raro hallar artefactos de cuando la guerra tirados por ahí. Mi abuela no estaba, pero su hermana se quedó sorda y medio muerta de la explosión.
En aquella habitación oscura, incluso años despues de su fallecimiento, siempre se oiría la respiración y se olería la vejez enferma de aquella señora.
Alba y yo teníamos la misma edad, pero no nos llevabamos bien. Cada una iba por su lado, ignorando a la otra lo más posible.
Alba no se sentía feliz en el valle. Era una criatura de los altos, de las rocas. Echaba de menos andar por ahí suelta entre los árboles con las piernas llenas de arañazos y cortes. Y quedarse dormida al ulular del viento entre los riscos.
Una vez nos juntamos al lado del rio. Me dijo que si quería ser amiga suya debía cortarme una vena y darle a beber sangre. Ella haría lo propio.
Fascinada, vi la sangre de las dos flotando río abajo, por el agua verdosa.
-Esa señora que vive en la habitación oscura, ¿por qué no se muere?-dijo Alba-Lleva años y años pudriendose viva, en esa silla mecedora. Tenía que morirse para estar mejor.
Alba echaba de menos a su padre. La madre había muerto cuando tenía dos años, y no la recordaba.
Un día Alba me dijo que su padre, en las noches frías, se acostaba con ella. Así los dos se sentían calidos al amanecer, cuando todo despertaba cubierto de escarcha o de nieve. Recordaba el aliento de vino de su padre. Este la había acariado muchas veces, y otras cosas, y lo echaba de menos.
Aún la visitaba de vez en cuando.
Ella se despertaba en mitad de la noche y lo veía pegado contra la pared, tratando de no hacer ruido para no asustarla. Ahora no tenía la cara rojiza como cuando bebía vino, sino muy blanca, como a veces la luna.
Se conoce que los muertos no beben.
Tampoco lo olía cuando se sentaba al borde de la cama para acariciarla. Había perdido el olor. Era como aire, o como niebla.
El padre muerto de Alba, mi tío Antón, le pedía a su hija que se fuera con él.
Esas palabras oyó mi abuela de noche, retumbando como el trueno por la casa :"Vente conmigo, Alba: Yo todavía estoy en el monte!"
Mi abuela se soliviantaba sobremanera cuando oía a su hijo muerto decir tales cosas, y se hacía la señal de la cruz y lo corría de la casa a golpe de escoba.
Mi prima lloraba cada vez que algo de aquella índole ocurría. Ella quería irse.
Mi tio Antón empezó a hacer ruido por los rincones a cada poco. Incluso durante las comidas no nos dejaba en paz. Movía las perólas sobre la cocina de chapa. A veces abría el infiernillo y esparcía el carbón ardiendo a manotadas.
A principios del invierno en que mis padres me llevaron del pueblo a la capital, a vivir definitivamente con ellos, la anciana que vivía en la habitación umbrosa murió finalmente.
Alba se ahogo en un remanso del río. Y todos concluyeron que se había dejado morir bajo las ondas, por la cara de felicidad que mostraba el cadáver.
Arriba, en el casetón, el viento parecía que daba gritos, casi todas las noches...

domingo, 20 de febrero de 2011

vacío

Ya se me olvida
como eras.
Se me olvida
tu sonrisa.
Tu voz
se me olvida.
Tu mano
en la mía,
su calidez
se me olvida.

Toda la hondura
pues, del amor aquel,
¿de qué servía?
Y el dolor de despues,
¿para qué era?
Hace no tanto tiempo
te quería.
Hoy quiero recordarte
y una especie
de tul de nieve fría
cubre tu faz difusa
a la memoría mía.
El amor no era eterno.
Lo eterno era el olvido.
La eternidad mentía.

viernes, 18 de febrero de 2011

la palabra cierta

Decir la palabra justa
es quitar una sombra triste
para que tus ojos aprendan
que la verdad puede decirse.

Es retirar de un rostro el velo
para verle lo que sentía
y comprenderle la belleza
que escondía.

Antes de la palabra justa
otras acuden, confusión
de olas sin tino que te aturden
el corazón.

Pero la justa no hace falta
buscarla, ardua, entre las otras.
Ella siempre se acerca clara
y por sí sola.

Cuando la escuches no entorpece,
no te avasalla ni intimida:
pero te alegra y esclarece
la vida.

miércoles, 16 de febrero de 2011

BOHEMIA

Montreal, invierno, 1998, cuatro de la mañana. -19 grados centigrados. La luna llena echa reflejos sobre el hielo que cubre la ciudad, alarga una estela fantasmal sobre la superficie congelada del río San Lorenzo.

La noche la pasé bebiendo con el chileno. Al final, aquel cabrón dejó caer la cabeza peluda sobre la mesa del bar y ya no despertaba.

El camarero nos echó con aspavientos. Eramos los últimos en irnos. Yo no estaba seguro de si iba a vomitar o no. Buscaba con los ojos un sitio escondido por si acaso. Ahora el chileno caminaba apoyado en mi, babeando.

Pensé que me hartaba de llevarle a casa en aquel estado tantas noches. Pero el me llamaba "Sangre", en referencia al hecho de que su abuelo era asturiano, como yo. En realidad yo no creía que el supiese a ciencia cierta quien era su abuelo, pero bueno...

El chileno hacía bonitas esculturas cubistas de animales.

"¿Quien quiere hacer una representación cubista de un águila?" le preguntaba yo "Es como encajonar a la libertad. No tiene sentido"

"¿Y usté que sabe del arte, huevón?" contestaba" El arte doblega a la naturaleza por medio del control y el método"

"Y una mierda. Tú no eres más que un borracho y haces arte para conocer mujeres"

Yo podía ser bien hijo de puta cuando me lo proponía.

Andabamos calle arriba, por el Plateau, donde los bares habían cerrado y solo quedaba algún que otro cafetucho abierto, con algunos trasnochados.

El silencio era aterrador, con aquel frío que hacia que el aire pareciera ir a quebrase con un chasquido de hueso.

"¿Me comprás una hamburguesa, che sangre ?" Preguntó el chileno.

Hamburguesa y café, a las cuatro de la mañana, despues de haber bebido, en Montréal, es una experiencia poética.

"Oye, Chile, no soy tu mamá" le dije.

"¿Qué no me vas a comprar una hamburguesa, huevón de mierda? Mirá, ahí está Valerie."

Allí estaba Valerie, de negro, bella como una estatua de Donatello, las espectaculares piernas cruzadas, el pelo negro y liso enmarcando su rostro de ángel un tanto corrompido. Nos sentamos a su mesa.

"¿Nos darán vino?" preguntó el chileno.

" A mi me dan lo que quiera" dijo Valerie.

"Mirá que ser una chica es lo mejor del mundo, che. Te dan todo lo que pidás" balbució Chile, borracho como una cuba.

llegó el vino, con dos hamburguesas y patatas fritas. Ella había pedido un poutine, tipica mescolanza quebecqoise de patatas frita y queso que a mi me revolvía las tripas pero que a muchos les encantaba. A mi megustaba ver a Valerie comiendo aquel plato que le volvía los labios relucientes de grasa- Me miraba y se lamía los labios de vez en cuando, como si lo supiera.

"¿Y tú, qué haces tú, estos días?" me preguntó Valerie.

"Estoy pensando en ponerme a pintar" mentí.

"Tú. Pero si tú no tienes nada de artista"

"Ya, pero como sé que te gustan los artistas, igual me pongo a pintar. De todas formas, un trabajo notmal ya no tiene sentido. estamos llegando al fin del mundo"

"Eso no tiene ni puta gracia" dice ella, encendiendo un du Maurier, delicioso y mortifero."Que pasa, ¿ quieres follar conmigo"

Así pueden ser las mujeres en Montréal.

" Pues sí, francamente. Empezavba a creer que no me lo preguntarías nunca" dije.

"Eso si tiene algo de gracia"

Por la vidrera del café se veía la luna como una enorme cebolla pelada ahí colgada. habína puesto una música francesa, aquella canción vieja, sentimentalona, que se llama Frederic.

El chileno se había quedado dormido otra vez, vaso de vino en mano. Estaba hecho un desastre y ahora me arrepentía de no haberme deshecho de él hacía unas horas.

"Valerie" dije a la chica"Este puede quedarse aquí. Le dejarán dormir hasta el amanecer. Tú yo podemos irnos a tu casa. Podemos llevarnos el vino"

Ella dió una larga calada a su rubio cigarrillo canadiense, y el humo, morboso y achocolatado, me entró por la nariz, mareante. De pronto, levantandose y poniendose el abrigo, le dijo al chileno que se levantara. Los dos se alejaron hacia la puerta, Valerie sosteniendo a aquella catástrofe andante por los hombros, con su brazo...

Me miró de reojo, según llegaban a la puerta.

"El es el que más me necesita, dijo ella, refieriendose al chileno"

Y él, antes de desaparecer con ella, me lanzo una gran sosnrisa morada de vino rojo y balbuceó,

" Perdoná, che, Sangre, pero es que yo soy un necesitado..." y casi le oí los pensamientos "y vos un boludo"

sábado, 12 de febrero de 2011

CEFALOPODOS

CEFALOPODOS


Los científicos no lo explicaban. Quizá no podían: estaban apareciendo cadáveres de calamares

gigantes cerca de la costa.


La prensa tampoco se atrevía a especular.


El último había aparecido junto al cabo Peñas, descubierto por un bañista que casi se muere del

susto. Una vez medida, la bestia resultó tener veinte metros de longitud.


Poco despúes un viejo marinero, Leandro, que se pasaba las horas muertas en un bar del muelle,

me dijo que aquella mañana un cefalópodo gigante había sido hallado muerto en la ría de Avilés.


Me dirigí allí para ver el calamar con mis propios ojos. Eran las doce del mediodía y me

sorprendió que hubiese tan poco tráfico. Dos enormes mercantes, pintados de color naranja,

reposaban en las aguas plomizas, contra un fondo de chimeneas de fabricas y colinas difuminadas

por la niebla. Unas cuantas lanchas de madera cabeceaban en el centro de la ría. No había

actividad en ninguno de los barcos de pesca anclados frente al edificio de la Hermandad de

pescadores Virgen de las Mareas.


Comencé a tomar fotos. Imagenes sin interés para nadie, pero que demostraban mi presencia

allí. Un grupo de hobres arrastraban redes hacia un barco. Otros dos tiraban de las redes hacia el

puente del mismo. Al verme, uno de los del grupo caminó en mi dirección. Me gritó que allí no se

permitía a nadie ajeno a los trabajos del puerto. El hombre tenía una cara ancha y simpática,

risueña. Llevaba un anorak de plástico amarillo.

-Estoy sacando fotos- le dije

-¿Por qué? Este sitio ers muy feo.

- Me gusta lo feo. Pero en realidad, vine a echar un vistazo al calamar gigante.

- Eso es un cuento- dijo- No hay por aquí ningún calamar gigante, ni vivo ni muerto.

- Léa los periodicos: se encontraron unos calamares muertos que miden hasta veinte metros de largo.

-Eso se lo inventaría un periodista aburrido- dijo él.

De todas formas, el hombre dejó que le sacara unas fotos frenta a la proa de un bonito barco azul.

A pesar de las palabras del marinero, permanecí merodeando por allí. Entré en un bar donde

comían loosa pescadores- Olía a pescado frito, sidra rancia y tabáco. Solo había hombres, algunos

muy ebrios. Los que me miraron lo hicieron con sorpresa y cierto recelo, como si la presencia de

una mujer allí fuera más inusual que la de un calamar gigante.


El bigotudo que servía al mostrador me preguntó qué se me ofrecía-

-Quiero sacar fotos de este bar y de la clientela- le informé.

-Ni se te ocurra, maja-gruñó él- Estos hombre no se parten el culo currando para que aparezca una turista y los convierta en souvenirs.

- Bueno- dije- por lo menos pongame un café con leche, corto de leche.



El hallazgo de los cafalópodos muertos era noticia por aquellos días, pero no la única que parecía

extraña. Con menos insistencia, los periódicos habían informado de avistamientos de luces

inexplicables volando por el cielo de la costa en las últimas semanas. La más reciiente había sido

observada por toda la tripulación de un paquebote a varias leguas del puerto de Gijón. Era,

dijeron, verde y con forma de huevo, e iluminaba la superficie del mar en un radio de varios

cientos de metros.


Yo estaba segura de que aquellas luces tenían algo que ver con la muerte de los calamares.

- No, nadie ha visto luces raras por aquí´contestó el bigotudo desde detrás de ñla barra cuando le

pregunté- Eso son cuentos chinos, a ver si se enteran ustedes...

Me hablaba en plural, como si yo representase a todo el insípido mundo que se extendía fuera de

los limites del puerto.


Un borracho de unos cincuenta años, flaco como un galgo, se puso a mi lado. Su piel curtida era

del color del cobre, pero tenía unos ojos de un azul reluciente y alegre. Llevaba barba gris

desgreñada y le faltaban dientes. Guiñó un ojo. Dijo que se llamaba Fidelius.

-Ni caso a estos, guapa- murmuró- les han dado ordenes de no decir nada, aparte de que son

embusteros ya de por sí.

- Así que están guardando un secreto- musité.

-Sí- afirmó él mientras se quitaba con la manga un espumarajo de cerveza que le cayó sobre el

bigote.- Pero no es lo que tú imaginas. Lo esencial es lo de las luces. Habrás oído hablar de las

luces que se ven por la noche desde la costa y los barcos... No se créas que las únicas víctimas son

los calamares. Han aparecido miles de peces muertos por estas playas...

-¿Y usted qué crée?

-Creo que algo que viene de otro mundo está envenenado las aguas. La gente de por aquí pronto empezará a enfermar.

-¿Y usted como lo sabe con tanta seguridad?

- A decir verdad, señorita, y lo puedes escribir para tu periódico se quieres, yo mismo tengo uno de esos bichos.

Comprendí que el hombre estaba chifaldo.

-¿En su casa?

-No digas tonterías. Vosotros los intelectuales no decís más que sandeces. Mira, si quieres te lo

muestro. Le sacas una foto, la pones en el periodico en que trabajas y punto. Es lo suyo. Así tiene

que ser, no se puede engañar a la gente para siempre. Mira, lo tengo en el agua, a cierta distancia

de aquí, atrapado entre unos escollos. Si quieres te llevo allí en mi barco.

-¿Tiene un barco?- pregunté, algo sorprendida.

- Efectivamente: El Gran Moby. De Moby Dyck, la ballena.


El Gran Moby, orgullo de Fidelius, era una especie de chalupa de madera vieja, angosta y

despintada, que flotaba como una cáscara de plátano al socaire del malecón, sobre el agua negra.

- Tú sientate delante y yo dirigiré desde atrás.- dijo- ¿Puedes remar, no?

- No será tan dificil.

- Rema siempre a ras del agua. Su hundes mucho los remos te costará un esfuerzo grande y el

Gran Moby no avanzará demasiado rapido.


Cuando salté a bordo de la precaria barquita, esta se balanceó de forma alarmante. Quizá

aquella iba a ser mi primera y última aventura marina. Además, sospechaba que Fidelius no

estaba del todo cuerdo.


Remar requería más fuerza de lo que me imaginara, pero resultaba agradable. La chalupa

avanzaba sobre el agua plateada y lisa de la ría, hacia mar abierto.


Fidelius y yo, en la barca, componíamos una escena curiosa, sin duda. Yo con mi amplia

gabardina blanca y el cabello al viento, él todo de negro y encorvado sobre el timón, sonriendo sin

parar. Perecíamos la parodia de uno de esos cuadros clásicos de la La Muerte y la Doncella.

Flotaba una brisa suave y húmeda procedente del este, que facilitaba nuestro avance.


Ya en mar abierta, navegamos lejos de la costa, pero sin perderla de vista. Reconocí la extensa

playa de Salinas, en la distancia, con el peñón que se levanta del agua en su extremo oeste,

coronado por una atalaya de piedra. El oleaje era fuerte y la barquita saltaba como un juguete

sobre las altas olas. Remar se hacía cada vez más arduo. Tuve miedo, en algún momenteo, de

que mi acompañante sufriera un infarto, porque resoplaba penosamente.


De pronto, contra el viento que ganaba fuerza, Fidelius gritó:

- Mira aquellos farallones. !Allí nos dirigimos¡

un conjunto de peñascos negros emergían de entre explosiones de espuma. Parecían realmente

siniestros.

- ¿ Allí quedó atrapado el bicho?- pregunté-

- Efectivamente...Y allí mismo se avistaron esas luces inexplicables, colgando de las nubes por la

noche.

Noté que el agua estaba alfombrada por una infididad de peces muertos. Con cada ola

golpeaban la quilla de la barca.

- Fijese - dijo el hombre-

Entre dos enormes piedras negras y porosas oradadas por las mareas, aparecía encajada una

forma oscura, imposible de definir a primera vista. Se trataba de un enorme cefalópodo. Los

tentáculos, larguisimos, como grandes culebras rodeadas de ojos velados por la muerts, flotaban

flacidamente en el agua. Aún no alcanzaba a distinguir la cabeza.

- ¿ Puede remar usted durante un momento, mientras saco unas fotos?- pregunté.

- ¡ Qué remedio !


Finalmente, pude ver lo que aquello era con claridad.

Comencé a tomar fotos. por el punto de mira, con visión aumentada, vi el cuerpo del calamar. Era

como un gran guiñapo cubierto de babas. Sentí repugancia. Su color, entre gris y amarillo.

Sin embargo, no experimenté terror alguno hasta que no avisté, con gran nitidez, su enorme

cabeza. No era la de un calamar ni ninguna otra bestia del mar. Era algo espantos, compuesto de

cientos de cabezas humana que asemejaban tumores sobre una especie de vasta protuberancia

amorfa. Había miles de ojos abiertos pero velados por la muerte.

Sentí que me desmayaba.

-Recompongase, señorita- oí decir a Fidelius.

- Pero, Dios mío, ¡eso es un monstruo!

- Saque las fotos y vamonos.

Regresamos al puerto. Tardé en poder hablar, pues estaba anonadada por lo que acababa de ver.

- Cielo santo, ¿qué era eso? ¿ Qué era?-exclamé.

- ¿Quien sabe?- oí decir al hombre´

-Le diré lo que yo pienso: esa criatura era parte de la tripulación de una nave intergaláctica que

se estrelló en el mar. Esa luces que la gente dice ver son las de las naves espaciales.

- Pero...¿y las cabezas humanas? Usted las ha visto, cientos de ellas...

- Solo puedo especular que esos alienígenas se alimentan de las especies con que se topan por

ahí, y que sus cuerpos se adaptan a las formas de lo que ingieren.

En el puerto nos esperaba un grupo de policías.

- Bonita excursión, ¿ verdad, señorita?-dijo uno.

- No fué del todo saludable- le contesté.

- Deme el carrete de fotos, por favor. Queda confiscado.


Se lo dí. No tenía ni pizca de gana de discutir con él. Lo guardó en un bolsillo de su chaqueta de

uniforme.

-Ahora vayase y diga lo que le apetezca, nadie la va a creer, sin fotos...

Fidelius sonrío: una mueca solicita y desagradable, de pocos dientes.

- Despues de este esfuerzo, alguien debería invitarme a una birra, ¿ qué les parece?

- Largate, borrachín- le dijo un poli.


Una semanas más tarde recibí una parcela por correo. Me sorprendió ver que eran algunas de la

fotos que había tomado aquella tarde: el puerto, la ría, barcos, la cara de Fidelius, sonriendo.

Pero ninguna del monstruo que había visto allá, en mar abierto, contra aquellos negros peñascos.

viernes, 11 de febrero de 2011

PRIMERA MUERTE

La playa de Salinas es larga. Como todas las playas extensas, es melancólica tambien. Solo hace falta que el cielo se nuble un poco para que se parezca mucho a una luenga acuarela de tonos tristes.
La mar allí puede volverse de un verde pálido, friolento, lacrímoso, y aparentar que llora.
En la punta oeste de la playa se alzan altos acantilados. Por la parte este, dunas blancas de las cuales surgen hierbas altas de color ocre que el viento tuerce y retuerce.
El verano es alegre en Salinas. La arena, bajo el sol, es dorada; el mar se pone ultramarino, cobalto y turquesa, y en la distancia puede adquirir un precioso tinte de lapislázuli.
Las gaviotas montan una algarbía que se mezcla a la de las saltarinas olas, y los gritos de los niños que juegan llenan el aire de júbilo.
Hay algo en la costa del norte que uno, por más lejos que esté, por más tiempo que pase sin volver a ella, nunca olvida. Se trata del aroma de los eucalíptos, por el cual empieza uno a sentir que se acerca al mar.
Las brisas saladas llevan sobre la vegas verdes ese extraño, dulce aroma, que es como un nepente para el alma, y que se queda en la memoria para siempre.

Cuando pienso en mi padre, puedo emplazarle en muchos lugares, pero siempre me vuelve la memoria de aquellos días en la playa de Salinas.
Era un nadador excelente. Se alejaba de la costa más que cualquiera. Le gustaba el agua.
Era uno de esos hombres que buscan la libertad en el agua.
El agua, rodeandonos con sus abrazos frescos, que parecen querer arrastararnos hacia un horizonte deonde ya nada es solido, puede alejarnos del mundo.
He vuelto allí para recordar aquellos días infantíles. Pero he vuelto en invierno.
Como la proa de un barco fantasma, la gran atalaya, a la que se accede sobre un puente colgante , parecía navegar en una marejada de ondulantes aguas grises. Excepto algunas personas que paseaban a sus perros por la arena, había un sesación de ausencia, de vacío
Era la misma playa, pero sin el viejo encanto, solo con la tristeza, vista no por los ojos de un niño sino de un hombre.
Recordé de pronto aquella tarde lejana.
Me recorrió un largo escalofrío, repentinamente. Aquella tarde yo había presenciado mi primera muerte, la primera muerte que me tocara ver en esta vida hecha de muertes. Y lo que ví marcaría mi transición de la niñez al mundo de los hombres.
La magia de la niñez puede transformar los peligros y miedos reales en algo vago y fantástico, pero un hombre no logra ya nunca escapar al sentimiento de que todo mal es oprimentemente real, y que su imaginación, aunque quisiera, no puede alterar nada ni un ápice.
Yo tenía doce años. Estaba apoyado sobre el tronco de un árbol caído en la arena. Eran las cinco y pico de la tarde y la luz se había vuelto extraña, oblicua.
Ya no hacía calor, sino que venía del mar un aliento friolento.
La playa se había quedado medio vacía. Solo algunos bañistas empedernidos se veían a lo lejos, como puntitos negros en el agua malva. Yo observaba a mi padre, que, no muy lejos, pero, como siempre, dejandome disfrutar de mi propia soledad, fumaba un cigarrillo, de pie donde morían las olas, mirando mar adentro, El viento le agitaba la camisa blanca, que estaba mojada.
De pronto oí el grito, un grito de terror. El nombre de una mujer: Moira.
Recuerdo que pensé, confusamente, que Moira era nombre de barca, lo mismo que Esmeralda, que a veces era el color del mar. Pensé tambien en una canción que mi padre a veces cantaba: "Más la mar es traidora:
se llevó mis tesoro, se llevó mis tres rosas..."
Un hombre corría al lado del rompeolas, mirando hacia el agua, despavorido, gritando aquel nombre : Moira.
Moira la de los ojos verdes, la del cabello cubierto de algas- Moira la muerta, de piel ya blanca, blanca como la gélida panza de un gran pez..
Playa dorada. Hipnótica cantinela de las olas estallando en espuma. El viento frio que erizaba imperceptiblemetne la arena.
Mi padre desparece en el mar. Durante unos largos minutos de profundo miedo, como si hubiera sido abandonado dentro de una enorme tumba, el corazón galopa dentro de mi pecho. Este el miedo, el miedo de verdad.
Un sudor frío me cubre cubre la piel.
En mi mente, veo a mi padre: su cuerpo largo, musculoso, bucea en una oscuridad verdosa. Pero sé que ya es tarde. La mujer está muerta. Su novio ya se ha arrodillado en la arena, frente a las holas, y ha hundido su rostro entre las manos, intuyendo que no se puede hacer nada.
Como un triste, como un patético Poseidón que hubiera perdido todos sus poderes, mi padre ahora surge de entre las olas. Lleva en sus brazos un cuerpo hermoso, joven y muy blanco, demasíado blanco, con la piel aún mojada de la larga y mortal caricia del mar.
La tumban en la arena, entre un pequeño grupo de mirones. Tiene el cabello rojizo empapado y pegado al rosto y los hombros. Los abiertos ojos azules, que me recuerdan a los de un pez, no ven nada. La espuma no cesa de salir por su boca abierta y chorrear cuello abajo.
Ha llegado la ambulancia. Intentan la rspiración artificial. Le inyectan algo directamente al corazón.
El bello cadáver empieza a vovlerse azul. azul como el mar mismo. Le pertenece al mar.
Mi padre rodea mis hombros de niño con su brazo nervudo y velloso. Le miro a los ojos. Tiene los ojos grises y fríos, los ojos, pienso yo, de un gran nadador.
El ha visto a la muerta debajo del agua. Ha estado solo con ella debajo del agua. De alguna forma, en mi mente, eso los une para siempre.
Mi padre murió hace unos años, por estas fechas. Siempre que pienso en él, pienso tambien en Moira,
La primera muerta que ví.